El traqueteo del tren me acunaba en un duermevela placido, podía haber cogido un rápido e impersonal ave y terminar el viaje antes de darme cuenta que había comenzado. Pero estaba harto de las prisas, de correr, y esta vez me dije que no, desde el principio disfrutaría de una tranquilidad sin prisas, degustando el tiempo lento, las relaciones con otros viajeros, las charlas la complicidad del bar. Debí pensar eso yo solo, el tren avanzaba sin apenas carga.
Cuando subía, solo tuve el placer de saludar a media docena de personas. Una pareja de ropajes histriónicos que se me antojaron peculiares, a pesar de que la noche empezaba a cerrarse ella lucía una pamela grande, pero me gustaron sus maneras, iba apretada en un aterciopelado colorido vestido con falda de tubo que le hacia un culo apetitoso, respingón, y los guantes de encaje delicadamente envolvían los brazos, el no era gran cosa aunque el estampado del traje me pareció mas propio de unas cortinas. Tras ellos iba un chica feúcha, poca cosa, paletas pronunciadas y un abultamiento exagerado del pecho, lo que supuse unas tetas enormes, que las intentaba ocultar tras un vestido negro de tela recia, una redecilla envolvía su cabeza y parte de los ojos, en ese momento me llegó un olor, y una idea a que huele la muerte.
Parecían conocerse, aunque entre ellos solo las miradas fueron las que hablaron. Cerrando el séquito un hombre bajo, rechoncho y con una incipiente calva, vestido con traje oscuro y pajarita, también en silencio. Apoyados en un farol quedaban las otras dos personas, una pareja joven que se devoraban luchando entre ellos, competían por ver quien era el que metía la lengua más hondo en la boca del otro, ajenos al mundo, ajenos a los pitidos del jefe de estación, ajenos al tren que cansino comenzaba su marcha. Rieron, corrieron, volvieron a reír, saltaron hacia la puerta que yo aún mantenía abierta, me saludaron entre risas y a su paso dejaban unos pezones marcados y un rastro de celo perceptible para cualquiera.
En eso pensaba, recreando la distribución de toda esa gente en el vagón, compartimentos separados del coche cama. En el primer compartimento vi unas mochilas, lo que supuse que sería el de la pareja joven, pared con pared con el mío, en el siguiente ví a la chica como se asomaba a la puerta y miraba para ambos lados, buscando, no sé si otra cara, una señal o que, al mirar hacia mi lado donde yo estaba, acaricié su mirada con la mía, ví un momento de turbación en sus ojos y bajó la mirada sin retirarla del todo, aguantándome en la distancia. Reculó hacia el interior y vi aparecer por el otro extremo al calvo que arrastraba una enorme maleta, la dejó en la puerta contigua a la de la chica y el se retiró hacia la siguiente.
Mentalmente repasé, la pareja joven, yo, la chica, la otra pareja y el señor calvo. Vaya trouppe para un viaje pensé y volví al duermevela hasta que el revisor hizo acto de presencia llamando y diciendo que el vagón restaurante estaba ya abierto.
Terminé de despertar sin prisa, retomando la conciencia de lo cotidiano y acercándome a la pared escuche una letanía, repetitiva, que me pareció sorprendente: "Amo y Señor de todas la cosa, ten piedad de mi, Amo y Señor de todas las cosas, acepta mis suplicas. Amo y Señor de todas las cosas utilízame. Amo y Señor de todas las cosas..." Sonreí y no sé por qué, mil imágenes pasaban por mi cabeza, un reclinatorio, un látigo, un cilicio, un plug, fueron tantas y tan rápidas que mi polla empezó a crecer. Fui hacia el otro lado a recoger la chaqueta, los muelles se oían rítmicos, cansinos, entre jadeos fuertes, la juventud y la energía sin canalizar, bruta. Salí contento al pasillo, la maleta había desaparecido y nadie entretuvo mi marcha.
El vagón restaurante mantenía ese olor rancio, esa imagen que guardaba de tren antiguo, de clase. El maître se acercó y me saludó, presto, me acomodó en lo que él ensalzó como la mejor mesa del salón. "No habrá mucha gente" dijo, los habituales de los viernes y usted, los jóvenes supongo que tendrán cosas mas interesantes que hacer, me guiñó un ojo al terminar de hablar, que cenar aquí. Pregunté a que se refería con los habituales de los viernes. Noté un gesto de incertidumbre, de lejanía, de querer evadir la respuesta, no le permití hacerlo, y cedió. Son un grupo, que se juntan el primer viernes de cada mes, aquí en el tren, terminan el recorrido y vuelven sin apearse. Unas veces son más, otras, como en esta ocasión, menos. Normalmente el primer viernes, como hoy, es cuando menos gente viaja.
