Relatos BDSM
Un aviso
por Amo Alfredo

Publiqué un aviso en los clasificados de un diario que decía: ”Señor de 45 años contrata dama de compañía, de 30 años aproximadamente, muy liberal y sobretodo sumisa para pasar un fin de semana en su casa. Muy buena paga. Enviar datos, carta de presentación (manuscrita), foto en traje de baño y pretensiones a c.c.Nº xxxxxxxxx. Posibilidad de alargar estadía.”

Luego de unos días retiré la correspondencia de la casilla. Había cinco sobres.
Me senté en la biblioteca, en mi sillón preferido, con un coñac y mi pipa y comencé a estudiar las respuestas.

Descarté tres de ellas por distintas razones y me quedé evaluando las dos restantes.
Decidí citar a ambas en un bar para entrevistarlas en forma personal, lo hice en días y lugares distintos para evitar cualquier posibilidad de superposición. Además ellas debían informarme como podría identificarlas, sin saber quien era su posible futuro patrón y esperar que yo me acercara.

La primera fue el jueves a la tardecita, en un café de la Av. Cramer. Fue puntual y como le había exigido tomo una mesa y se dispuso a aguardar. La observé desde otra mesa por espacio de unos minutos y me acerqué.

Tenia 33 años, según me contó, sus modales eran muy refinados, su figura hermosa, aunque algo delgada, cabello muy rubio, quizás teñido, grandes ojos y una boca sensual. Vestía tal cual me adelanto un trajecito sastre muy formal.

Sabía por su carta de presentación que se había separado hacia poco, no tenía hijos y su profesión era arquitecta. Vivía en la zona norte del conurbano y trabajaba en una dependencia municipal en el control de obras viales.

Durante la charla dejo entrever que estaba dispuesta a tener sexo sin mas rodeos pero que sus gustos eran demasiado convencionales. Quedo descartada cuando me pregunto porque había subrayado en el aviso la palabra sumisa.

El viernes a una hora similar cité a la otra cerca de mi estudio en Palermo, con consignas idénticas. Mi accionar fue igual que con la anterior, esperé unos minutos para ver sus reacciones antes de acercarme. La note algo nerviosa por lo que el lapso fue menor que la otra vez.

Contaba con 28 años, aunque aparentaba algunos menos. Morocha de inmensos ojos marrones, casi negros, vestida con un jean ajustadísimo dentro de botitas tipo cazador de gamuza que mostraban un hermoso cuerpo, así como la ajustada remera de hilo que realzaba sus senos.

Su tonada delataba su procedencia del interior tal cual me había escrito. Sin embargo en su forma de hablar existía una dulzura que no había quedado explicita en su carta. Además se notaba en ella cierto nerviosismo, como si no estuviera del todo segura del paso que podía dar.

Me relató su historia más o menos así:

“Señor, soy de Córdoba, soltera y sin hijos, me vine a Bs. As. Hace unos años para probar suerte, puse con un par de amigas un pequeño negocio en una zona de Caballito no muy comercial. No me va mal, pero mis padres están en una situación difícil y necesito ayudarlos económicamente, por lo que no siempre es suficiente lo que gano.
Leí su aviso y como en algún momento de mi vida pensé o sentí que podía entregarme a una relación del tipo que usted propone, esto lo deduje de la palabra subrayada, contesté su aviso.
Sin embargo estuve a punto de no venir, tengo cierto recelo sobre cuales son sus objetivos.
Me gustaría saberlos en detalle para poder tomar una decisión definitiva si usted y yo llegamos a un acuerdo.
Le cuento también que no puse pretensiones pues quizás no solo busco un resarcimiento económico sino que además estoy muy sola en esta inmensa ciudad y mas de una vez me siento algo así como desamparada.
Espero que no tome a mal estas palabras pero me pareció lo mas justo ser tan sincera como fuera posible.”

Su voz era algo temblorosa, incluso le costaba fijar la mirada.

