Como esclavo de Madame Toilette tuve una experiencia inolvidable que paso a relatarles:
En la que fue mi gran experiencia con Madame, arribamos al palacio que era nuestro destino. Yo, a la hora indicada esperaba su llegada en la puerta, como Ella me había indicado y media hora más tarde la Señora llegaba en un auto.
El chofer descendió y rodeando el vehículo abrió su puerta permitiendo que descendiera, tan glamorosa y seductora como pocas Damas he visto.
Inmediatamente me acerqué y Ella sin detener mucho la mirada en mí, dio una breve instrucción al conductor del auto y luego dirigiéndose a mí me dijo:
— ¿Hace mucho que esperas…?
A lo que, nerviosamente respondí:
— No Madame, recién llegaba.
En tanto el auto partía, Ella, sin esperar mi compañía, se dirigió hacia la puerta de entrada e ingresando avanzó y se detuvo al costado de una fuente que, ubicada en el centro del hall, derramaba un sonoro cántaro de agua iluminado de un color amarillo intenso.
Yo la seguí a prudente distancia y me detuve a esperar sus indicaciones.
Sin lugar a dudas, la Señora había arreglado nuestra visita previamente, puesto que segundos después de ingresar, una encargada se dirigió a hacia Ella dándole la bienvenida.
Me indicó que la siguiera y caminamos hacia el área de recepción en un costado del hall de entrada, donde Madame cruzó unas palabras con la encargada.
Luego de asentir haciendo un gesto con su cabeza, la mujer hizo sonar una campanilla que se encontraba sobre el mostrador de la recepción. Segundos después, una doncella bajaba por las escalinatas y luego de breves indicaciones que recibió de la encargada, dirigiéndose a mi Dueña, la invitó gentilmente a seguirla. Madame, con imperativa mirada, me indicó que yo también las acompañase.
Escaleras abajo, comenzamos a circular por una galería subterránea. Tras recorrer un largo pasillo, llegamos a una puerta de doble hoja vivamente alumbrada por dos candelabros de llama ardiente.
La joven abrió la puerta y se presentó ante nosotros un salón invadido de una semipenumbra rojiza. Obviamente, acorde con la razón por la que habíamos venido a ese lugar, había dispuestos por todos lados gran cantidad de dispositivos de sometimiento y prácticas sadomasoquistas.
El ambiente en su conjunto era muy especial, tanto por el perfume, la luz, los elementos existentes y por una extraña y rítmica música que se escuchaba con un nivel muy bajo, que imprimía al lugar un clima de extremo erotismo.
Nos detuvimos en un lugar central. Madame, observando a su alrededor, como intentando encontrar algo conocido, luego de una rápida búsqueda, señaló a la joven un objeto en particular que se encontraba poco iluminado a cierta distancia, indicándole que ese sería el que utilizaría al día siguiente.
Luego la doncella preguntó:
—¿prefiere que su esclavo acompañe a la Señora a su habitación o desea que él pase la noche en una celda aquí? —
Madame me observó con gesto dudoso y finalmente en tono firme y decidido le confirmó esto último.
Entonces la joven me guió en dirección a una pequeña puerta disimulada en un rincón del salón. La abrió y me indicó que entrara. Madame permaneció a distancia.
La celda era chica y poseía tan solo un camastro conformado por una tabla de madera desnuda adosado a la pared, sin colchón ni otro mobiliario y con un pequeño respiradero en la parte superior. El lugar estaba algo frío y se percibía olor a humedad en el ambiente.
Al ingresar escuché que la joven se volvió para consultar a Madame si deseaba que yo fuese encadenado con unos grilletes que pendían de la pared, a lo que Ella respondió que no era necesario. Pero sí, en cambio, dio una enfática indicación a la doncella, al tiempo que se dirigía hacia donde nosotros estábamos:
— Él no debe comer ni beber esta noche –
Y acercándose a la puerta del calabozo susurró un parco y displicente — hasta mañana... — dicho lo cual, me dedicó una sonrisa y le ordenó a la mujer que cerrase la puerta de la celda.
La noche transcurrió, larga y plagada de insomnio. Físicamente incómodo, allí tirado en el camastro, mis pensamientos alternaban entre el repicar de las últimas palabras dichas por Ella, su atractiva dureza gestual durante nuestro encuentro y los instantes previos a retirarse, imágenes que habían quedado grabados fuertemente en mis retinas y por sobre todo, mi intriga acerca de lo que ocurriría el día siguiente.
