Relatos BDSM
El Señor T. y el Señor M.

El anuncio había sido idea de El.

— Hace tiempo que no te cedo... Que no me traes marcas ajenas...—había dicho aquella noche, después de una larga y ardiente maratón de sexo puro, total, avasallante.

— Salí con Gerardo el jueves –le respondí mientras tiraba de los pelitos de su pecho con mis labios.

— No, amor, no a follar sino a que sirvas a otro Dómine... —respondió en voz baja, acariciándome la cabeza— Que el beso del cuero provenga de otra mano, de otra mente... —agregó sin necesidad.

Un leve escalofrío recorrió mi cuerpo ante la imagen que sus palabras proyectaron en mi pantalla mental.

— Aquí es difícil, amor... —argüí sin convicción ante lo que, sabía, era decisión tomada.

— Será un anuncio en Internet... —siguió El, como desbrozando su idea.

Al día siguiente, el texto figuraba en el tablón de anuncios de un portal especializado en SM:

Fui iniciada hace 5 años. Mis límites: no a scat, fist ni zoo. Última sesión: electro. Pertenezco a un Amo que me cede gratuitamente. Puedo viajar hasta 300 Km. de Capital Federal.

zdenka, Femenino Bisexual, e—mail: Ciudad / País: Buenos Aires/Argentina.

Él supervisaría las respuestas y, finalmente, decidiría a quién, cuándo, por cuánto tiempo y en qué condiciones. De la selección que hizo quedaron no más que tres. Desde Su correo se contactó con cada uno y fueron tres entrevistas muy formales en la Richmond de Florida. Apenas pude ver la cara a cada uno de ellos, ya que no bien entraba al recinto tenía que bajar la cabeza contando las brillantes baldosas del piso. Luego, las tazas y los platillos, la tetera y los vasos de güisqui de ellos. Para las miradas entendidas, la joya que llevaba en mi cuello era, definitivamente, un collar tipo grillete, de oro de dos centímetros de ancho con un pendiente de brillantes que suplía el habitual candado.

El cuero de los sillones se pegó a mis nalgas desnudas cada vez y ellos no debieron esforzarse demasiado para constatar que tampoco llevaba corpiño. Él hablaba de mí como si se refiriese a un animal al que prestaría para apareamiento. Cada uno de ellos, a su vez, preguntaba cuáles serían mis límites. Entonces El me autorizaba a hablar.

Uno de ellos era un hombre muy maduro, casi en el límite con la gerontes. Y en los breves pantallazos que me brindaba el mirarlo de reojo, aún a riesgo del castigo o, tal vez, buscándolo, sentí aquella sensación casi olvidada del pánico.

No quería calificarlo pero sin duda alguna Lombroso hubiese hecho un festín de interpretaciones con ese rostro de pómulos salientes, nariz larga y gruesa, ojos hundidos en la penumbra de sus párpados violáceos y cejas tan gruesas como bigotes. Pero lo que determinaba, para mí, su capacidad de perversión era su boca, con el labio inferior grueso y caído, como en actitud de permanente búsqueda de aire y una fina línea de baba escurriéndose por las comisuras que, a cada momento, ese hombre secaba con una servilleta de papel. Me sentía como un pollo en el asador, observado por un hambriento que, posiblemente, pudiese hincarle el diente en el futuro inmediato.

No puedo negar que me atraía sobremanera a la vez que lo rechazaba desde lo más íntimo de mí ser, aunque la mancha que quedó sobre el cojín de cuero de mi sillón no dejó espacio para la duda.

El, mi Amo, fue a uno de los que eligió. Descartó al tercero por no tener lugar apropiado y, también como lo pensé yo al oírle hablar, lo que buscaba era una sesión de sexo con alternativas de SM pero no exactamente una relación D/s.

Así pues, el Señor M y el Señor T fueron los que mi Amo decidió que serían mis temporarios Dómines. Nueve años de convivencia y más de cinco de haberme iniciado como sumisa, le permitían a mi Amo saber, sin temor a error, qué pensamientos pasaban por mi cabeza ni, para el caso, cuál de los tres postulantes había sido el que mayor estremecimiento me había causado. Por supuesto que el Señor M., el casi geronte. Y también, por supuesto, que fue el segundo en la lista, como para contenerme o preservarme para un final a toda luz.

