— Cielo...
— ¿Mmm?
— Despierta, ¿me oyes?
— ¿Eh? ¿Qué pasa, Jaime? ¿Qué tienes? —dijo Elena.
— No... Nada. Es que he oído unos gritos.
— ¿Dónde? Yo no he oído nada.
— Pero si duermes como una piedra. ¿Qué ibas a oír?
— Ya, Jaime. Seguro estabas soñando. Vuelve a dormirte.
— Que no. Que no lo he soñado, mujer. Los he oído de verdad. Alguien ha gritado al otro lado de la pared.
— ¿Al otro lado de la pared? Pues habrán sido los vecinos. ¿A ti que te importa? Duérmete de una vez.
Jaime volvió a apoyar su cabeza en la almohada. Tal vez, lo había soñado. Sin embargo estaba casi seguro de que un grito, un sonido parecido a un chillido, había recortado la mudez de la noche. Se concentró en dormirse, pero los ronquidos de Elena no lo dejaban. Un chasquido lo obligó a ponerse en guardia. Pero el silencio inmediato lo hizo volver a dudar. Se cubrió la cabeza con las cobijas. El grito le llegó nítido esta vez.
—¡Elena! —susurró, sacudiendo a su mujer.
— ¿Eh? ¿Qué? ¿Qué quieres? ¿Estás loco?
— No me digas que ahora no lo escuchaste.
— ¿Otro grito? No, no lo escuché. ¿Si te digo que lo oí, me dejarás dormir en paz?
— Ha sido ella.
Visiblemente molesta, Elena encendió la luz de la lámpara de noche e izó su cuerpo hasta quedar reclinada sobre las almohadas.
— ¿Quién es ella, Jaime? ¿Te ha caído mal la cena? ¿Te has desvelado?
— Ella: la vecina.
— Mira, por más que intento comprender de qué hablas, no lo logro. Pero en vista de que no vas a dejarme dormir: ¿quieres explicarme de qué demonios hablas?
— La vecina es la que ha gritado. He oído un chasquido y luego su grito.
— ¿Y?
— Y nada. Que tal vez la golpea.
— Jaime, por favor. ¿Quién eres tú para andar juzgando a la gente? ¿Desde cuándo te metes en la vida ajena? Quizá se le ha caído algo y ha gritado del mismo susto.
— Es probable. Pero los he visto algunas veces en el ascensor. Ella es muy delicada. Parece una niña asustada cuando sale a la calle.
— Ah... has estado echándole el ojo a la vecina nueva. ¡Lo que nos faltaba!
— No. También le he mirado a él. Y se ve del tipo capaz de golpear a las mujeres.
— Estás haciendo acusaciones que no tienen fundamento. ¿Cómo se ve un tipo capaz de golpear a las mujeres, según tú?
— Bueno... así como se ve él. ¿No le has visto? Puro músculo, de espaldas amplias, es un gigante.
—Eso es porque le gusta el ejercicio. Pero no es razón suficiente para andar por la vida golpeando mujeres. No puedes juzgar a las personas por su apariencia.
— No es solo su apariencia. Hay más. Algo en su mirada, hay algo en él que no me gusta.
— Pues no le mires y ya. ¿Has pensado que quizás a él no le agrada que le mires? ¿Qué tal vez ha notado que miras a su esposa? Jaime, a tu edad, ¿no estás ya grandecito para meterte donde no te llaman? Duérmete de una vez. O déjame dormir, que yo sí estoy cansada.
Elena se acostó y apagó la luz, dando por terminada la discusión y dejando a Jaime solo con sus cavilaciones.
La chica salió de su apartamento cargando una bolsa para las compras. Jaime la vio a través de la mirilla de su puerta, estaba espiando desde hacía rato con intención de salir y cruzarla en el pasillo. Abrió la puerta con fingida naturalidad y se arrimó a la puerta del ascensor.
— Buen día, vecina.
— Buenos días —susurró ella.
— ¿Va a la panadería?
La chica lo miró de arriba a abajo. Nunca habían cruzado más que el saludo. Debió parecerle un viejito inofensivo y por eso le respondió:
— A la farmacia.
— ¡Oh! ¿Está usted enferma? ¡Qué pena!
El ascensor ya había llegado al piso. Jaime abrió la puerta y le cedió el paso con un gesto de su mano. La muchacha sonrió tímidamente
— No se apene. Voy a por alcohol para limpiar las ventanas. Es un truco que me enseñó mi madre
Ya rumbo a la planta baja, él aprovechó para escudriñarla con discreción. Buscaba algún rastro de violencia, un cardenal que demostrase sus suposiciones de la noche anterior. Pero las ropas de la chica la cubrían completa, dejándole expuestos tan solo el rostro y las manos. Caminó junto a ella hasta la calle y fingió dirigirse en dirección contraria. Pero cuando se cercioró de que ella daba vuelta la esquina, se metió de nuevo al edificio y presionó el llamador del ascensor.