Recordaba el mueble que había señalado Madame, como un oscuro cajón lustrado que, debido a la penumbra en que se hallaba, no había podido descubrir en que consistía y devaneaba preguntándome para qué cosa serviría.
Luego de interrumpidos sueños y desvelos, habida cuenta de las horas transcurridas, supuse que ya era el amanecer y me mantuve despierto pensando ansioso en el momento que vinieran por mí.
No fue tan inmediato que mi ansiedad se viera satisfecha ya que, a juzgar por la luminosidad que escasamente ingresaba por el respiradero superior, ya había pasado la media mañana, sin que nadie viniera a buscarme.
De pronto sentí que abrían la puerta de la celda y la misma doncella del día anterior me indicó parcamente que saliera del calabozo y desnudara mi torso.
Salí e hice lo que me indicó. Entonces fue que la joven me transmitió su primera instrucción que había sido dada por mi Dueña.
Si demasiados preámbulos ella profirió secamente la orden, que en mis oídos sonó como sentencia:
— Ha dicho la Señora que antes que ella baje quiere que “te ablandemos” un poco. Y yo soy la encargada de hacerlo.—
Al decirlo, asumió mayor altivez en su mirada, como abandonando por completo la actitud servicial que había exhibido el día anterior al guiarnos y sentí que instintivamente mi postura había cambiado adquiriendo un cierto agobio con mi cabeza gacha en señal de aceptación y resignación ante la instrucción que recién me había sido anunciada.
Todo en el rostro de la joven delataba que lo que le habían encomendado hacerme sería duro.
Por el término empleado suponía mi flagelación por algún medio, pero no imaginaba aún cual sería la forma en que recibiría ese castigo.
Seguí los pasos de la muchacha que en su camino había tomado unas cuerdas de un perchero atestado de fustas, tiras de cuero y látigos.
Diez pasos más adelante se detuvo frente aun potro de base de madera muy sólida y un gran lomo de cuero tachonado. Ella giró hacía mi y levantando la barbilla y con voz firme me ordenó que debía volcar mi cuerpo sobre el potro dejando así mi espalda bien expuesta. Ató mis manos, separadamente, sobre un madero muy cercano al piso, con lo que mi cabeza pendía como badajo de campana y mis dos pies, apoyados sobre el piso, procuraban la estabilidad manteniéndose bien separados.
Esperé tenso que ella comenzara el castigo, pero eso no fue de inmediato.
Pasaron algo así como veinte minutos y sentí unos pasos sólidos y decididos que se acercaban haciendo chasquear el látigo contra el piso.
Los pasos se detuvieron y la voz de la joven, que ahora parecía actuadamente severa, feroz, como si con tal énfasis pretendiese complementar la agresión de la que me haría objeto, con tono amenazante confirmó:
— Serán cincuenta latigazos que tu deberás contar.. y más te vale que lleves el conteo, pues en cuanto te equivocas, la cuenta se inicia de nuevo. –
Fueron diez segundos adicionales de impiadosa espera y luego comenzó aquel temido zumbido: zzaff… el primer latigazo. Y … zzafff el segundo …. Y zzafff, el tercero y así, tras del dolor de cada golpe y el sentir que mis carnes enrojecían, transcurrieron los 50, prolijamente contados, azotes.
Tras el silencio producido luego del último golpe, alcancé a escuchar el jadeo de cansancio de la muchacha que la acción de ejecutar mi castigo le había provocado.
A pesar del ardor que sentía en mi espalda, por ella misma causado, tuve la intención de preguntarle si estaba cansada, pero las fuerzas no me dieron y además escuché que se marchaba presurosamente, por lo que permanecí en silencio procurando obviar el dolor y el fuego que sentía sobre el lomo.
Transcurrieron lo que estimo serían treinta minutos cuando la doncella regresó y me desató.
Ninguno de los dos tomó la iniciativa del diálogo. Ella había cumplido con su mandato de aplicarme el castigo encomendado por mi Dueña y yo lo había sufrido calladamente.
Luego que me liberó, ya mas recuperado. Fui tras ella caminando entre los objetos que el día anterior, por la emoción, el impacto inicial y con Madame allí presente, sólo había podido ver someramente. Con aquella azotaina, me había llegado a olvidar de aquel objeto que me había desvelado la noche anterior, pero siguiendo a la muchacha entre todo aquello que había en el salón, el mismo volvió a mi recuerdo.
