| Soy un hombre maduro, un Dominante con cierta experiencia real, porque cuando me di cuenta de mis gustos sádicos no existían los medios de comunicación que pululan hoy en día. La búsqueda de una compañera que compartiera mis gustos, que fuera mi contraparte, se me hacía muy difícil, casi imposible, pero se encontraban si uno sabía ser paciente. Fue una época donde aprendí a leer entre líneas lo que las féminas no se animaban a decir por recato, pudor o ... miedo a que el hombre pensara que era una mujer “liviana” o peor aún: con gustos demasiado pervertidos.
No me arrepiento de la época que viví; todas las relaciones que tuve me dejaron una enseñanza. Tuve spankees, sumisas y esclavas, algunas totalmente olvidables y otras que dejaron huella más o menos profunda; de todas aprendí algo.
La llegada de Internet me cambió la vida, como supongo que se la habrá cambiado a mucha gente más. En aquellos años, había canales especiales para gente con mis mismos gustos, y eso me hacía sentir menos solo. En esos canales conocí a muchas personas con las cuales aún hoy mantengo relación de amistad, en tanto otras desaparecieron sin dejar rastros.
Pero hubo una mujer especial, una dama a la que llamaré María. Era una spankee con enormes deseos de dar sus primeros pasos en la sumisión, pero no se animaba. Lo primero que llamó mi atención fue su forma de expresarse; se notaba una mujer culta, que exponía sus opiniones con claridad. Con bastante trabajo y más tacto, logré que me diera su mail. Vivíamos en la misma ciudad, lo cual convertía aquel hallazgo en un tesoro invaluable.
Los mails iban y venían cargados de una finísima sensualidad por parte de ella y de sutiles galanterías de mi lado; me dediqué a halagar sus oídos y su ego —cosa que a todos nos gusta—, amén de que la dama se había ganado en buena ley mis sinceras lisonjas.
Una tarde memorable, me pidió mi número telefónico, ya que era casada y no me podía dar el suyo. No tuve reparos en enviárselo, pues en el tiempo que llevábamos conociéndonos, le di mi entera confianza y estaba seguro de no equivocarme. Fue ella quien me pidió que utilizáramos nuestros nicks: María y Dandy.
Nuestras llamadas eran tan encantadoras como los mails. Permítanme, por puro placer personal y en honor a la nostalgia, recrear para ustedes una de aquellas conversaciones:
—Buenas tardes, Dandy ...
—María… qué alegría oírla una vez más. El escuchar su voz me produce casi la misma sensación que leerla cuando nos escribimos. Las primeras veces que observé sus intervenciones en el canal, no sospeché que podría llegar a tener el honor de que se dirigiera a mí con su deliciosa forma de expresarse...
Me sé poseedor de una voz seductora y envolvente; no me avergüenza reconocer que puse especial interés en cuidar mis expresiones para poder cautivarla. Continué:
...y si sin haberla conocido demasiado, ha logrado meterse en mí. Creo que debo comenzar a temer por mi salud mental, Madame… Es usted una maravillosa interlocutora que espero tener la dicha de conocer en persona algún día.
—Señor… No creo que deba usted temer por su salud mental. No tengo ningún atributo físico para que un hombre pierda la cabeza por mí.
—No me interesa su físico. Cuando hablo de su hermosura estoy pensando en su cerebro, en su mente, parte de su persona de incalculable belleza. A eso me refería, y a su atractivo inusitado.
Nuestras conversaciones también rondaban los temas que nos habían unido: el BDSM y el Spanking, la Dominación y la sumisión, el Sadismo y el masoquismo, los azotes, la humillación y mucho más.
Me había topado con una mujer madura, que disfrutaba el Spanking y que deseaba dar un paso más si encontraba el Dominante que la condujera. Su mayor problema era que la pudieran identificar, así que persuadirla me llevó unas cuantas facturas telefónicas con largas charlas, hasta que se convenció de que yo era un caballero digno de su confianza.
—...sólo tengo un pedido para hacerle –me dijo aquel día— que el lugar esté lo más oscuro posible y que no me permita ver su cara. Dejo en sus manos el cómo lograrlo. A cambio me entregaré por completo a usted, que tiene desde ya toda mi confianza.
