Relatos BDSM
Pupila
por Rumiko

Veinte dias que no nos veíamos, pero la necesidad de estar juntos la sobrellevábamos con la comunicación en línea... todos los días, uno desde Río Negro y ella desde Chubut.

Volví de viaje a las dos de la tarde y la llamé... A las tres y media estaba en la puerta de mi casa, para servirme.

Abrí la puerta y allí estaba, un suave beso en la mejilla y un “cómo estás” fue todo lo que dije y le pedí que quedara lista para ofrecerse mientras preparaba café.

Pregunté desde el living si estaba lista y contestó “Sí, Señor, estoy lista para usted”. Fuí a la habitación y la vi vestida sólo con un slip rojo, arrodillada sobre la cama, con sus brazos extendidos hacia adelante, la cabeza gacha con sus ojos hacia abajo. Me puse frente a ella y acaricié su cabeza, su cuerpo, sus pechos y su raja con mucha suavidad. Pregunté si estaba lista mentalmente para que la disfrutara y movió la cabeza asintiendo. “Bien – respondí — bien...”

Fuí hasta el placard y busqué las cuerdas. Coloqué unas cintas de cortina gruesa anudada en cada una de las patas del somier.

Saqué de la caja un collar de cuerda y una correa trenzados por mí. La sumisa levantó el cuello para que lo colocara y ajusté el collar a la cuerda. Cuando finalicé volvió su cabeza mirando la cama. Una venda sobre los ojos y una mordaza hecha de toalla y cuerdas sobre la boca era lo único que faltaba para la sesión y para que sus gemidos intensos y gritos no alteraran a los vecinos.

“Acostate boca arriba con la cabeza hacia el televisor”, ordené. Lo hizo en silencio. Tomé una cuerda y amarré sus muñecas y sus tobillos estirados hacia cada una de los ángulos de la cama, tensos. Dí una vuelta alrededor de la cama mirando su desnudez, me senté a su lado y acaricié su cuerpo suavemente. Toqué su sexo, lo exploré. La humedad de su vagina era buena, toqué sus piernas, su vientre, sus pechos, sus axilas y sus brazos y tanteé que las cuerdas que estuvieran bien tensas y firmes.

Masajeé su clítoris suavemente por sobre la ropa interior. Con poco estímulo, su cadera se movía rítmicamente buscando más caricias en su botón. Corrí un poco su slip y acaricié los labios depilados, los pliegues de su sexo y acaricié su interior húmedo y tibio, cada vez se hacían más intensos sus gemidos y sus movimientos de la pelvis.

Le dí unas suaves palmadas sobre la entrepierna que la hicieron sobresaltar. Abrí sus piernas y besé suavemente el Monte de Venus mientras seguía acariciando su concha húmeda. Me incorporé y ví sus muslos. Comencé a darle palmadas cerca de su sexo. Cada palmada fue subiendo en intensidad hasta que su piel se puso de un rosado intenso y sus quejidos se repitieron. Mis manos fueron hasta sus pechos y les dí unas palmadas sobre el plexo, sobre el centro de su pecho. Un poco más, un puño, golpeé suave sobre su pecho. Me levanté y comencé a tocarla con fuerza y palmeando distintas partes de su cuerpo a medida que recorría alrededor de la cama. Me senté sobre la cama otra vez y toqué sus pezones... estaban duros. Los apreté suavemente. Se movió y gimió... “Te gusta eso?”, dije. Ella sólo asintió. Toqué con la punta de mi dedo su pezón izquierdo y gimió. Lo tomé con los dedos índice y pulgar y apreté un poco a lo que respondió con un suave sonido. Apreté un poco y giré la punta de su pezón, ahi se quejó. “Mmm... ahí te duele, no?. Asintió. Volví a apretarlo y su respuesta fue igual. Le pregunté si le habían puesto broches alguna vez y respondió negativamente. Pellizqué con fuerza sus pezones varias veces y por unos cuantos segundos mientras los giraba. Su dolor era evidente y su placer también. Palmeé su sexo y la piel de su abdomen, masajeé su clítoris hasta dejarla a punto de tener un polvo y cuando se estaba preparando para abandonarse, paré y le dí unas cachetadas sobre los pechos. En mi cabeza había algo, pero no sabía qué...