— He preparado pollo. En unos minutos estará listo. ¿Me ayudas a tender la mesa?
— Claro — respondió Jaime abandonando su sitio de vigilancia junto a la mirilla.
— ¿No has visto hoy el noticiero?
— No. He montado guardia tras la puerta. Ni me acordé del noticiero.
— ¿Has montado guardia? Jaime, esto es muy serio. Creo que estás pasándote de la raya.
— Tú no me comprendes.
— ¡Claro que no! Si yo descubriera que alguien me vigila, le denunciaría por acoso. No veo por qué esa pobre chica no ha de hacerlo.
— Yo no la acoso. Solo vigilo su puerta. Quiero saber a qué horas llega él. He apoyado la oreja varias veces en la pared y no se oye nada. Pero eso es porque está sola. Quiero oír cuando él llegue. Y si vuelve a gritar sabré que es cierto lo que sospecho. Esta mañana ella ha ido por alcohol a la farmacia. Me ha dicho que es para limpiar las ventanas. Pero sé que miente. Seguro el alcohol es para las heridas que él le hizo anoche.
Elena respiró hondo.
— ¿Has perdido el juicio, Jaime? Deja a los vecinos en paz. Estás yendo muy lejos.
Pero Jaime no le hizo caso. Apenas acabó con el contenido de su plato volvió a su puesto de centinela tras la mirilla. Así estuvo varios días. Tratando de conseguir evidencia. Durmiendo poco porque por las noches se lo pasaba con la oreja pegada a la pared intentando captar algún sonido. Elena decidió ignorarlo, confiando en que se cansaría pronto o que encontraría alguna nueva distracción con la cual entretenerse.
El viernes por la noche, cuando Elena leía una revista a la luz de la lámpara de noche y Jaime fingía leer, el chasquido volvió a escucharse.
— ¿Ahora sí lo has oído?
— Ajá.
— ¿Y no me lo reconocerás?
— ¿Qué cosa?
— El sonido. La ha golpeado.
Al otro lado de la pared, el chasquido volvió a sonar.
— Ahí está otra vez. ¿Por qué no quieres reconocerlo?
— Porque no creo que la golpee, Jaime. Sólo son ruidos. Buenas noches —dijo, y giró para apagar la luz y echarse a dormir.
Jaime no se durmió, se quedó esperando en silencio y se repitieron los chasquidos, seguidos por gritos. Elena dormía profundamente, pero a él la angustia y la rabia no le permitían siquiera quedarse quieto, se asomó a la ventana y vio que la cortina americana de la ventana de los vecinos estaba levantada, se veía la luz encendida, pero por más que estiró el cuello, aún a riesgo de caer a la vereda, no alcanzó a ver más. Cuando ya todo fue silencio y oscuridad, continuó caminando de un lado a otro de la habitación pensando qué era lo que debía hacer. Con el amanecer, le llegó la respuesta como si un relámpago le hubiese cruzado la cabeza.
Fue a por la caja de herramientas. Elena se despertó.
— Jaime, ¿dónde estás?
— Aquí — respondió, saliendo del cuarto de baño, cargando entre los brazos un escobillón y un espejo.
— Pero, ¿qué has hecho?
— No protestes. Lo repondré mañana mismo, o uno de estos días.
— ¿Para qué quieres el espejo del armario? ¿Cómo he de peinarme ahora?
— ¿No tienes espejo en la cartera, mujer? Déjame hacer que no tengo mucho tiempo — cortó Jaime dirigiéndose al cuarto.
Una vez allí, dejó el espejo sobre la cama y volvió a montar guardia tras la mirilla a la espera de que la vecina saliera a hacer la compra. Seguro de que el apartamento vecino, simétrico al suyo, estaba vacío, se sentó en el alfeizar de la ventana de su cuarto y no se bajó de allí hasta que consiguió, con ingenio apoyar el extremo del mecanismo armado con el escobillón, unos alambres de cobre y dos plumeros. Así, el espejo quedó escondido en la rama del árbol de la vereda apuntando a la ventana vecina. Luego, sostuvo el extremo que quedaba en su propia ventana apoyándole encima el peso de varios álbumes de fotografías. Si lo descubrían sería un problema, pero pensó que nadie que pase por la vereda anda mirando para arriba y se encomendó a la buena suerte esperando que a los vecinos no les diera por asomarse.
La noche llegó y Elena decidió tomarse un soporífero, le resultaba cada vez más chiflada la actitud de Jaime y creía que eso de espiar con el espejo era la comprobación de que estaba volviéndose loco.