Al Señor T me llevó mi Amo. Un apartamento en la zona de Belgrano, en el último piso de un edificio de quince, cuyo cielo raso parecía muy bajo ante la larga figura del Señor T. Enjuto, fibroso, de pelo renegrido y cuarentón, de manos finas y caderas estrechas, nos recibió con un mínimo slip de cuero brilloso y negro que marcaba un prominente bulto. Alrededor del cuello, al estilo con que los médicos llevan colgado el estetoscopio, un amenazador nueve colas con un mango grueso con forma de pene que me fue fácil imaginar dónde lo recibiría.

Eran las tres de la tarde de un viernes oscuro, y los cristales del ventanal que daban a la terraza estaban salpicados por la incesante llovizna. Mi Amo extrajo un papel que no había visto yo, y puesto sobre la mesa del comedor, lo firmó, luego lo hizo el Señor T y finalmente, yo misma. Formalmente era el contrato de cesión temporal pero psicológicamente me sometía sin miramientos. La condición de devolución sería el sábado sobre las tres de la tarde, en nuestra casa, adonde el Señor T debería llevarme una vez satisfechos sus deseos de usarme.

No bien terminé de estampar mi firma en el papel, escuché la voz del Señor T ordenándome desnudarme. Mi Amo, sin decir palabra, se retiró del apartamento y mientras mi vestido caía al suelo, el chasquido de la cerradura de la puerta de entrada fue como el primer latigazo que golpeó mi alma.

Me ordenó arrodillarme y me colocó un collar de cuero duro y de olor rancio, pesado por las cuatro argollas que de el pendían. Luego, que me echase en el suelo y levantando cada pierna por vez, me colocó las tobilleras. Finalmente, de nuevo arrodillada y con los brazos extendidos, sentí la prisión del cuero en mis muñecas. Una típica cadena de paseo para perros, quedó firme en la argolla del frente del collar y de un tirón, que me hizo caer, me llevó a otra habitación.

Si había sentido pánico al otear los rasgos del Señor M, allá en la confitería, ver las paredes acolchadas, la inexistencia de ventanas y los elementos que en esa habitación había, me hicieron faltar el aire. Cuando el Señor T cerró la puerta una vez dentro, fue como estar en un estudio de grabación de sonido: el silencio era casi concreto.

— Aquí vas a poder gritar como una marrana, llorar y suplicar y nadie ¿oís? Nadie va a poder escucharte... Así que preparate para obedecer a la más mínima orden que recibas... Tu Amo me dijo que sos muy pedante y altanera, a pesar del buen adiestramiento que recibiste, puta infame, pero aquí, conmigo, se te acabaron los jueguitos y los melindres... —dijo de un tirón mientras yo permanecía inmóvil, a cuatro patas como había sido arrastrada a esa verdadera cámara de torturas.

Su primer orden fue agradecerle el que se hubiese dignado llevarme hasta allí, y su pie frente a mi boca no me hizo dudar sobre lo que debía yo hacer. Comencé a lamerle los pies como una perra agradecida y el suave silbido del cuero en el aire, anticipó apenas una fracción antes, el primer golpe del nueve colas en mis nalgas. Una de las tiras, innoblemente, se adhirió al surco de mis nalgas y el chicotazo estalló en los labios de mi vulva.

Un manual de SM no hubiese sido tan explícito y coherente como los castigos, torturas y figuras a las que me sometió el Señor T. De las pinzas de metal con cadenilla que unieron dolorosamente mis pezones, colgaron pesas, cuencos y hasta el látigo. La apariencia blanda del cobertor de un potro fue mi sostén y exhibición durante siglos y me ahogué con la venuda muestra de virilidad que hundió en mi boca el Señor T, abierta ésta por los forceps y sujetada mi cabeza por una diadema de cuero tenso que me impedía bajarla. Los labios de mi vulva fueron abiertos por sendas pinzas que sujetó, con cinta, a mis muslos y recibí la dureza infame del mango del nueve colas hasta aplastar mi matriz. No fue delicado ni piadoso cuando, a la vez, hundió su virilidad hasta el fondo de mi recto y repitió la maniobra tres veces porque otras tantas, el látex no resistió la brutal embestida.

En los breves intervalos, como el Señor T denominaba a esos espacios de imposible descanso y recuperación, me daba a beber Gatorade, en un cacharro de aluminio en un rincón de la acolchada habitación.