Le pedí que me mirara a los ojos y entonces le dije:

"Yo también voy a ser sincero con vos. Luego de algunas relaciones que no tuvieron un final felíz elegí esta manera, antes poco convencional, pero ahora mas frecuente, de encontrar alguien con quien compartir ciertos gustos y placeres.
No vine con intención de cerrar un trato ya, sino con las ganas de conocer a alguien e ir relacionándonos de a poco.
Hay algo en vos que me atrae y creo que podríamos establecer algún tipo de vínculo sin predeterminar el objetivo final.
Acá cabe una reflexión, si tus necesidades de dinero son demasiado urgentes esto no va a ser posible. Pero si tu prisa no es tanta podemos ver la posibilidad de tener varios encuentros donde, además de conocernos un poco mas, podamos entendernos como para que nuestra experiencia sea positiva para ambos, deberías esperar a que te vuelva a llamar y de paso tomarte el tiempo para pensar”

Su mirada cambio abruptamente, esperaba encontrar a alguien que solo quería pagar por un servicio, pero esa idea chocaba contra un muro donde existía algún sentimiento.

Sin quitarme los ojos de encima, me dijo:
“Algo me dice que nos podemos entender. Espero la próxima cita”
La despedí con un beso en la mejilla que me retribuyó con uno mezcla de dulzura y agradecimiento.

Pasada una semana, el sábado siguiente, la volví a citar en el mismo lugar, pero a la noche. Esta vez llegué antes que ella y reservé una de las mejores mesas. Ni bien entro el Metre la acompañó hasta donde yo estaba le acomodó la silla y se fue. Yo quedé en silencio como ordenando que ella hiciera lo mismo.

El mozo se acercó con el vino solicitado y luego de la ceremonia de prueba nos sirvió a los dos. Levanté mi copa y al chocar con la de ella expresé: “Porque de ahora en mas solo te preocupes por complacerme”.

Asintió con la cabeza y quedamos a la espera del plato que había solicitado. Para finalizar la cena, ordené champaña de la mejor. En un brindis similar incluí nuevas ordenes: “Que entre hoy y mañana se consume esta relación”. Su mirada de a ratos demandante y otras veces cómplice preguntaban porque el silencio y la toma unidireccional de decisiones.

Decidí que era el momento y sin esperar mas, tomándola suavemente del brazo la guié hasta el auto. En el silencio de la noche sentí latir su corazón con fuerza, arranqué y me dirigí a mi domicilio. El lugar era una casona vieja y señorial de Belgrano, de esas que parecen castillos del medioevo. La imagen de la misma la inquietó y se podría decir que hasta la paralizó. Al llegar abrí con el control remoto el portón de garaje y entre el auto.

Mientras se cerraba le dije que esperara a que yo le abriera la puerta, rodeé el vehiculo y con toda la gentileza de un caballero la invité a bajar. Ni bien estuvo parada al lado del coche la giré bruscamente quedando de espaldas a mi y le esposé las manos atrás, intentó decir algo como “….pe… pero…” no le di tiempo le puse un pañuelo como mordaza y lo até con otro rodeando su cabeza. Enfrentándola a mi y a menos de un centímetro le espeté: “Se obediente, ya sos toda mía”. Sus ojos me contemplaron sin entender lo que pasaba pero a su vez demostraron una excitación que nunca antes había experimentado y aunque sentía terror por lo que estaba pasando empezaba a entregarse de a poco. Entonces procedí a vendarla y al oído le dije que la llevaría hasta las mazmorras que esa casa tenia.

Prácticamente la arrastre hasta una habitación en la que había una cama con barrotes, la tendí sobre la misma y le ordené que mientras la desvistiera no intentara nada si no quería más problemas que los que ya tenía. Solté sus manos y le desnudé el torso, luego engrillé sus muñecas al cabezal del lecho y agregué uno en su cuello. Temblaba como una hoja. Entonces comencé a acariciar sus pechos suavemente primero y con algo más de firmeza después. Poco a poco bajé mis manos hacia su cintura, con movimientos lentos desprendí su pantalón y las introduje buscando su sexo.

Los temblores no cesaron pero la causa de estos ya no eran la misma, la envolvía una excitación ineludible. Saqué sus ropas y cuando estuvo desnuda por completo engrillé sus tobillos a los barrotes del pie de la cama.

