Relatos BDSM
Saltando el abismo
por meuca

El Encuentro...

Era una mañana calurosa de diciembre de 2003.

Me dirigí a los sanitarios, y como me habías ordenado en el último encuentro por msn, saqué mis bragas (como tu le dices), y las metí en mi bolso, igual que como tantas veces había leído en los relatos, pero esta vez era yo la protagonista.

Los altavoces sonaron en mis oídos:

— Acaba de arribar al aeropuerto, vuelo nº 6841 de Iberia, procedente de Madrid.

Mi corazón, dió un vuelco y me volvió a la realidad. Entre un mundo de gente presurosa te busqué con la mirada, mi alma te reconoció de inmediato; venías hacia mí, en medio de un grupo, conversando animadamente con tus tres amigos.

El viaje había surgido a raíz de que estaba trabajando en una cooperativa en el área de turismo, después de haberme retirado de mi profesión.

Organizábamos tours por Argentina y tú aceptaste venir a conocer mi país y conocerme, borrando así definitivamente el último rastro de virtualidad que tenía nuestra relación.

El otro coordinador y yo, nos acercamos al grupo. Mi corazón casi salía de mi pecho y una excitación inusual hacía que mi sexo comenzara a humedecerse.

La primera mirada a tus ojos, hizo que se me encendieran las mejillas una vez más, esta vez mucho más intensamente haciéndolas sentir ardientes.

Me diste un beso en la comisura de mis labios, sentí el roce de los tuyos en los míos, y tu aliento tibio que tantas veces había imaginado en mis noches de vigilia y fantasías.

Nos dirigimos a la confitería, donde nos esperaba un desayuno de bienvenida. El grupo tenía reservada una mesa al lado del gran ventanal. Te sentaste al lado mío; tus amigos no me sacaban los ojos de encima y me desnudaban sin disimulo con cada mirada.

Sentí que ellos sabían de mi condición de ser tu sumisa. Creí morir de vergüenza, quizás ellos también eran Amos. Muchas veces había pensado que en tu ciudad los hombres eran todos Amos.

La conversación era animada, sobre el viaje, tu país, el mío, cuando de repente me clavaste tus ojos. Esos ojos, que tantas veces había mirado en la única foto que me habías enviado el mismo día en que la vida te había puesto en mi camino diciéndome: "es para que conozcas a tu Amo...".

Tu mirada era profunda, fuerte, y algo perversa, te delataba esa ceja levemente levantada. Al mirarte supe inmediatamente, que esperabas que cumpliera la siguiente orden que me habías dado, debía entregarte mis bragas. Eso también lo había leído en los relatos, pero ahora era yo la protagonista.

Realmente temía dártela, porque no imaginaba que cosa se te ocurriría hacer con ellas, quizás ponerla sobre la mesa!!! Quizás dárselas a uno de tus amigos...??

Busqué el momento apropiado, las saqué de mi bolso y te las pasé por debajo de la mesa con mano temblorosa y con una vergüenza que sin duda me delataba. Las tomaste con tu mano izquierda, y me volviste a mirar haciéndome sentir todo tu poder sobre mi, estaba a tu merced. Sólo después de sonreir levemente unos segundos, que me parecieron eternos, las guardaste en el bolsillo de tu pantalón. Sentía mi respiración agitada, y la humedad entre mis piernas era cada vez mayor, mucha excitación y mucha incertidumbre. Traté de respirar hondo para controlarme.

El desayuno concluyó al cabo de una hora, y partimos rumbo al hotel dónde se alojarían. Allí te despedí con un tímido beso en la mejilla, y alcancé a susurrarte al oído lo que tantas veces había escrito: "a sus pies mi Señor..."

La Cena...

A las 21 hs estaba parada en el lobby del hotel. Llevaba un vestido largo de jersey negro con breteles muy finos, muy sencillo, pero con un escote profundo que dejaba ver parte de mis pechos. y marcaba insolentemente mis pezones, que se mostraban insinuantes bajo la fina tela.

Esos pechos que conocías muy bien por fotos y por cam. y que tantas veces habrías deseado manosear, rozar con tus labios, beber con tu boca, saborear con tu lengua, torturar a tu antojo.

Fuimos a cenar. Me costaba seguir la conversación, sabía lo que se avecinaba, sabía que al cabo de la cena, subiría a tu habitación y esa sería la culminación de la mas maravillosa experiencia que había vivido como mujer al promediar mi vida, después de que la creía en su ocaso, dándome la oportunidad de reestrenarla. Esa sería mi iniciación..!!!.