La acumulación de líquido en mi vejiga no resistió la contención arrítmica que podía ejercer yo, mientras me balanceaba a cada latigazo de un arreador cruel que se hundía en mi piel como un estilete hirviente, y el ancho charco que cubrió el suelo bajo mis pies dio muestra cabal de ello. Fue mi lengua, mucho después, cuando me descolgó, la que debió limpiar el piso, hasta que mi saliva cubrió lo que antes era orín.

Atada, luego, a un posicionador, con la grupa levantada, las piernas separadas y los brazos fuertemente sujetos por cintas de cuero a las patas del mueble, recibí la renovada energía del Señor T., que satisfizo su deseo sin quedarse en uno solo de mis canales abiertos sino en los dos, alternadamente, como un émbolo firme y tieso que me arrancaba gemidos no ya de dolor.

Cuando me arrastró fuera de la sala, mi cuerpo ardía por las lonjas de dolor sordo que lo cubrían. Mis pechos estaban hinchados y tan enrojecidos como mis nalgas y mis muslos. Deseaba un baño, salir de allí de una vez, pero el plazo apenas había comenzado a desgranarse y fui llevada a una habitación angosta, fría, con una cama de hierro por todo mobiliario, de paredes y techo gris y piso de baldosas negras.

Una cadena de gruesos eslabones unió las argollas de mis muñequeras y así me dejó, echada sobre la cama, las medias hechas jirones, el cuerpo dolorido y sin una posición aceptable que me permitiese menguar el dolor de los surcos que había marcado el látigo.

No sé cuánto tiempo después, en la somnolencia del dolor asumido, un hombre con una capucha cubriéndole la cabeza, entró a la habitación. Tan desnudo como el Señor T., que entró detrás de él.

Sin decir palabra, se subió a la cama y comenzó a penetrarme con frenético ritmo y al momento de alcanzar su rápido éxtasis, sacó su grueso pene de mi vagina y arrancándose el preservativo, cubrió mi panza y hasta mi cara con chorros de semen oloroso y caliente.

Cinco veces sucedió exactamente lo mismo y a pesar de mí misma, derramé mi propia calentura, sacudida por los inclementes golpes de verga a los que cada uno de los encapuchados me sometió.

Luego, el silencio y la oscuridad total. El Señor T salió de la habitación y apagó la luz desde alguna llave que estaría fuera de la misma. Me llegaban voces y risas, como si el grupo de hombres allí, al otro lado de la puerta, festejase algún acontecimiento grato.

No tenía ya fuerzas y me parecía que mis piernas ya no respondían a las órdenes de mi cerebro. Me dolían los brazos y el olor a semen era tan denso que parecía más bien una masa de gelatina cubriendo la habitación.

De pronto, la voz del Señor T. diciendo no sé qué cosas a sus compinches sonó cerca de la puerta y, de inmediato, la cerradura que la abrió.

— Vamos... A lavarte, puta sucia –dijo con voz pastosa y vaho alcohólico.

Sin ningún miramiento, enganchó la cadena de perros a la argolla de mi collar y luego de liberarme de la otra cadena que me mantenía prisionera de los barrotes de la cama, tiró con fuerzas y debí arrojarme al suelo antes de ahogarme por el golpe.

A cuatro patas, más arrastrándome que trasladándome, me llevó al cuarto de baño y me ordenó acostarme en la bañera. En silencio, rogué para mis adentros que no lo hicieran, pero poco después, cinco vergas me apuntaban y, en un santiamén, comenzaron a rociarme con los chorros ambarinos de los orines. Se ensañaron con mi rostro al punto de impedirme respirar y debí abrir la boca. Las risotadas de los cinco acompañaron la tos y el ahogo que me produjo tragar parte de esos líquidos de fuerte olor y alta temperatura.

Por fin, acabaron con ello y el Señor T. con una voz amable que no le conocía, me pidió que me bañase, que él me esperaría en el living.

Deshecha y más aún al ver mi cuerpo reflejado en los espejos de aquel baño: marcado, con surcos violáceos en casi toda mi piel y ojeras moradas de los sufrimientos pasados, hice el mayor esfuerzo para quedarme de pie bajo el benefactor chorro de agua de la ducha.

Con el pelo mojado y sin el inútil portaligas, con un toallón suave sobre los hombros, salí del baño y fui al living. El Señor T. me esperaba impecablemente vestido con un pantalón de gabardina y una camisa de seda blanca, mocasines de cuero color suela y un pañuelo azul atado al cuello, peinado, perfumado, perfecto.