Era una gran responsabilidad, pero nada que no pudiera manejar. Tracé un plan y le di una serie de instrucciones que debía cumplir al pie de la letra para que todo saliera como ambos deseábamos. El día que combinamos preparé con anticipación hasta el último detalle, y a la hora acordada me dispuse a esperarla.
Sonó el timbre del portero eléctrico del edificio en el que tenía mi departamento, con dos timbres largos y uno corto. Era ella: esa era la señal acordad. La imaginé empujar la puerta de calle y dirigirse hasta el antiguo ascensor que aún tenía puerta plegadiza de rejas; la luz del interior se escapaba del cubículo, iluminando cada piso a medida que subía. El golpe de las puertas plegadizas era el sonido que yo esperaba para abrir la entrada de mi departamento. El palier estaba en penumbras, iluminado apenas por la luz del ascensor.
Esperé pacientemente, escondido detrás de puerta principal, imposibilitando que la visitante me viera. Apenas entró, la tomé de los cabellos de la nuca, empujándola contra la pared, con una brusca suavidad. Me acerqué a su oído y le susurré: “Apoye las palmas de sus manos contra la pared; no se le ocurra moverse, ni mucho menos mirarme”. Sentí su estremecimiento cuando percibió la cercanía de mi voz. Antes de que pudiera reaccionar, le coloqué una venda en los ojos. Se estaba comportando como una verdadera sumisa, no como una spankee malcriada, y me costaría explicarles cuánto me agradó esa actitud. La dejé allí unos instantes por dos motivos: quería ver su reacción al mantenerla parada sin hacer nada, y también quería observarla a mi antojo. Era una mujer de unos cuarenta años, de estatura y contextura media, cabello sobre los hombros, senos turgentes, piernas largas y torneadas que seguramente terminarían en un par de nalgas maravillosas.
La conduje por el pasillo de distribución hasta la sala, que como el resto de la casa estaba en penumbras. Allí había dejado todo lo que pensaba usar con ella. La coloqué frente a mí y le pregunté:
—¿Estás segura? –pregunté tratando de recalcar el primer tuteo.
—Nno... no entiendo... —respondió con extrañeza.
—Pregunté si estás segura… ¡y no me hagas repetir! –le grité en un susurro, tomándola del brazo con firmeza.
—Sí, sí... —Asintió— Estoy segura.
—Bien... ¿Confias en mí?
—Sí, por supuesto…
—Entonces, hacé lo que te diga. Si te digo: saltá... ¡saltás!
La generosa penumbra me dejaba observar los gestos de su rostro, y por lo tanto, sus reacciones que me resultaban deliciosas por lo frescas y sinceras. Estiré sus manos hacia adelante para colocar en sus muñecas unas esposas de metal. Creo que como viejo depredador, pude oler su miedo y eso me excitó. A pesar de que confiaba en mí, había una pizca de recelo que es lo que más nos incentiva a los sádicos. Abrí su blusa y me regocijé con la visión de sus senos, escondidos dentro de un delicado sostén de encaje. Mis manos se deslizaron, subiendo por su vientre hasta introducir mis dedos dentro de la prenda, levantarla, liberando dos globos blancos coronados con aureolas rosadas. Los pezones eran pequeños pero estaban erectos, lo que me facilitó la colocación de los broches.
En esas condiciones la hice ponerse en cuatro patas sobre un canapé. Se veía hermosa y vulnerable con sus muñecas esposadas y las tetas colgando, unidas por la cadena de los broches. Colocándome a su izquierda, comencé a nalguearla de forma muy suave. Eran casi caricias, pues mi intención era enrojecer sus nalgas por la cantidad de azotes, no por la fuerza con que eran propinados. Aún así, cada tanto acariciaba sus posaderas que me parecieron muy deseables, aún con la ropa puesta. Cuando llevaba un rato nalgueándola, desprendí el botón y la cremallera de sus pantalones; quedé esperando unos minutos antes de bajarle de golpe la prenda, dejando expuesto su delicioso trasero, enrojecido y apenas cubierto por una diminuta tanga. No sé si su sobresalto fue por verse expuesta o por la sorpresa, pero antes de que pudiera reaccionar ya la estaba tocando es sus partes más íntimas. Su entrega, docilidad y sumisión me estimulaban, porque a pesar de su nerviosismo confiaba en mí.