El tiempo transcurrió inexorablemente y llegó el momento, tus amigos se despidieron retirándose a sus habitaciones, no sin antes dedicarme sendas miradas cómplices que volvieron a desnudarme y más aún, pude sentir el roce de sus bocas en mi cuerpo y en mi sexo.

Y quedé sola contigo, prendiste un cigarrillo, pensativo lo fumaste en silencio aunque te sé un joven afable, conversador. Te levantaste, te seguí, tu adelante yo a tu lado pero levemente atrás, así había leído en algún lugar, que debía ser... No pronunciaste ninguna palabra y yo estaba muda.

Ya en el ascensor, no me prestaste atención, es más, te pusiste a conversar animadamente, con una jovencita muy hermosa, cabello largo, pequeña de estatura con rasgos orientales. La joven subía hasta el mismo piso que nosotros, me ubiqué en la parte posterior del ascensor, ella contra un lateral y tu frente a ella ofreciéndole una sonrisa, cerca muy cerca, seguramente podía sentir tu aliento, le hablabas en su oído y ella sonreía, se veía complacida por lo que le susurrabas, mostrándose excitada por la situación...

Yo estaba perpleja, mis mejillas estarían rojas, mi corazón palpitaba...

Al llegar al piso 12 el ascensor se detuvo, abriste la puerta y salieron los dos ignorando completamente mi presencia. La acompañaste a la puerta de su habitación que estaba justo enfrente de la tuya. Hablaron unos minutos, que se me hicieron interminables... Ella entró en su habitación, tú te acercaste a la puerta de la tuya sin mediar palabra. Yo te seguí.

Abriste la puerta y entré, quedando en el medio de la estancia, quieta y expectante, mis manos se movían nerviosas pero se mantenían a los costados, sentía mis labios secos y sin querer los mordía. La puerta se cerró a mis espaldas. Pero ya no había retorno, la llave esta vez la tenías tú, ya no estaba en mi bolsillo…

Sentí tus pasos detrás de mi, te acercaste. No podía verte pero percibía tus ojos recorriendo mi cuerpo, reconociéndolo, y cerré los míos totalmente excitada, entregada y muerta de miedo. Había soñado con ese momento, lo había imaginado. Pero nunca pensé que se haría realidad.

Tu mano tocó mi pelo rozándolo, lo corriste a un costado, y con el dorso de tu mano acariciaste mi cuello haciéndome estremecer, mi piel totalmente erizada, mi cabeza acompañaba la caricia buscando ese contacto que tantas veces añoré y otras tantas imaginé, el corazón. se salió una vez más de mi pecho. La humedad crecía entre mis piernas, fue entonces cuando con la punta de tus dedos, bajaste un bretel, luego el otro y el vestido se deslizó al suelo, quedando mi cuerpo totalmente desnudo por primera vez ante tus ojos.

Mis mejillas ardieron, dibujaste travieso con la punta de tus dedos mi espina dorsal, bajando más y más, hasta que inesperadamente, sentí una nalgada no muy fuerte, pero que me hizo saltar. Pese a la sorpresa, entendí inmediatamente, que debía abrir mis piernas para ofrecerme a tus manos, creí morir de vergüenza y de placer, no podía dejar de obedecerte ya no podía, y tampoco quería.

Recorriste mi sexo hábilmente, separaste delicadamente los labios mayores que querían estallar por la excitación, húmedos y calientes. Fue entonces que comencé a buscar tus dedos, cimbreando mis caderas cadenciosamente...

Rompiendo ese idilio, dos azotes de tus manos estallaron con fuerza en mi nalga, sentí un ardor y un calor desconocido en mi piel. Mi corazón comenzó a latir rápidamente paralizándome, y un frío recorrió mi espalda. Entonces viniste frente a mi, clavaste tus ojos que destellaban en los míos y con tono grave dijiste:

— Quién te dio permiso zorra, para darte placer? Yo?...no verdad???...entonces, veo que sigues sin entender…

Atiné a bajar la cabeza las lágrimas no se hicieron esperar, y rodaron por mis mejillas. Me sentí nerviosa, inquieta, avergonzada, al no saber cuál sería tu reacción, ni tu proceder. Sin embargo acercaste tus labios a los míos y me besaste, saboreando mis lágrimas con infinita dulzura.