— Vamos a ir a cenar algo por ahí, querida –dijo en el tono amable que ya antes había usado para hablarme— Vestite y fijate en el cajón de la cómoda, en mi dormitorio, a ver si encontrás medias de tu talla y gusto... —agregó, sonriéndome.

Las encontré, de seda y con talón y costura y el portaligas volvió a ajustar mi cintura. El vestido cubrió mi desnudez a medias y busqué algo de maquillaje en la cartera que había dejado en el living, cuando siglos antes mi Amo me entregase al Señor T.

Él, el Señor T, observaba mis movimientos con evidente placer y haciendo comentarios sobre cualquier tema, pero sin aludir en un solo momento a todo lo pasado.

Me ardía todo, el sexo, el orificio, la piel. Pero no dije nada. Si hubiese estado en casa, la crema hidratante con aloe vera habría menguado los efectos de los latigazos, pero allí, con la fina tela de mi vestido rozándome permanentemente, era un suplicio agregado.

Cenamos en la Costanera, en un restaurante de moda donde el Señor T. saludó a muchos parroquianos presentándome como una de sus chicas. No sé qué quería decir con esto, pero acepté mi papel sin protestar. En una de las mesas del fondo del local, avisté a un matrimonio amigo nuestro y rogué porque no me viesen. Pero no fue así. El me saludo con un gesto y ella, mi amiga, se dio vuelta para sonreírme.

De todos modos la velada pasó sin otras alternativas y pude reponer fuerzas con exquisitos mariscos y un jugoso trozo de carne vacuna acompañado por una ensalada amarga y rica en hierro. El vino Borgoña hizo su efecto en ambos y al salir del restaurante, todo lo vivido en el departamento de Belgrano parecía haber sucedido miles de años atrás... salvo por los testimonios inocultables que mi cuerpo llevaba.

Más tarde, de vuelta al departamento del Señor T., fue él quien se encargó, con suave dedicación, a cubrir las marcas de mí cuerpo con crema y, sin darme cuenta de ello, desee que me poseyese, lo que sucedió reiteradamente hasta quedar exhaustos y lejos del mundo concreto de la vigilia.

Al día siguiente, el sol ya estaba cerca del meridiano cuando abrimos los ojos. El dolor en mi cuerpo se hizo más cruel entonces, como si hubiese recuperado intensidad durante el sueño. Ruido a vajilla y cacharros nos llegaron desde algún lugar del apartamento y temí que se iniciase otra sesión. No podría soportarla. Pero en lugar de los encapuchados del día anterior, una señora de pelo entrecano y excedida varios kilos de su peso, entró al dormitorio. Indiferente a mi presencia, saludó al Señor T. y le preguntó si quería desayunar en la terraza, que el día era magnífico, soleado y templazo. Éste dijo que sí y luego de las abluciones, desnuda como me ordenó estar mientras estuviese en su departamento, salimos a la terraza. Las marcas de mi cuerpo bajo los rayos del sol semejaban surcos de arado en la tierra blanda. Allí, sin importarle que de otros departamentos de la cuadra pudiesen estar espiándonos, me ordenó hacerle una felación y, ésta vez, fue hasta el final. Mi pecho quedó cubierto por el abundante semen del Señor T., cuando lo escurrí de mi boca; y como siempre sucede con la mayoría de los hombres, finiquitó su pulsión penetrándome, de pie, sosteniéndome yo de la barandilla de la terraza y sintiendo nuevamente la bolsa de látex llenarse con el resto de semen que el Señor T. todavía alojaba en sus gónadas.

No dejó que me bañase y cuando se hubo secado el semen en mi cuerpo, nos vestimos y bajamos al garaje del edificio. Sentada en la butaca y con el vestido desabotonado, como me lo ordenó, viajamos hasta San Isidro donde mi Amo y Señor, avisado por el Señor T., nos esperaba en la galería del frente.

Ya en la sala, nuevamente desnuda, mi Amo se mostró complacido con el Señor T. por las marcas que había dejado en mi cuerpo. En la mesita baja quedaron los trozos de papel en que rompieron los contratos y antes de que el Señor T. se fuese, mi Amo me llamó Irene y volví a serlo con el deseo irrefrenable de estar con El, de sentirme abrazada y mimada por su ternura y renovada por su deseo.

Pasarían más de quince días antes de conocer al Señor M.

Autor: irene_zenka

 

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