Le susurré al oído: ”Ahora estas en el potro totalmente indefensa, voy a tomarme una copa y vuelvo en un rato para comenzar tu sesión. Tengo que pensar muy bien a que tormentos te voy a someter, luego veremos hasta cuando durará tu cautiverio y cuales serán las condiciones en que lo cumplirás”. Cuando me alejaba vi, como hizo un intento por liberarse tirando de sus extremidades pero comprobó que esto era imposible entonces quedó sumida en una mezcla de ansiedad, terror y excitación

La temperatura de la habitación no era agradable, además había un silencio asfixiante y eso sumado a su inmovilidad y desnudes hacían crecer hasta limites insospechados la sensación de desamparo y de perdida completa de libertad.

Luego de casi una hora me acerqué a ella y comencé a tocarla comentando lo frío que estaba su cuerpo, mientras pasaba mis manos por todos sus rincones: “Tenes la piel demasiado suave y tu figura esta bastante fría, creo que voy a calentarla de a poco. Serán caricias primero, besos después y todo ira “in crescendo” hasta el momento de jugar con la picana en lo mas intimo de tu ser”. Se estremeció e intento pedir clemencia a pesar de su mordaza, pero no me detuve seguí cada vez con mas intensidad hasta el momento en que sus convulsiones me dijeron que era el momento. Entonces. Introduje mi pene en su vagina y mientras bombeaba cada vez con mas fuerza le murmuré: “Te voy a seguir picaneando hasta que te desmayes”. Cuando acabe ella quedó como desvanecida y totalmente relajada lo que la llevó a entrar en una especie de letargo.

Solté sus miembros de la cama, uní los grilletes de sus muñecas entre si y con el del cuello por delante, también junté sus pies y luego de sacarle la mordaza, aclarándole al oído, ya que parecía querer despertar, que no debía decir palabra alguna, ni tocar la venda, la tapé con una colcha y me retire a dormir.

La luz del alba me despertó de a poco, me costó reencontrarme con la realidad. Cuando logré un estado totalmente consciente recordé de pronto que ella estaba en la habitación contigua, encadenada. Me acerqué despacio como para no atemorizarla y comprobé que todavía dormía placidamente, es mas, en su boca se dibujaba una sonrisa que denotaba satisfacción.

La destapé suavemente y comencé a besar todo su cuerpo, este se fue contorsionando lentamente mientras se desperezaba, incluso semidormida recordó la orden dada a la noche de no hablar. Sin que se lo exigiera se deslizó hasta el borde y se arrodilló frente a mí, sus manos buscaron mis pantalones y con suaves movimientos los recorrió hasta encontrar el cierre, lo bajó y abrió la prenda. Su boca entreabierta insinuó sus deseos, entonces la ayudé y con un suave ademán acerqué sus labios a mi pene. Lo succionó hasta el fin, dándome un placer hasta ahora desconocido para mí. Concluida su tarea se acurrucó en el piso como esperando la siguiente orden o el castigo si le correspondiera. Con suavidad la alcé, solté sus grilletes y la acompañé hasta el baño, no le saqué la venda y ella tampoco lo hizo. Antes de retirarme le indiqué que tenía todo lo necesario para su higiene y que debía esperar que la llamara para salir.

Casi una hora después me acerqué a la puerta y le anuncié: “Tu desayuno esta listo”. Cuando abrí la puerta la encontré arrodillada con la venda colocada y esperando mi decisión.

Tomándola del mentón la ayudé a levantarse, la besé y le coloqué una bata de seda que le había comprado especialmente. Hice un ademán como para sacar su venda pero me detuvo la mano.

Pregunte por qué y contesto: ”Creo estar soñando, le suplico que me permita seguir así, mi señor”.
La tomé por los hombros en una actitud casi paternal y la guié hasta la mesa de la cocina. Unté sus tostadas mientras ella sorbía el café con leche que humeaba delante suyo.

Terminado el desayuno fuimos casi abrazados hasta la biblioteca, me senté en mi sillón favorito mientras se acurrucaba a mis pies. Tenia que salir por razones personales así que le dije que debía quedarse sola todo el día. La llevé hasta la habitación, le coloqué un collar con una cadena que estaba unida a la pared y le acerqué un recipiente con agua y otro con comida; le saqué la bata y me fui.