Volví a cerrar los ojos, entregada al placer del roce de tus labios..Sintiendo aún el sabor de tu saliva, tomaste mis muñecas y las llevaste atrás de mi espalda para ponerle en unos segundos un par de lo que supuse eran esposas. Abrí mis ojos y miré directamente a los tuyos sorprendida. La respuesta no se hizo esperar, tu mirada se tornó dura y dos cachetazos certeros y sonoros surcaron mis mejillas

—Nunca me mires a los ojos sin mi permiso, entendiste zorra?

Pese a lo turbada que estaba y ya con la mirada clavada en el piso, las mejillas doloridas y ardiendo, atiné a decir.

— Sí, mi Amo.

— Y como veo que nada aprendes, y olvidas lo poco que has aprendido tendré que enseñarte de alguna manera...

La incertidumbre lleno mi alma, mi mente y mi corazón. Entonces, sacaste un pañuelo de seda negro me tapaste los ojos y ya no pude verte más. La sensación de estar a ciegas frente a alguien que te posee es inexplicable, se pierde la noción del espacio y del tiempo, la incertidumbre inunda el ser. Quedé parada, inmóvil a ciegas, temblando, no podía controlarme porque ya no te sentía. Angustia, inquietud, silencio, mucho silencio, excitación solo oía mi corazón agitado. Y en medio de todo ese sentir, percibí el olor de un cigarrillo recién prendido.

No me moví, aunque por naturaleza soy más que inquieta, y al cabo de un rato, que me resultó interminable dijiste distendido y con naturalidad, diría que divertido:

— Tengo que hacer una visita imaginas a quién putita? Y mientras regreso, tu tendrás algo que hacer, espero por tu bien que tu mente esté en condiciones, zorra.

Seguidamente, me tomaste por los hombros llevándome hasta el ventanal. Sentí la brisa fresca de la noche como un bálsamo para mi cuerpo ardiente. Sacaste las esposas de mis muñecas, el pañuelo de mis ojos, atando mis manos al barral del cortinado, dejándome expuesta, totalmente desnuda a las estrellas y a algún ocasional curioso, que pudiere levantar su mirada hasta el piso 12.

— Cuando regrese haremos un juego putita, es simple, tienes que recordar lo que una sumisa no debe olvidar, lo que te dije sería "tu credo" y espero que lo recuerdes, confío en que lo harás...

— Ciao meuca...

Y quedé atada, desconcertada, avergonzada y preocupada por la exposición, inquieta y excitada al mismo tiempo ya que sentía la humedad entre mis piernas.

Mi credo!! ... mi credo!! Cómo recordar las reglas que eran mi credo si no podía hilar un solo pensamiento coherente, ya que mi cuerpo y mi mente estaban viviendo algo tan fuerte, tan jugado, tan ansiado, tan esperado. Mi primer encuentro ..!!

EL JUEGO...

Las ideas daban vueltas por mi mente enloquecidas. Un cúmulo de sensaciones pasaban por mi cuerpo, estaba totalmente mojada, mis labios resecos, el corazón palpitante.

No había pasado mucho aunque perdí la noción del tiempo, cuando la puerta se abrió:

—Y bien putita, cómo has estado? ¿comenzamos el juego?....

Un frío en mi espalda, hizo que mis nervios se crisparan, una sensación de vacío en la boca del estómago. Lo que fuera, lo hiciste bajar, llevándolo directamente a mi sexo, que estaba ardiente y mojado lo pasaste irreverentemente por él, rozando los labios y separándolos suavemente... Mientras lo hacías y yo me estremecía..

— Te la presento, es la fusta con la que vamos a jugar...

Con la punta de ella, levantaste mi mentón, y acercándola a mis labios diste unos golpecitos en ellos. Recordé una de las reglas: debía venerar los objetos con los que se disciplinaba,comprendí que debía besarla. Así lo hice.

Y me explicaste el juego...

— Bien, deberás decir una a una, las reglas que recuerdes, si lo haces bien, será un azote, si lo haces mal, serán dos, de cualquier forma que sea, a cada azote, agradecerás a tu Amo.

Veremos cuántos azotes te ganas en 15 minutos, si son más de 25, habrás perdido. Y comenzó el juego.

Temblando como una hoja, y haciendo un gran esfuerzo mental dije:

— Escucha con la máxima atención, las palabras de tu Amo, y cumple las órdenes al pie de la letra.