Me resultó curioso lo que me dijo aunque no le encontré mucho sentido. Inquirí más datos con la mirada, siempre son los últimos en venir a cenar, dijo, cuando la demás gente ya ha cenado y se ha marchado. Les dejamos la comida sobre el aparador y no hay que preocuparse en servirles, y encima dejan buenas propinas. Cuando mencionó las propinas supe que no diría nada más. Pedí un aperitivo con la excusa que había comido tarde y aún no tenía ganas de cenar, dejé pasar el tiempo leyendo un periódico con las noticias caducadas, revisé amores y desamores de la gente bien en una revista impoluta, vi a intervalos a la chica asomarse y retirarse por la ventanilla de la puerta a la par que el sol se alejaba en un horizonte rojo.
El camarero nervioso, me miraba, se acercaba, me ofrecía otra copa y la carta, no se preocupe por mi, le dije, indiqué que quería para cenar, él vino y le dije que podía dejarlo, lo veía intranquilo, peligraba su propina, pero tampoco podía prohibirme, ni contarme mas, yo me serviré, no se preocupe, insistí. Pareció relajarse cuando empezó a entrar la gente en el vagón. Primero la mujer, había cambiado el vestuario, la miré, primero a las tetas, después a los ojos, su pelo rubio platino resplandecía como la luna llena en una noche oscura, el carmín rojo pasión de sus labios competían en llamar mi atención con el lunar que tenia en la mejilla junto a la comisura de los labios, la tez pálida imprimía un movimiento al conjunto que se me antojo lascivo. Una cinta negra bordeaba el cuello, acariciándolo con descaro, justo, sin oprimir, colgaban unas iniciales, no las vi. El nacimiento de los pechos, el canalillo y las mollas que sobresalían de un corsé negro y lila llamaban más mi atención, la cintura estrecha estallaba en las caderas una falda de tules negros y lilas también como el corsé que le llegaban por encima de la rodilla. Unas medias de rejilla envolvían unas piernas interminables, apetitosas sobre unos botines negros de provocativo tacón.
No sé cuanto tiempo permanecí contemplando, no sé si un segundo o diez minutos, los detalles se quedaron grabados como si acabase de hacer una foto. Avanzó, la mirada al frente, sin saludar, sin hablar. Tras ella su sequito, el que había subido con ella, vestía de mayordomo con botones dorados incluidos, guantes de piel y sombrero, en su antebrazo un abrigo de pelo plateado que danzaba a cada paso en vaivenes hipnóticos. Tras él una sirvienta con vestido negro, delantal blanco y cofia también blanca, la falda muy corta, cortísima, unas burdas piernas en medias negras y zapatos de tacón bajo, horribles. Mi vecina seguía vistiendo de negro, de la misma manera, salvo que en entre las manos llevaba un libro pequeño y un rosario, seguía con su letanía, "Amo y señor de todas las cosas, penétreme, Amo y Señor de todas las cosas, permite que me ofrezca como soy, Amo y Señor de todas las cosas, castígueme."
Llegaron hasta la última mesa del fondo, a mi espalda, me sentí contrariado, me gustaba esa rubia que ahora veía y antes me pareció pelirroja. Comenzaron a hablar, oí como alguien retiraba una butaca y se sentaba, ruido de platos, de cubiertos, momento que aproveche para girarme, ella se había sentado, el mayordomo tras ella acercaba la silla, me pareció ver como metía la mano enguantada por el escote, apretar la teta derecha varias veces y sacarla. El calvo vestido de sirvienta, acercaba una bandeja, en la otra mesa, sola, la chica seguía con su letanía.
Continúe con mi cena, absorto y dejando que mi cabeza divagase, quién era cada cual, qué hacia cada uno, y cómo podría terminar esa escena, rescatada de una antigua película de principios de siglo. Me interrumpió un acceso de tos fingido a mi espalda seguido de un por favor, la sirvienta me acercaba una bandeja de plata con una tarjeta, esperó, la miré, volví a mirar sus horribles y peludas piernas, esperó, supuse que todos estarían atentos a mis gestos, a mis movimientos, la leí, era una invitación para que cenase con ella. Dudé si me apetecía entrar en esa pantomima o declinar la invitación, ¿por qué no? me dije, por eso estoy aquí, para interactuar con la gente en este trayecto. Hice un gesto, se inclino y vi como la tira del sujetador, mantenía tensas unas prótesis de silicona que imitaban tetas. Le dije que sí y me levanté antes de que él reaccionara y casi hago que mi rodilla se estampase en su cara. Ofrecí mi mano a modo de saludo a la que me pareció la persona importante del grupo, tardó en reaccionar, en una visión rápida, vi un gesto que desde atrás empujaba el hombro de la mano que debería darme, sin levantarse me la ofreció y se presentó. Me presentó a Paúl, que estaba detrás de el, me presento a Lucy que seguía con su letanía y por ultimo a Brigitte la chacha.