Regresé bastante tarde, fueron varias horas y sin embargo cuando entré en el cuarto tenia colocada la venda aún. Me intrigó y pregunté porque no se la había sacado, su respuesta fue: ”Mi señor usted me dejó así y no puedo desobedecerlo, fue una forma de sentirme tan cerca suyo como ahora. Pienso que como su esclava mi único placer debería ser el de complacerlo, pero sin embargo sus caricias, su mano a veces firme y otras cálida me llenaron de gozo, se que reconocer esto puede llevarme a ser castigada sin embargo sentí la necesidad de contárselo y si no lo hice antes fue porque me había ordenado mantener silencio”.

Le expliqué que para mi forma de ver los castigos no pueden ser aplicados por el solo hecho de disfrutar una relación, si por desobediencias o indisciplinas pero que igual los iba a tener en algún momento como para ir templando su nueva función.

Se acababa el fin de semana y debía liberarla para que siguiera con su vida acostumbrada, además yo había ofrecido “una buena paga” por estos servicios. Me costó mucho encarar el tema, sentía que el cumplir con mi idea era tratarla como a una cosa y eso era lo último que podría sentir sobre ella. No obstante había comprometido mi palabra. La liberé por completo y le pedí que se cambiara. Cuando terminó la llevé hasta el escritorio, le acerqué una silla y tomé mi lugar del otro lado.

Mis palabras fueron muy breves: ”Yo hice una oferta de trabajo y vos la cumpliste con creces, aunque no me hiciste saber tus pretensiones previamente creo que llegó el momento de arreglar cuentas”. Su respuesta me desestabilizó: “Mi señor sentiría que me degrado si recibo una moneda por estos momentos, UD. ya me compró con su mirada, su fuerza y su cariño. Haga lo que quiera conmigo desde ahora soy toda suya”. Era claro su mensaje.

Rodeé el escritorio la tomé con fuerza de un brazo y la llevé hacia el dormitorio, en el camino me detuve en una especie de patio interno con columnas. La desnudé y la até a una de ellas, saqué mi cinturón y le apliqué algunos azotes. Le volví a vendar los ojos al tiempo que entre besos y caricias sentía como su corazón cabalgaba. La energía generada entre ambos fue tal que no hubo tiempo de llegar a la cama, un viejo sillón de dos cuerpos sirvió de lecho para un acto de amor tan intenso como enloquecido. Cuando terminamos, exhaustos, quedamos dormidos por largo rato.

Nuestros encuentros fueron creciendo en frecuencia hasta ser casi diarios, sus rebeldías imaginarias castigadas, sus necesidades contenidas y sus cautiverios una forma de libertad. Es magnifico sentir que sus desobediencias intencionales, buscan un castigo para ella y el placer de ambos y han logrado, y construyen una relación envidiable.

El tiempo fue pasando entre sesiones y salidas. En las unas su relación era de sumisión total, soportando castigos, cautiverios y humillaciones, en las otras era la compañera ideal con quien discutir una película o pasar una velada romántica. Parecía no tener sentido que viviéramos en distintos lugares, por eso le propuse compartir el domicilio, a cambio de una entrega casi total. De aceptar, debía mudarse a mi domicilio, dejando su negocio. Su bienestar estaba asegurado desde el punto de vista económico. Era una decisión difícil por lo que aproveché que se tomaría algunas vacaciones para proponer que las mismas se transformaran en un entrenamiento como mi esclava. Este seria lo más duro posible y a su final tendría la oportunidad de decidir si continuaba o prefería la modalidad anterior, o la libertad total.