Fui a la cocina: abrí puertas de todos los muebles... no sabía que quería hacer con ella. Busqué velas, encendedor, cigarrillos, un tenedor... no... no era lo que buscaba... y se me ocurrió buscar hielo. Abrí el congelador y saqué dos cubos de hielo y volví a la habitación. La miré, me acerqué a su oído y le dije que era una perra y tiré de su collar hacia arriba. Iba a ser larga la tarde, que se preparara porque ni siquiera se me había parado todavía. La tomé de los pelos y besé su frente. Le quité la venda de los ojos y comencé a sacarme el cinto, cuando lo tuve en la mano lo plegué y comencé a jugar con él acariciando su cuerpo. Volví a su oído y le dije que se preparara para lo que venía. Gimió y sus ojos pedían cuidado. Volví a colocarle la venda y a continuación seguí jugando con el cinto sobre su piel, suavemente. Tomé los cubos de hielo y los coloqué sobre la cama, masajeé su sexo sobre la ropa interior hasta dejarla otra vez al borde de un orgasmo y dejé de masturbarla, ahí nomás levanté su slip y puse los dos cubos de hielo sobre su raja. Se estremeció y gimió fuerte, la ví muy excitada. Acomodé los cubos sobre su clítoris, y acomodé la bombacha para que quedaran ahí hasta que se derritiesen. Ella respondió moviendo su pelvis y tratando de mover sus brazos, le dije al oído que no iba a soltarla, que no pensara en masturbarse y pellizqué sus pezones con fuerza y se quejaba con cada pellizco y eso no hacía más que provocar mi morbo y fui a buscar más cosas para disfrutar de su inmovilidad... Ahora busqué broches, y probé su tensión sobre mi piel y pensé que estaban muy duros por lo que busqué hacerlos más livianos en el ajuste. Volví a la habitación con más hielo, una botella de agua fría recién salida del congelador, y los dos broches plásticos.

Tenía a mi sumisa con la bombacha mojada y palpé si los hielos estaban en su lugar, sobre el clítoris. Se habian corrido hacia abajo, se habían derretido bastante... pero servían todavia. Abrí la raja y le introduje los dos trocitos de hielo en el interior de los labios y los cubos recién sacados sobre el clítoris. La botella de plástico de agua muy fría la apoyé en el medio de su abdomen y la piel se le erizó. La tomé de las piernas y dije que no siguiera moviéndose porque la castigaría si se caía hacia uno de los lados. “Si se cae, va a ser peor, entendiste?”. Gimió y asintió. “Bien... me gusta que seas obediente, sumisa” le dije y le acaricié las mejillas suavemente.

Volví sobre sus pechos y volví a apretarlos primero despacio y cada vez con más fuerza, girando hacia los lados sus puntas apretadas por mis dedos. Le dí unas palmadas sobre las tetas y ví cada una de sus reacciones.

Estaba dolorida... se notaba. Besé con suavidad sus mejillas y besé y lamí sus puntas de los pezones con dulzura, los chupé con suavidad y los acaricié. Ví que la botella se había movido y estaba a punto de caerse. Quería castigarla, me gustaba verla recibir las palmadas y acerqué mi mano a su sexo, la sumisa instintivamente trató de que la acariciara y la botella cayó. Me levanté y fuí a su oído: “perra: tiraste la botella... sabés qué significa eso?” le dije con vos suave y asintió. Acaricié sus tetas y volví a ocuparme de sus pezones apretándolos. Cuando estuve seguro que le dolían, coloqué con cuidado los broches sobre sus puntas entre quejidos.