Nos acercamos al mueble que la Señora había señalado y ahora sí, con algo más de luminosidad, pude apreciar que en su parte superior lucía una lustrosa tapa de asiento toilet y en su frente tres orificios que no constituían otra cosa que un cepo para mantener, dentro del mueble, la cabeza de alguien sometido justo debajo del asiento.
También en ese momento pude notar una profunda depresión en el suelo que, a modo de zanja perpendicular al frente del mueble, servía para que allí tendido, con su cabeza en el cepo, el cuerpo del sometido quedara casi a ras del piso de la sala.
En ese momento, la joven levantó la mitad superior del mueble como si fuese la tapa de un gran baúl. Al abrirse en dos, develó la existencia de una rejilla de drenaje en el fondo del mismo.
A su vez el cepo constituido por el propio mueble, quedaba abierto para que, quien debiera ser sometido, se tendiese boca arriba en la zanja y ubicara su cabeza y manos en los orificios del cepo.
Reiniciando el diálogo y sin preámbulos, ella me dijo — Acuéstate allí. — indicándome la posición para que mi cabeza quedara perfectamente en la cavidad central del cepo.
— Tu cabeza debe apoyar bien sobre esa rejilla. — señaló. Luego rompiendo un poco la rigidez en el trato y con aire de complicidad y algo de lástima agregó:
— No creo que tú seas de los que se portan mal, pero…, la Señora ha pedido que utilice todos los sujetadores. — Dicho lo cual, ante mi rostro de duda y por el hecho de encontrarme aún sentado en el suelo, me ordenó, ahora con más firmeza:
— Acuéstate! –
Le obedecí y fue la última orden que me dio la doncella.
Con mi espalda ardiente por los azotes, al acostarme en esa zanja sentí que me tendía sobre un bloque de hielo antártico. Lo cierto es que sentía una rara mezcla de alivio y dolor a la vez.
Le tomó algún tiempo, a la joven, instalar un dispositivo que, mediante un zuncho sobre mi frente y dos trabas laterales sujetas a la rejilla, mantenían mi cabeza inmovilizada. Luego instaló otro de extraña forma, semejante a un forceps metálico, fijado en las trabas laterales, para mantener mi boca completamente abierta.
Finalmente, colocando mis manos en los dos huecos del cepo, bajó la mitad del mueble y sentí que trababa la misma para que no pudiera ser abierta por ninguna presión que yo ejerciera. Quedaban así mi cabeza y mis manos también atrapadas firmemente por el cepo.
Me pareció estar en la oscuridad total y trataba de olvidar el ardor de mi espalda.
Luego, con el paulatino acostumbramiento de mi vista, pude apreciar cierta luminosidad que ingresaba por debajo de la tapa del toilet aún cerrada.
Tendido dentro de ese foso, recién azotado, con mi cabeza apoyada sobre esa rejilla, sentí que estaba padeciendo la mayor humillación de mi vida, especialmente por el hecho de haber sido flagelado y luego preparado de ese modo por esta joven desconocida.
Encerrada mi cabeza en ese artefacto, inmovilizado por completo por el cepo, tanto manos como cabeza, la que tampoco podía girar hacia los costados debido a dos sujetadores laterales que lo impedían, con mi torso también trabado como consecuencia de tener mi cuello y muñecas fijadas al mueble, noté que lo único que tenía libre eran mis piernas.
Pensaba justamente en ello con alivio, en el preciso momento que siento que la doncella separándolas como en “y griega” procedía a trabarlas a la altura de mis tobillos con algo que, por su sonido metálico, reconocí como una especie de grilletes.
Ya no había parte de mi cuerpo que respondiese a mi propia voluntad de movimiento
Resignado por mi situación, me conformé pensando que esa había sido la última etapa de mi preparación, cuando de pronto la joven levantó la tapa del toilet, lo cual a pesar de la tenue luz ambiental de la sala, produjo mi encandilamiento momentáneo, al tiempo que escuché que decía:
— Ah.., Madame también ha pedido que te coloque el embudo... Lo lamento.—
Apenas alcancé a ver fugazmente el rostro de la doncella, cuando observé atónito como ella introducía, por el hueco del asiento un enorme embudo de boquilla muy gruesa en mi indefensa y abierta boca.