La propuesta fue mas o menos así: ”Creo que, por los últimos encuentros, estas en condiciones de vivir en esta casa con todo lo que ello significa. Desde lo económico no va a faltarte nada, pero debes renunciar a toda libertad, llamala amigos, salidas, etc., si no te es concedida luego del correspondiente pedido. No siempre tendrás un pasar cómodo, puede ser que en algún momento tu situación sea difícil e incluso dolorosa. Por esta razón es la propuesta de un par de semanas de entrenamiento exhaustivo en las cuales serás tratada en forma peor que una cosa. Estarás prisionera y torturada las 24 hs. Tu comida será la indispensable y la forma de tomarla peor que la de un perro. Vivirás, encerrada, encadenada, desnuda y vendada todo el tiempo. Si tu respuesta fuera afirmativa serás marcada como si fueras ganado. Terminado este período, si aceptas, volveremos a nuestras relaciones normales salvo que desde ese momento ya no tendrás la libertad para retirarte y deberás permanecer dentro de la casa siempre que yo lo decida, ya sea con la autonomía de moverte por su interior o encerrada en alguna de las mazmorras que armaremos en el sótano. Queda en vos la decisión, pero te aclaro que durante el tiempo que dure este entrenamiento no podrás volver atrás”. La propuesta era dura pero sus sentimientos era inmensos.

Me miro fijamente a los ojos y me dijo: “Señor, mi corazón late con la misma fuerza en una mirada suya que durante un castigo. Siento en mi interior la necesidad de soportar limites extraordinarios que le demuestren que soy toda suya. Quiero experimentar esa emoción de desamparo y degradación total que le prueben esto que digo. Sé que en algún momento imploraré y me ilusionaré esperando el fin del cautiverio, pero quiero soportarlo porque estoy segura de llegar a su fin y además imagino que la relación que usted tiene conmigo se profundizará hasta limites codiciados por cualquier mujer mortal”. Dicho esto la acompañé hasta la casa y quedé con ella que la pasaría a buscar el viernes siguiente a las 19 por el negocio para comenzar esta experiencia que duraría dos semanas.

Al horario convenido pasé por ella, subió al auto e intentó saludarme con un beso, la aparté bruscamente con el brazo y arranqué raudamente. No le dirigí la palabra ni siquiera la miré. Un vez dentro del garaje le ordené que se desnudara antes de bajar. Mientras cumplía abrí la puerta y con una mirada mas que amenazante le grité: ”¡¡Apurate!!”. Casi no la dejé terminar y la bajé de los pelos empujándola contra la pared. Esposé sus manos a la espalda y le coloqué una capucha que dificultaba su respiración. Entre empujones y tironeo la llevé al sótano. Su ansiedad y terror al bajar la escalera hacia que sus piernas temblaran tanto que casi no se podía sostener. Al llegar abajo la tiré sobre un camastro de metal sin colchón, encadené sus pies y le advertí: ”Aquí comienza tu sentencia, mañana temprano iniciaremos tus sesiones de tormentos. Cada instante te parecerá un siglo y renegaras de tu decisión pero ya no podrás volver atrás. Solo espero que sobrevivas”. Sin embargo su estado me enterneció y antes de amordazarla la besé. Balbuceo: ”Sobreviviré señor”.

A la mañana siguiente fue despertada con un sin fin de golpes en la planta de los pies mientras le aclaraba que desde ese momento permanecería parada o a lo sumo arrodillada. La dejé más de tres horas atada y parada sobre un perfil triangular que producía en sus pies un dolor indescifrable. Cuando volví para continuar su suplicio la hice montar en un caballete que remataba en una arista y colgué pesas en sus piernas. Puse unas pinzas en sus pezones y azoté su torso por más de una hora. No probó alimento ni agua por dos días, y pasó dos noches atada a una columna, con más de treinta metros de sogas que apretaban todo su cuerpo. Hizo sus necesidades en esa posición y fue higienizada con la fuerza de un chorro de manguera.

La encerré en una pequeña jaula con las manos encadenadas a la espalda y coloqué un plato con alimento balanceado para mascotas y un recipiente con agua. Habían transcurrido solo tres días de los quince, entonces la encadené arrodillada con los brazos abiertos y descubrí su rostro. No emitió palabra, su mirada demostraba una entrega total, la autoricé a hablar. Entonces dijo: ”Señor estoy totalmente entregada haga de mi lo que quiera”. Le pregunté si quería decir algo mas, si tenia alguna necesidad y su respuesta fue: ”Permítame darle todo el placer que pueda en esta posición”. Abrió su boca en una forma tan sensual que no pude negarme. Consumado el acto, decidí que no tenía sentido hacerla sufrir más. La liberé y la conduje hasta el baño de la planta alta, advirtiéndole que no podía salir hasta que yo le ordenara.