Tanteé sobre su slip. Los dos cubos estaban corriéndose, ¿los otros dos estaban todavía adentro?, exploré los pliegues de sus labios y habían desaparecido así que tomé uno de los que estaba sobre su botón y lo introduje dentro de ella.

Quedé mirando qué cosa podía hacer para que explorar un poco más su límite y recurrí al agua fría. Abrí la botella y eché un chorro de agua helada a lo largo de su abdomen, lo cual la estremeció... Me senté a su lado y empecé a darle palmadas en todo el cuerpo hasta que su piel se puso rosada y con especial atención en donde se producían los mayores respingos.

Abrí sus piernas y exploré los hielos, su slip estaba empapado y no había ya nada. Entonces recurrí a la botella de agua helada, con el agua condensada en el plástico y la ajusté con su bombacha húmeda contra la raja. Hizo un gemido intenso y largo y comenzó a mover la pelvis contra la botella. Quedé sorprendido por eso y miré con atención cómo buscaba frotarse, masturbándose contra una botella de agua helada sin posibilidad de lograr presión para lograr un polvo. Le dije que era una perra calentona que buscaba pajearse y asintió, me reí y palmeé sus muslos con fuerza y dejé que siguiera. Fuí hasta el living y traje una banqueta para sentarme frente a ella, prendí un cigarrillo y miré cómo se masturbaba dificultosamente. No había nada que hacer, las ganas de tener un polvo vencen cualquier dificultad!, sus movimientos fueron siendo más intensos y ví sus manos apretar la sábana y sus gemidos ahogarse en un polvo liviano. Un polvito en esas condiciones?, si no lo veía no lo hubiera creído!

Le quité la venda de los ojos y me vió sentado y fumando. Trató de decirme algo pero no la entendí, bajé la mordaza y me dijo “Señor, me gustaría fumar”. Tapé tu boca otra vez y volví a sentarme. Le quité la botella y tomé un trago de agua, antes de taparla le eché un chorro encima del cuerpo. Miré los broches sobre sus pezones y los volví a colocar mejor... me quedé pensando qué más me haría disfrutar... pero estamos en una etapa de exploración y búsqueda de límites.

Le quité la venda y la mordaza y me quité los pantalones y los calzoncillos me paré frente a ella que me miraba desde abajo de los huevos. Me quité la remera y le dije: “Ahora me vas a lamer las pelotas” le dije y apoyé una pierna sobre la cama y flexioné la otra para acercar mis huevos a sus labios. Abrió la boca y los recibió, los lamió y los chupó con suavidad. Corrí un poco el cuerpo y me lamió el culo. “Así... así me gusta sumisa... lameme todo...”. Respondió “Sí , Señor, lo que usted ordene”, y me daba caricias húmedas. Mi verga se fue poniendo dura y necesité su boca. Me mamó suave y estaba con ganas de más así que la cogí dando bomba sobre su rostro, atragantándola bombeando a fondo y aguantando un segundo o dos con su garganta como tope. Cada vez que me salía de su boca, corrían lágrimas en sus mejillas y sus ojos estaban rojos y vidriosos.

Le quité cada una de sus ataduras. La ayudé a incorporarse y sentarse sobre el borde de la cama. La besé suavemente en la boca, en la frente y la tomé de las sienes y coloqué mi verga en su boca. Bombeé contra su cara, froté mis huevos contra su cara y dí unos golpes de pija sobre sus mejillas, la traté de puta, de perra y tiré del collar para forzarla a mamarme. Volví a ordenarle que se pusiera de rodillas sobre la cama y lo hizo. Me puse detrás de ella y le pedí que me diera las muñecas, la amarré con fuerza y le coloqué la mordaza sobre la boca. Me dí la vuelta y le dí unos cuantos sopapos en los pechos, diciéndole lo bien que me hacía sentir su servicio, lo mucho que me llenaba disfrutar de su cuerpo. Le dí unos chirlos en la concha y le metí dos dedos. La tomé de los pelos y la empujé hacia adelante y la acosté boca abajo para luego colocar una almohada debajo de su vientre