A pesar de estar la tapa levantada, con la colocación del embudo, que poseía una pestaña y calzaba exactamente en el orificio del mueble, quedé ahora sí, en la oscuridad total.
Sólo podía percibir los sonidos del ambiente.
Escuché los pasos de la joven en retirada, lo que indicaba que había concluido la labor de mi preparación y se marchaba de la sala.
Con ello comprendí mi situación. Ya no existía ningún riesgo de que pudiese escapar.
Ella había cumplido completamente con su tarea dejándome allí, luego de mi “ablandamiento”, bien asegurado y listo para mi Ama.
No hubo mas acciones. Sólo un profundo silencio, que permitió que volara con mi pensamiento. Que reflexionara sobre lo que había aceptado que me hicieran y lo que aún faltaba e inexorablemente debería aceptar que Ella personalmente me hiciera.
Yo estaba allí, encajonado, inmovilizado y con ese grueso embudo introducido en mi boca, sin otra opción, listo para ser utilizado como un toilet humano.
El inodoro personal de la mujer a quien yo voluntariamente había decidido y aceptado poner mi cuerpo a disposición permitiendo que decidiese a voluntad hacer lo que le plazca conmigo en el modo que se le antojara
Rumiaba mis pensamientos en el profundo silencio en que me habían dejado, cuando de pronto comenzó una música suave pero rítmica, casi tribal, excitante. Parecida a la del día anterior. Su nivel iba “in crecendo”. Adquiriendo cada vez más volumen, el sonido golpeadamente rítmico era brutal, sugestivo, erótico.
La música entretuvo mi mente de manera fascinante y me hizo olvidar el dolor de mi espalda. Duró largo rato, predisponiéndome y excitándome.
El volumen subía y subía, luego llegó a un climax y cesó de golpe.
De nuevo el silencio, transcurrieron unos minutos. La puerta se abrió y sentí pasos. Eran firmes, femeninos pero con autoridad. Adiviné en ellos los pasos de Madame aproximándose. No tenía la certeza de que fuese Ella, pero me mentalicé de que si lo sería.
Seguí con mi mente el recorrido de su caminar. Noté que se acercó hacia donde yo me encontraba en mi humillante encierro.
Se detuvo, la imaginé observándome. En ese instante sentí pena de mi mismo...
Luego se alejó y paseó por las distintas zonas de la sala. Oía su taconeo sobre el sólido piso de la sala y casi con absoluta claridad podía verla en mi imaginación, al recorrer el salón, al detenerse en la observación de cada sector.
Fantaseaba con la forma en que se encontraría vestida, con su calzado y mucho más aún, me paralizaba pensando cuales serían sus pensamientos referidos a las próximas vivencias que en escasos minutos sucederían.
Ciertas o no, daban vueltas en mi cabeza algunas ideas sobre lo que Ella estaría pensando al respecto.
¿Estaría gozando íntimamente al verme allí vencido, azotado y a su merced?
O no.., quizás estaba siendo algo presuntuoso en mis aspiraciones de significar algo tan importante para Ella y el encontrarme allí a su disposición sólo representara un mero pasatiempo sin valor alguno y del que se olvidaría tan pronto concretara lo que hoy fuese su capricho y se marchase sin reparar en el valor de mi entrega.
Esa entrega que para mí era todo.
Ya había hecho entrega de parte de mí a través del castigo ordenado por Ella. No ejecutado por Ella con mano propia, sino por medio de un emisario. Cumpliendo su deseo, su antojo. Sin tener que empuñar una fusta ni agitarse como lo había hecho la doncella. Pero, eso ya era pasado, ahora sí Ella se encontraba en el lugar. Allí cerca de donde yo estaba.
En ese momento yo ya sabía lo que esperaba de mí concreta y materialmente.
Era absolutamente claro para lo que yo estaba allí inmovilizado y lo que se suponía debía hacer. No existían opciones, era una obviedad y las únicas alternativas posibles eran: hacerlo bien o hacerlo mal.
En definitiva la razón de mi venida a ese lugar era para consumar mi entrega a Ella sin esperar nada a cambio. Concentré mi mente tan sólo en eso.
Resignado a lo que fuese, me propuse íntimamente entregar todo de mí y esperé ansioso el momento para poder demostrárselo.
Finalmente ese seductor taconeo regresó hacia mí y allí fue que, reconociendo su voz, confirmé que efectivamente los pasos inspiradores de mi vuelo imaginario pertenecían a Madame.