Cuando lo hice abrí la puerta y continuaba desnuda como se le había dicho. Su mirada tenía algo de inquisitivo, por lo que la autorice a hablarme. Me manifestó: ”Señor por lo que veo usted cree que mi entrenamiento ha terminado, de ser así y tal cual me había pedido le digo que me entrego a usted para el resto de mi vida. Creo que falta algo de este tratamiento que no quisiera que deje de lado. Usted me dijo que me iba a marcar como su pertenencia y espero que lo haga. Me gustaría que me deje en su taller tallar el logo que a usted le guste ya que se trabajar muy bien en hierro.” La llevé al mismo y antes de cerrar la puerta con llave le dije que debía preparar un par de diseños para mi elección.

A la media hora la visité y comprobé que sus diseños eran casi como yo los hubiera hecho. Es mas me gustó uno con una gran AM de 3 por 3 centímetros. De acuerdo con el modelo le di las herramientas como para construirlo. Eran las 23hs y le dije que tenia toda la noche para hacerlo que por la mañana vendría a criticar su trabajo y si estaba de acuerdo seria utilizado. Como seguridad, encadené un pie suyo a una columna que le permitía moverse por todo el taller sin llegar a la puerta.

A la mañana siguiente cuando abrí la puerta la encontré durmiendo acurrucada en un rincón. El sonido de la cerradura la sobresaltó e incorporándose de un salto se arrodilló como señal de sumisión. Observé el trabajo y me complajo por lo que decidí que seria su marca, se lo hice saber y contestó que estaría complacida al verme feliz. La llevé a la celda del sótano y la encadené parada en puntas de pie, luego de vendarla, y cuando estaba por amordazarla, me dijo: ”Señor, ya se que no me corresponde pedir nada, pero aun a costa de su castigo le pediría que no me amordace, le juro que no voy a emitir sonido cuando me marque y esperaré el tiempo que usted crea necesario para que lo haga”.

Eran las 8 de la mañana pero decidí que lo haría a la noche, por lo que quedo casi 12 horas en esa situación. Caía la tarde cuando me acerqué hasta la celda y comencé a rodearla y tocarla como para que sintiera la proximidad de su condena. Saqué la venda de sus ojos y me dispuse a preparar un brasero para calentar al rojo el símbolo preparado. La tarea la realicé con toda la parquedad necesaria como para generar en ella una ansiedad inaguantable. Primero armé un pequeño grupo de hojas de diario, luego agregué unas maderas y por ultimo unos carbones, acerqué un fósforo y con total calma esperé que fuera prendiendo. Cuando las brazas estuvieron en su punto máximo de calor, tomé el hierro y lo puse a calentar.

Toda esta secuencia era observada por ella sin que emitiera palabra pero se sentía en el ambiente que su corazón aumentaba el ritmo en forma cada vez mas intensa. La cota mayor de su angustia se produjo en el momento de la colocación del instrumento en el fuego. A propósito lo dejé durante un rato, mientras me acercaba a ella y mis manos amagaban tocarla mientras le murmuraba: “Sabes lo que te espera”.

Tome el atizador y lo acerqué a su cara como para que lo viera. Se estremeció y demostró miedo, pero a su vez resignación. Esta acción la repetí un par de veces, quería detectar algún tipo de negativa, por las dudas, para no herirla en sus sentimientos. Su postura me demostró que estaba totalmente decidida. Hice un ultimo intento acercando el elemento a sus nalgas, el calor cercano hizo que realizara un movimiento automático pero luego se acomodó como esperando lo que le iba a suceder. Apoye el hierro en su coxis, apretándolo, su cara demostró el dolor, sin embargo no emitió sonido alguno.

La rodeé y luego de besarla la miré a los ojos. Su mirada no necesitaba de palabras sola gritaba. ¡Ya soy toda suya, Señor! - FIN -

Autor: Amo Alfredo

Publicado por Aldea Sado: 21/05/2010 - © ® 2004-2010 - Todos los derechos reservados

 

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