Ahora sí, la tenía con el culito listo para premiar su obediencia. Miré su cuerpo y lo recorrí con la mano, con una caricia fuerte. “Así me gusta... me gusta verte entregada... Te gusta entregarte...” tomé la venda y la coloqué sobre sus ojos con suavidad y comencé a pegarle palmadas en la cola. Cada palmada era traducido en un gemido y una queja. Cada palmada era más intensa y con cada una, el color de su piel fue tomando color rosado para pasar a rojo intenso. Luego aparecieron líneas azules violáceas y el espesor de cada una de ellas fue ensanchándose, los gemidos y quejas se hicieron cada vez más intensos y fuertes. Me hizo entender que algo pasaba y le quité la mordaza y le pregunté suave al oído que sucedía. “Basta, por favor, Señor... me duele mucho y ya debo tener marcas. Tengo que volver a mi casa”. “Sí, tenés marcas, varias marcas”, volví a colocar la mordaza y la coloqué con el culo para arriba, apoyada sobre su pecho, me coloqué un forro y la tomé del pelo mientras la penetraba por el ano. Cuando la tuve penetrada completamente, bombeé despacio y con ritmo creciente. Me salí de su culo y la incorporé de rodillas sobre la cama, la tomé desde atrás y la cajeteé “a piacere” hasta mojar la cama con sus jugos.

La desaté y me acosté boca arriba para que me montara a gusto. Cabalgó sobre mí y acabó no sé con exactitud cuantas veces. Mordí sus pezones y pegué unas buenas palmadas sobre sus nalgas sufridas. Me recibió en la posición del misionero y ahí sí llegué a un polvazo demoledor mientras la sentía temblar sobre mi cuerpo.

Se duchó y me acerqué a la bañera para mirar con atención el daño en sus nalgas que era bastante. Estaba ya de color azul y rojo sangre. La enjaboné con cuidado y con una esponja froté suavemente toda su piel. La sequé y acaricié en la cola y besé la zona más afectada.

Antes de irse, la abracé y besé. Me preocupaban las marcas en la cola. Su respuesta fue que recién dos o tres palmadas antes de pedirme que parara con el spanking en su cola fue cuando sintió dolor, antes sólo placer.

Horas más tarde, charlamos “on—line“ y surgió nuestra necesidad de una nueva sesión. Cambiamos varios mails con mi sumisa “Pupila” esa semana cuando me solicitó que sesionáramos otra vez en esa semana, porque lo necesitaba.

La recibí en mi departamento y le pedí que se preparara. Sonrió, me dio un beso y contestó “Sí, Señor. Me preparo en cinco minutos”.

Acomodé las cuerdas sobre la mesa, los broches, velas, hielo, agua fría y una barra de madera. Cuando estuvo lista la preparé con el collar y la correa, las manos amarradas detrás de la espalda, mordaza y venda en los ojos. La besé suave en la frente y la ayudé con el equilibrio para levantarse, caminamos hasta el baño y la coloqué, ayudándola en los movimientos, en la ducha. Abrí el agua fría y se conmocionó: se quedó dura y gritó debajo de la venda cuando el chorro de agua mojó su espalda, se quejó durante toda la ducha unos largos minutos y tiritó durante todo ese tiempo. La ducha tenía por finalidad que se despertara de la vida cotidiana y que estudiara cómo sería esa semana de vuelta de mis vacaciones.

La saqué de la ducha y la arrobé con una toalla grande. Sequé toda la piel y le quité la mordaza. Le pregunté cómo se sentía y me respondió que tenía frío. Sus palabras exactas fueron “tengo frío”. Le pregunté porqué no se dirigía a mi como “Señor” y me dijo que era un hijo de puta. “Si querés irte, te desato y cuando quieras te vas”, le respondí. “Sí, me voy a ir a la mierda, sos un pelotudo”. La desaté y se vistió para irse. Le dije si quería tomar un café antes de irse y me lo aceptó pero estaba enojada.