— Anda, deja a esos chicos en paz, ven a recostarte, toma una de las píldoras. Te meterás en líos, Jaime. Créeme que no sé cómo ayudarte.
— Duérmete de una vez y deja de darme lata, así me ayudarás.
Al fin el sueño cayó sobre Elena. Jaime esperó pacientemente, con la vista embutida en un binocular que apuntaba al espejo. Nada se movía en la porción de cuarto que alcanzaba a visualizar. Cuando estaba adormeciéndose, el chasquido de costumbre lo puso en guardia. Volvió a recuperar el foco que había perdido y casi se cae al suelo de la sorpresa.
El vecino había enfundado sus temibles músculos en un traje negro, las piernas y los brazos al aire estaban libres de vello y parecían aceitadas, un mínimo antifaz le cubría el contorno de los ojos. A su lado, la vecina parecía más pequeña que nunca metida en un corsé, también negro, que dejaba sus blanquísimos senos al aire. Los chasquidos volvieron a sonar y Jaime, fijando mejor la vista, pudo ver que la chica tenía un látigo en la mano y lo golpeaba contra el suelo. El hombre se arrodilló a su lado y comenzó a lamer los diminutos zapatos de altísimo tacón. Su lengua fue trepando por el tobillo derecho hasta alcanzar la pantorrilla. Ella había enrollado el látigo y ahora lo golpeaba suavemente contra la espalda de él.
Jaime no daba crédito a lo que veían sus ojos. No podía dejar de observar y, a la vez, se sentía avergonzado por la excitación que la escena le producía. Estuvo tentado de despertar a Elena, pero no quería moverse y temía que si hablaba lo suficientemente alto como para despertarla, su voz atravesara la ventana y rebotara contra el espejo metiéndose en el apartamento vecino.
La chica separó las piernas y su tanga se abrió en dos por el tajo trazado en el cuero. El hombre, aún de rodillas, fue guiado por el látigo enroscado en torno a su cuello hasta que su rostro se sumergió en la entrepierna de ella. Minutos después se oyó el grito de todas las noches.
Jaime, sumamente acalorado perdió de vista a los vecinos: se habían corrido hacia la derecha y ya no pudo divisarlos, aunque alcanzó a oír nuevamente los chasquidos y otro grito, y otro más. La erección lo sorprendió de pronto. Su pene, deshabituado ya a la sangre pujando furiosa, empujó el pantalón de su pijama. Insistió en el avistaje inútil un rato más. Luego se metió a la cama y buscó el calor del cuerpo de Elena, apoyándose en su espalda.
— Cielo...
— ¿Mmm?
— Qué bien hueles — musitó Jaime.
— ¿Eh? ¿Has vuelto a despabilarte?
— No... digo que hueles bien.
— Pues, gracias. Es la colonia de frutas que me regaló mi hermana en Navidad —dijo Elena en tanto, sin pensarlo, instintivamente, se zafaba de las manos que su esposo intentaba meterle bajo el camisón.
Jaime giró, algo ofendido, y dejó que volviese a meterse dentro de su espeso sueño. Volvió a la ventana con los binoculares montados sobre la nariz, pero en el espejo solo se veía la oscuridad del apartamento vecino. Apenas amaneció, esperó a que los vecinos se marcharan y desmontó el precario dispositivo de espía refunfuñando, ante la mirada complacida de Elena. Acabado el almuerzo, se marchó tan mudo como había estado toda la mañana.
A su regreso, Elena estaba hecha una furia.
—¿Dónde te habías metido? — casi gritó —. Has desaparecido toda la tarde, sin avisar. Estaba muy preocupada por ti.
—Fui de compras.
—¿Qué has comprado? Bien podías haberme dicho por dónde andarías. El susto que me has hecho pegar.
Jaime se metió al cuarto de baño y desde allí le anunció:
—Espérame en la habitación. Ya voy a mostrarte.
Elena se sentó al borde de la cama, temerosa de que Jaime hubiera ideado otra locura o comprado algún equipo especial para seguir vigilando a los vecinos.
— Ya. Dime qué te traes entre manos, Jaime
Los ojos casi se le desorbitan cuando le vio aparecer metido en aquellas ropas: una camiseta de cuero negro bordeada por tachas metálicas; un slip diminuto, ajustadísimo, en el cual una tremenda erección sobresalía amenazante; y un collar semejante a los que se le ponen a los perros, con impresionantes púas plateadas. Pero lo que casi la mata de un infarto, fue oírle decir:
— ¡Híncate, mujer! Hoy serás mi esclava... tengo algo duro que va a gustarte — Mientras le apoyaba la punta de un látigo en las narices. - FIN -
Autor: isa ali
Publicado por Aldea Sado®: 03/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!
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