Corrí la parte baja de su tanga, dejando al descubierto sus orificios más íntimos. Estaba muy mojada, y eso facilitó la introducción de mis dedos en su cueva. Comenzó a moverse, no para quitar mi mano de su vulva, sino para gozar más; sus gemidos de placer la delataban. El orificio posterior se veía irresistible e intenté introducirle un dedo… luego dos… Pero cuando quise meter el tercero, un tímido “¡No!” se escapó de sus labios mientras se tiraba hacia adelante, dejando mis dedos fuera de su tibio ano. Repetí la misma operación con idéntico resultado. Al tercer intento, cuando se tiró hacia adelante, se alejó todo lo que pudo. No hice nada y dejé que lentamente regresara a su posición original, en un completo silencio. Yo estaba tranquilo porque habíamos hablado en más de una ocasión de la palabra de seguridad, y lo único que ella había dicho era “No” en un susurro. Así que cuando se hubo calmado y estaba otra vez entregada, me preparé con ambas manos abiertas y las descargué sobre su trasero con todas mis fuerzas, con la frase:
—¡A un Amo jamás se le dice que no!
No sé qué habrá pasado por su mente en ese momento; ignoro si fue el susto, la sorpresa o el ardor que habían dejado las huellas de mis manos en sus posaderas, pero su “sí, Señor” me conmovió. A partir de ese momento su entrega fue mayor, me animaría a decir que completa, sin límites. Su cuerpo probó la fusta, el tawse y el látigo de nueve colas, los cuales recorrieron nalgas, espalda, piernas y senos. En su rostro se reflejaba la satisfacción del masoquista, realmente estaba disfrutando. Había logrado llevarla a la línea que separa el sufrimiento que provoca placer, del dolor que se queda en el padecimiento.
Y así, en cuatro patas como una perrita, la tomé del cabello y la sodomicé por largo rato para placer de ambos, hasta que caí rendido sobre ella. La spankee había vivido una sesión diferente. Ahora sabía cómo era el Spanking en el BDSM, el Spanking con un Amo, sin motivos para el castigo, sin juego de roles, sin más inspiración para la sumisa que el placer de su Dueño, aunque como en este caso, fuera dueño circunstancial.
Bajo las mismas condiciones de penumbra por mi parte y de ceguera por parte de ella, nos vimos muchas veces más, hasta que un día –no recuerdo el por qué—, dejamos de encontrarnos. Yo seguí con mi vida y con mi profesión, la que me llevaba a diferentes países y ciudades para dar conferencias y asistir a cursos.
Pasados unos cuantos meses, quizás un par de años, di una charla como conferencista invitado en un congreso en mi ciudad. Fue un congreso que duró tres días, siendo mi charla la del cierre. En el brindis de despedida, tuve el placer de conocer a varios colegas y conversar con otros que hacía mucho no veía. En un momento que quedé sólo, se me acercó una bella dama a saludarme.
—Señor... fue un placer volver a escuchar su voz –me dijo en un tono muy amable.
—Bueno... muchas gracias, aunque lamentablemente para mí, no la recuerdo. ¿Nos conocemos?
Su rostro se iluminó con una sonrisa, entre pícara y traviesa.
—Yo lo conozco, pero es lógico que usted no me recuerde.
—Ayúdeme, Madame… ¿Dónde nos conocimos?
Sin perder la sonrisa me dijo:
—Fue en un apartamento en la calle del Paseo, que tenía un ascensor antiguo y todo estaba en penumbras... —Me estiró la mano y volvió a sonreír— Hola Dandy…
—¡María! –Exclamé entre sorprendido y feliz— Pero… ¿cómo me reconociste?
—Es que... jamás pude olvidar aquella voz en la penumbra.
Ana Karen Blanco ©2011 — 03/08/2011
Publicado por Aldea Sado®: 04/08/2011 — © 2004—2011 — Todos los derechos reservados |