— Espero que disfrutes del café, por lo menos...
— ...
— No me gustaría que te vayas, pero bueno...
— “Pero bueno”?, un carajo “pero bueno, sos un pelotudo”, me metiste abajo del agua fría... y no me dijiste nada...
— Qué querés que te diga? Que voy a hacerte tal o cual cosa? Fuimos claros los dos cuando empezamos esto, no?
— Sí, pero... no sé... cómo me vas a meter abajo del agua fría???
— Si es por eso, cómo te voy a tener atada? Cómo te voy a dar manotazos en el culo hasta dejártelo morado? Es parte de esto...
— Sí, pero no es lo mismo... no sé... casi me muero del susto...
— Querés que vayamos a tomar algo al centro?
— Sí... quiero que se me pase la bronca... vamos a tomar algo... — pensó un segundo — Noooo..., adonde vamos a ir? Estás en pedo?... me llegan a ver y después que hago?
— Bueno, querés comer algo?
— No, no... dejá, está bien...
— Estás menos enojada? Te sirvo más café, dale...?
— Dale...

Fui a la cocina a buscar más café para ella cuando volví al living no estaba. La puerta de la habitación estaba cerrada... llamé al baño y nada... Prendí un cigarrillo y esperé. A los tres o cuatro minutos desde la habitación escuché: “Estoy lista, Señor”.

Cuando abrí la puerta me dijo: “Señor, estoy lista para servirle”. Fuí hasta allí y la ví desnuda, arrodillada sobre la cama, con los brazos extendidos, las muñecas juntas. Levantó automáticamente la barbilla cuando me vio y coloqué el collar y ajusté la correa. Le dí un beso suave en la boca y tiré de la correa para que me siguiera.

La paré frente a mí y coloqué sobre sus ojos una venda. Dí la vuelta y detrás de su espalda le pedí que cruzara los brazos hacia atrás, tomé sus muñecas y las amarré con fuerza. La dí vuelta y miré su cuerpo con atención, toqué sus pechos y pellizqué con suavidad sus pezones. Pensé en que cada vez que veo sus pechos no dejo de pensar lo lindos que son: proporcionados a su cuerpo, pezones rosados, buena caída, una delicia. Chupé sus pezones hasta ponerlos rígidos y coloqué con suavidad un broche en cada una de las puntas y se quejó, apenas, de dolor.

Acaricié con suavidad su raja y probé su sabor, suave y salado... seguí tocando su sexo hasta convencerme que estaba bien lubricada y que su deseo estaba a punto.

Ordené que se arrodillara y lo hizo diciendo “Sí, Señor”. Me desnudé y senté en el sillón. Le ordené que se acercara y lo hizo. Le pregunté si le gustaba que yo sea su Dominante y respondió.

— “Si, Señor, me gusta mucho sentirme su esclava”.
“Te gusta servirme?”
“Sí Señor, estoy a su servicio”.
“Besame los pies”, le dije y se inclinó hacia adelante sin saber dónde estaban. La guié tirando un poco de la correa y me besó el empeine de cada uno de ellos. Seguí tirando de la correa y ella recorrió mi pierna besando con suavidad mi piel. Miraba su boca y su actitud y mi verga palpitaba a fuerza de chorros de sangre.

La tomé de los pelos y la besé en la mejilla, le dí un par de suaves bofetadas y la llevé a mi verga. Jugué con la pija sobre la cara y dejé que lamiera el tronco como si fuera un helado. Mientras lo hacía, prendí un cigarrillo. Le pedí atención a mis huevos y los chupó con delicadeza y suavidad, uno a la vez.

Había una cosa que la excitaba especialmente: lamer mi ano. Levanté mi pelvis y la guié con la correa para que lo hiciera, cuando comenzó su respiración se entrecortó y gemía con cada lengüetazo en mi roseta. Tiene una fijación con eso, la pone a mil. Levanté las piernas y las coloqué en los apoyabrazos y tiraba de la cuerda cuando quería que subiera un poco y chupara mis huevos o que me mamara.