La fusta dio su primer golpe en medio de mis nalgas, un dolor impensado, desconocido, seguido de un ardor y calor muy profundo , fue mi primer contacto con ella...

Solté un pequeño grito, las mejillas ardieron, nuevamente mi boca seca y el corazón palpitando.

— Gracias mi Amo, alcancé a susurrar.

— Te sentirás orgullosa de llevar el collar de perra o cualquier atributo que tu Amo te imponga , pues significa que le perteneces.

Ahora la escuché silbar en el aire.

— Gracias mi Amo.

Pero no fue tan fácil, los nervios no fueron en vano, es así que en 15 minutos, acumulé 30 azotes. Te reíste como un niño.

— Perdiste meuca..!!! dijiste sonriendo.

ÉXTASIS...

Sé que esperabas el resultado.

— Sabes que no deseo castigarte, pero debo hacerlo, es parte de tu educación, ¿lo sabes no?

— Si mi Señor. — respondí.

Entonces, me soltaste del barral y volviste a tapar mis ojos con el pañuelo. Estaba realmente agotada, muy cansada, mis piernas algo doloridas y adormecidas.

Me ayudaste a caminar hacia la cama, y ahí hiciste que me acostara, sentí que me relajaba de alguna manera, pero sólo fue por un instante.

— Levanta tus brazos, y abre tus piernas dijiste secamente.

Sentí entonces, que pasabas una soga por mis muñecas para sujetarme a la cama, hiciste lo mismo por mis tobillos.

Y así me dejaste inmovilizada, sabias lo que significaba para mi, siendo la primera vez que estaba contigo estar inmóvil atada a una cama.

— Quiero que te quedes quieta, entendiste?

Traté como puede de serenarme, buscando en mi interior toda aquella confianza que se había establecido entre nosotros durante todo ese ciber tiempo que habíamos compartido. Sin duda no era lo mismo, no era fácil en persona, sentía una intensa inquietud, mas mi sexo seguía inundado. De pronto, rozaste mi mejilla con algo frío y pequeño, no era la fusta.

— ¿Adivinas que es ?

Sin tiempo a contestar tomaste con tus dedos uno de mis pezones que estaban durísimos por la excitación. Lo aprisionaste en ellos y lo giraste levemente como tantas veces habrías imaginado hacerlo.

Ante lo inesperado del dolor arqueé mi espalda y emití un quejido, mordí mis labios y seguidamente el dolor se hizo más intenso cuando colocaste una pinza. Hiciste lo mismo con el otro.

— Te gusta zorra? ... Disfrútalo.

En silencio sentí una mezcla de sensaciones encontradas, sin duda anheladas, ese dolor—placer de lo que todos hablaban, y el que yo tantas veces había imaginado.

El chasquido del encendedor me hizo volver, pero no sentí el olor de tu cigarrillo. Eso me puso alerta.

Un calor suave, desconocido, recorrió mis pechos, y mi vientre.

Una gota cayó caliente sobre mi pezón derecho, y otra y otra más. El dolor no era demasiado intenso en principio y sí, placentero, luego se hacia mas preciso y ardiente. La sensación de la cera enfriándose, tensando la piel, terminaba el ciclo que volvía a comenzar con una nueva gota hasta arrancar pequeños gemidos de mi garganta reseca.

Yo estaba transportada, las lágrimas rodaban por mis mejillas, mezcla de suave dolor, pero más de placer y emoción por el momento maravilloso que estaba viviendo, fueron minutos que me hicieron volar como tantas veces lo habías hecho.

De repente, sentí tu cuerpo tocar el mío, no me desataste, sólo sentí tu calor más intenso que el calor de la cera, la pasión de tus jóvenes años cada vez más ardiente, más lujuriosa y más salvaje. Tus manos y tu boca recorriendo mi cuerpo, haciendo que me ofreciera a tus caprichos y deseos. Y en unos instantes volviste a hacerme volar, hacia donde tantas veces me habías llevado virtualmente.

Fue entonces cuando me desataste, sacaste el pañuelo que tapaba mis ojos me tomaste entre tus brazos, el abrazo más dulce y bello que pude haber imaginado y entre sollozos que ahogaste a besos solo atiné a decirte. Gracias mi Dueño y señor...! —FIN —

Autor: meuca

Publicado por Aldea Sado® : 20/05/2010 — © 2004—2010 — Todos los derechos reservados!

 

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