Con voz calmada fue interesándose por mi, hablaba de ella, de ellos, de su puesta en escena, de como de vez en cuando recreaban situaciones, épocas, unas veces eran más, otras menos y por qué permitían que usasen el vagón. Brigitte acercó mi cena, mi vino, que compartí con Lola, que no probó. Paúl, partía trozos, los pinchaba con el tenedor y los acercaba a la boca de Lola, esta los comía, sin decir nada, a veces los trozos eran demasiado grandes y ella abría mucho la boca, la veía ponerse colorada, a veces acercaba la copa y permitía que un hilillo de vino resbalase por la comisura, la barbilla y acabase en el escote. Sin pudor y sin prisa, Paúl cogía la servilleta y limpiaba los labios, la barbilla y con energía el escote, haciendo tambalearse la masa enclaustrada tras la tela, se podía ver como el pezón asomaba. En ese gesto permaneció serio como si fuese el ritual de una ceremonia.
Buscaba la mirada de Lola, quería verme relejado en ella, quería ver en ella sus tinieblas. Fui integrándome en ese decorado de sensaciones frías, Lucy cenaba en silencio, a veces la sorprendía mirando, sus ojos se alternaban conmigo, con Lola, brillaban, pedían a gritos lujuria. Paúl pareció leerlos, o ya sabía cuando llegaba el momento. Se acerco a ella, le susurró algo al oído, empezó a ponerse colorada, nerviosa, ansiosa, giró con la silla hacia nosotros, separó las piernas, empezó a subir el vestido, las medias terminaban en las rodillas, el muslo no muy carnoso, blanco, quedaba a la vista, Brigitte acercó una bandeja, vi una tira de metal de piezas engarzadas, unas con otras, como un collar, de unos cuatro centímetros de ancho y más de 30 de largo, con unas púas hacia arriba, sabía lo que era, alguna vez me había tocado comprar alguno y colocarlo. Paúl, lo tomó, se arrodillo entre sus piernas, tiro de ellas hacia el, levantó más el vestido, vi un coño rasurado y lo que me pareció ser la punta de un plug que asomaba justo debajo del coño. Ajustó el cilicio a la pierna, tiró con fuerza de la parte del enganche, hasta el lugar que le pareció oportuno, lo vi apretado, no mucho, pero sabia que ese no era su cometido, la pierna estaba en reposo, cuando se tensase, al caminar, al arrodillarse, es cuando actuaría. Se apartó de ella, al levantarse volvió a decir algo en su oído. Lucy, sin prisa comenzó a desabotonar el vestido, el encaje que caía de su frente distorsionaba una mirada suplicante, miraba a Lola, miré a Lola, se mordía el labio inferior, las manos apoyadas sobre la mesa ayudaban a un balanceo sobre un eje, supe que frotaba su coño contra algo, que disfrutaba de ese momento. Desde atrás Paúl retiró la tosca tela, la parte de arriba del vestido, las tetas aparecieron moradas, tensas parecían a punto de reventar, unas cuerdas oprimían desde la base hasta la mitad de ellas, vi como las rozó y como el gesto de ella cambio cruzado por una mueca de dolor. Se arrodilló delante de todos, volvió a su letanía mientras las tetas iban buscando el suelo, el gesto de Lola era ya de placer puro, sin condiciones.