La paré frente a mí y coloqué sobre su boca una mordaza. Busqué la barra de madera y la coloqué sobre sus hombros, le pedí que cruzara los brazos hacia atrás y amarré las muñecas a la barra detrás de la nuca atados al palo. Hice un par de vueltas de cuerdas para asegurar el antebrazo al brazo y crucé la soga para hacer lo mismo con el otro brazo. Quité los broches de los pezones y les dí unas cachetadas suaves que la hicieron sobresaltar y quejar, los toqué y me senté en el sillón. Le ordené que se acercara y chupé sus pezones muy suave hasta sentirla gemir de placer. Coloqué otra vez los broches con suavidad.

La senté en el sillón contiguo. Le hice recostar sobre el respaldo y acomodé su cuerpo hacia adelante. Apoyé una de sus piernas sobre el apoyabrazos y até su tobillo con una cuerda larga que fijé al palo y luego la pasé anudada por detrás de su nuca para volver a atar su tobillo derecho. Ya estaba bien amarrada.

Corrí el sillón hacia el centro del living. Dí vueltas alrededor de mi sumisa y miré su cuerpo expuesto a mi voluntad. Me arrodillé frente a ella y besé sus muslos, acaricié su piel de todo el cuerpo con deleite. Olí su sexo con la nariz dentro de él y lo lamí disfrutando de los gemidos que salían de su boca amordazada, lamí su clítoris y lo chupé con ganas. Las contorsiones de su cuerpo me alimentaron a explorar con los dedos dentro de los pliegues . Dos dedos, tres... suave y la cajeteé con fuerza. Lo hice dos veces, tres, cuatro... y cada polvo que venía con los movimientos vigorosos de mi brazo la estremecían y la dejaban temblando sin dejar que se recuperara entre orgasmo y orgasmo, su respiración era agitada y mi morbo estaba en plenitud. Dejé que descansara y lamí su sexo hinchado y húmedo hasta gotear y acomodé un poco su cuerpo para poder penetrarla. Me coloqué un preservativo y la penetré despacio de un movimiento, bombeé despacio mientras acariciaba su clítoris con el pulgar. Jugué entrando en su interior a fondo y sacándola entera, varias veces... con cada entrada profunda mi sumisa echaba la cabeza para atrás y exhalaba con fuerza.

Después de jugar un rato de tenerla así, mi verga era de piedra. Quité con cuidado cada una de sus ataduras y dejé solamente la venda sobre los ojos. La conduje con la correa hacia la habitación, la acosté y le quité la venda. La besé en la boca despacio y los besos se multiplicaron en cantidad y crecieron en intensidad, se puso encima de mí y me tomó la verga de la base y se la colocó entre los labios, se movió suavemente y la penetré de un solo movimiento. Comenzó a moverse suavemente mientras yo pellizcaba sus pezones y en segundos estaban como un jinete al galope con sus manos apretando mi pecho y temblaba sobre mí, seguía frotándose y pedía más y más placer y yo era su juguete, disfrutando de la intensidad de su placer. Mientras me montaba le abría las nalgas y jugaba con la punta de mis dedos sobre su ano que se abría y apretaba como para morderlo y yo le decía que su culo estaba pidiendo carne y la ponía más encendida y más caliente de lo que estaba.

La saqué de encima un poco antes de que empezara a tener orgasmos y la levanté de los pelos para llevarla contra la pared, con las manos encima de la cabeza, comencé a darle palmadas a mano abierta sobre las nalgas, un chirlo para cada una de las cachas, a discreción mientras ella tenía apoyada la frente contra la pared, con las manos a los lados del rostro. Recibía cada chirlo y temblaba, respiraba profundo con los ojos cerrados, como contando cada chirlo. “Esto es por hablarme en mal tono..., por putearme..., por querer irte sin pedir permiso..., por no tratarme de “Señor” y así de seguido.

Le fui diciendo cómo iba quedando el color de su piel mientras recibía los golpes. En un momento la dejé ver el estado en que quedó su piel y quedó impresionada pero no sentía dolor mientras le pegaba, sentía ardor y que estaban calentitas pero necesitaba más y más porque salía de sus entrañas, necesitaba que lo hiciera, cada palmada la ponía más caliente.

Le dije que la penetraría por el culo y dijo sí, sin hablar, asintiéndo con la cabeza, entonces la tomé de los pelos y la acomodé en cuatro en la cama. Le abrí las nalgas y me recibió entero en dos movimientos mientras la tenía de los pelos. Respiró profundo y se desató: “Así, cojeme así... así... dame así... toda entera la quiero” y yo le daba palmadas fuertes en esa cola muy flagelada a esta altura. “Puta, te estoy rompiendo el culo y querés más, puta” y le daba masa. “Siiiiiii, dame todaaa, soy tu puta, soy tu esclava” y otra vez le daba una palmada mientras le tiraba del pelo y le daba una paliza en el culo. De pronto gimió y dijo: “Ahhh, acabo, acabo, acaboooooo....” y tembló y se tiró sobre la cama, acurrucó su cuerpo y se masturbaba frenéticamente mientras seguía contorsionándose y estaba en su mundo de un polvo como jamás ví en mi vida...

Quedó sobre la cama recuperando fuerzas y yo fui a bañarme, estaba empapado de sudor. Volví y estaba en la cama con un brazo sobre los ojos. Le pregunté si se sentía bien y me respondió que nunca había sentido tanta intensidad en una relación. Besé su abdomen, su pecho y su boca, le acaricié la cara y la ayudé a levantarse. Preparé una ducha caliente y froté con la esponja un jabón líquido perfumado sobre todo su cuerpo, especialmente en las zonas más rojas y azules. Comenzó a llorar y la abracé en la ducha tibia. La besé en las manos y en la boca. La arrobé con la toalla y la llevé a la habitación para secarle el cuerpo. La acosté en la cama y busqué agua fría pára alcanzarle.

Volví a la habitación y estaba vistiéndose callada. Compartimos el café y cigarrillos mientras charlamos de otras cosas.

Antes de irse le planteé que si era su deseo, no nos viéramos por un tiempo. Me respondió que lloró por la intensidad de lo que había vivido y por cómo se sentía de completa, que nunca había sentido tanto, que se había sentido abrumada por las sensaciones. Sentía que nada iba a ser igual, que estaba segura que había un nuevo mundo para descubrir.

La entendí completamente porque yo había sentido lo mismo cuando empecé en esto. Ahora mientras lo escribo, espero recibir sus mensajes para llevarla otra vez a la frontera de sus límites y los míos.
— FIN —

Autor: Rumiko

Publicado por Aldea Sado®: 07/03/2011 — © 2004-2011 — Todos los derechos reservados!

 

Foro Aldea SadoSi usted desea hacer un comentario sobre esta nota acceda desde este link al Foro Aldea del Sado.

Sino comente mediante su cuenta de Facebook:

Este sitio web adhiere a:




8/8 Día mundial del Spanking

Este sitio web promueve el concepto de "BDSM Rights":

Este sitio web también en:

Blogger FetLife
 
Punto Blanco
Graphic & Web Design
Licencia Creative Commons
Este obra está bajo una licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 2.5 Argentina.
ALDEA SADO ® © 2004-2012 - Todos los derechos reservados - info@aldeasado.com.ar
Net-nany
Descargar
Aldea Sado Org. Buenos Aires, Argentina, es una organización sin ánimo de lucro que promueve la no discriminación sexual para todos los adultos, especialmente para gente que goza del BDSM consensuado SSC. Este sitio difunde y contiene información pertinente para ADULTOS de las comunidades BDSM-SM-Leather-Fetish. No a la pedofilia