Paúl volvió tras ella, metió sus manos en el escote y comenzó a masajear, a tocar, a acariciar las dos tetas a la vez, veía a Brigitte rozar su polla disimuladamente con la esquina de la mesa, en un vaivén atribuible al traqueteo del tren. Sacó las manos y bajo la cremallera del costado, el vestido se vino abajo, las tetas turgentes aparecieron, mi polla crecía, La sostuvo de los sobacos y fue tirando de ella, a la vez que ella se elevaba el vestido caía, las tetas, la delicada tripa, el ombligo, llevaba un arnés con una polla, negra que me pareció inmensa, imaginé que seria doble y por eso los movimientos. Paúl la dirigió hasta detrás de Lucy, que sus tetas se aplastaban contra el suelo. Le levantó el vestido, lo hecho sobre la cabeza, ocultándola del mundo, retiró el plug y se lo paso a Brigitte que empezó a lamerlo, a limpiarlo mientras ya se frotaba descaradamente. Lola se arrodillo, me miró invitando a mirarla, me levanté y me coloqué a su lado, vi como apuntaba el consolador al coño y de un fuerte envite lo clavó hasta el fondo, oí mugir a Lucy, pensé en sus tetas restregadas por el suelo a cada empellón que la rubia daba, imprimía un ritmo acompasado un vaivén como el del tren, me gustaron esos movimientos de vaivén, de tren. Brigitte me pasó el plug, brillante y señalo a Lola con un gesto. Lo tomé, por primera vez palpe el culo apetitoso que me había gustado desde que lo vi apretado al subir al tren. Lo recorrí sin prisa, movido también por los intervalos del mete y saca, busqué la raja, la perfilé, bajé por ella hasta la entrada del coño ocupado, los jugos se salían pringosos, los recogí con los dedos y subí hasta el ano, lo unté bien, lo lubriqué con lo que ella desprendía, con todo el celo que soltaba, apoyé el plug, la punta primero buscando el camino correcto, no le molestó que hurgase en ella, seguía hipnotizada en sus embestidas, espere un retroceso y lo clave de golpe, hasta el fondo, oí un leve quejido, paró un momento y continuó con su deber. Brigitte estaba arrodillado ante las piernas de Paúl, le comía la polla, más bien abría la boca y Paúl la follaba.
Seguí acariciando el culo con una mano, palmeándolo, azotándolo, con la otra estrujaba sus tetas, las aplastaba, las estiraba, las ordeñaba, pellizcaba sus pezones con fuerza, Lola se enervaba más, bufaba. Retiré el plug y lo metí en su boca, me coloqué tras ella, bajé mis pantalones, mi polla parecía estallar, la coloqué en la entrada de su culo fui adaptándome a sus movimiento, dejando que fuese ella la que fuese empalándose, la metí hasta el fondo, sujeté el plug con la mano para impedir que saliese de la boca, la boca llena, el coño, lleno y en su culo mi polla, deje que se enculase con ella, espere hasta alcanzar mi máxima dureza y cambié el ritmo, yo marcaba los tiempos, yo embestía a Lola y Lola lo trasladaba a Lucy, imprimí más fuerza, hice que las tetas de Lucy recorriesen más espacio, se frotasen más, se restregasen más, de vez en cuando la levantaba, hacia que su pierna se tensase y el cilicio se clavase, la soltaba de golpe y las tetas se aplastaban contra el suelo.
Brigitte estaba apoyado en la mesa, todo el cuerpo sobre ella y las piernas en el lateral, Paúl se lo follaba con rabia, con golpes secos, envites certeros. Veía que me llegaba la hora, era imposible aguantar más, quité mi mano de la boca de Lola y el plug calló lleno de babas, siguieron escurriéndose las babas por el culo de Lucy, allí dentro fue a parar el plug, la levanté de nuevo, los tres en vertical, me apetecía acariciar esas tetas moradas, casi negras, las toqué, heladas, ardiendo, no sabría describir la sensación, tan tensas, tan estiradas, parecía que en cualquier momento los pezones saltarían, las toqué con pasión, las toqué con fuerza, las apreté, no se quejo, hace rato que su dolor se había trasformado en placer, Fueron los últimos estertores antes de que derramase mi esencia, en cadena, empezó Lucy, le siguió Lola y termine yo. Paúl se recomponía la ropa, Brigitte ordeñaba su polla, la mano cerrada formando un círculo con los dedos, empezaba desde su cuerpo hacia el glande, una y otra vez, hasta que soltaba sus espumarajos blancos y continuaba, seguía, las tres veces que le había ordenado. Fui el primero en separarme, me senté en una silla exhausto. Paúl ayudo a levantarse a Lola, después con mucho mimo acomodó a Lucy en una silla soltó las cuerdas de sus tetas, las masajeó con cariño para que la sangre volviese a circular, retiró el cilicio que había dejado pequeños regueros de sangre, los limpió con cuidado con algún tipo de desinfectante. La arropó contra su pecho y le besó repetidas veces, hasta que Lucy rompió a llorar, permanecieron así un rato, no le retiró el plug y me fijé en el sujetador, dentro de las copas tenía unos pinchitos de plástico, lo ajustó de nuevo y la dejó que se fuese recuperando. Brigitte estaba de nuevo en su lugar impoluta. Lola permanecía desnuda, sin el arnés y con el coño chorreando y así se quedo hasta que Paúl decidió que era hora de retirarse. - FIN -
Autor: Daryus
Publicado por Aldea Sado®: 17/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!
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