Fue entonces que poniendo un pie sobre mi pecho me dijo:
— Estás preparado para mí ? –
Ella había preguntado algo que me confundió. ¿Querría decir si yo ya había sido debidamente flagelado como fuera su orden? O si ya me encontraba listo para lo que vendría…
Asumí esto último y deseaba contestarle, pero en la forma en que habían trabado mi boca no podía hacerlo, aunque lo deseaba. Y sintiendo vergüenza de mi situación no quise emitir como respuesta un burdo sonido que no se entendiese y por ello sacudí mi cuerpo convulsivamente en reconocimiento afirmativo a su pregunta.
De pronto sentí la fuerte presión de su calzado sobre mi pecho. Percibí notoriamente la agudeza punzante de sus tacos que me provocaron intenso y excitante dolor. Ella se había parado sobre mi cuerpo para tomar asiento sobre el mueble toilet.
La presión no sólo me punzaba en forma directa mi pecho, sino que comprimía mi espalda lacerada contra la cerámica fría del piso.
Escuché minuciosamente cada uno de los sonidos que Ella producía durante lo que supuse sería su preparación para hacer uso del toilet.
El roce de las telas entre sí, la fricción de su pollera contra las medias al levantársela. Imaginaba cada una de sus acciones.
Y la presión de sus tacos en mis carnes desnudas. De pronto sentí crujir el mueble por la acción de Ella al apoyarse. Luego nuevamente al acomodarse sobre el asiento. Entonces la presión sobre mi pecho se redujo. Primero un pié, después el otro y de nuevo los dos y mientras, el sonido del roce de sus medias contra lo que, en secuencia, imaginé sería su prenda más íntima al quitársela.
Veía como en una película mental cada detalle de sus preparativos.
De repente, ya sentada, me habló. Suave, cadenciosamente, casi con dulzura:
y me dijo:
— Comprende que todo esto es necesario. Debo probarte de todas las formas.—
Al oír su delicada voz, me sentí importante para Ella. Una sensación de infinita pertenencia me invadió. Y tuve deseos de gritarle: "Si mi dueña, estoy aquí dispuesto enteramente para Ud., La adoro!!" . Pero me di cuenta que era imposible hablar... Mis dientes comprimían con furia el aro metálico del embudo que mantenía abierta mi boca. Sentí impotencia, pues deseaba responderle. y pensé: ¿Cómo hacerle saber? ¿Cómo comunicarle mis sensaciones? Quería que sepa lo mucho que deseba satisfacerla. Que le estaba ofreciendo mi vida a través de mi abierta boca!. Que era su fiel servidor.
Que su omnipotente actitud y el acto del que me hacía objeto, que para el común de la gente significaría un avasallamiento, no me humillaba y que por el contrario me honraba y me inundaba de placer.
Entonces me estremecí y temblé.
Ella interpretó la señal.
Luego habló nuevamente y dijo, un poco como justificando mi entrega, pero también como advertencia:
— Con este acto que has aceptado y realizarás, entregando tu boca y esófago para algo tan íntimo mío, me confirmarás tu total sentido de pertenencia, en cuerpo y voluntad... Espero que valores lo que te doy y me sirvas como merezco.—
Mi cuerpo continuaba vibrando, dándole las señales de completa aceptación.
Y entonces, sentí caer dentro de mi boca una gota que se había deslizado por el metal, del embudo, proveniente de lo que para mi era el cielo.
Sí, una gota proveniente del interior de mi adorada Diosa.
Una gota caída directamente desde el Olimpo.
En ese clima que se había creado, el contacto con esa primera gota, conmovió mi ser.
Sentí que mi cuerpo hervía La vivencia inédita era abrumadoramente impactante. Una convulsión producida por la intensa emoción sacudió mi cuerpo. Mi espalda friccionó contra el piso y el dolor me inmovilizó.
Al percibir Ella, bajo sus pies, ese brusco movimiento se sorprendió y algo asustada emitió un brevísimo — Ay!!
En este punto sentí que mis comprimidos genitales, infructuosamente, pretendían expandirse bajo la ajustada presión de mis pantalones.
La primera gota, fue seguida por una sucesión de varias más, hasta convertirse en un hilo continuo, que bebí y disfruté extasiado.
Hubiese querido, aunque sea, rozar una de sus piernas en señal de agradecimiento! Creía que iba a estallar con solo ese contacto. Pero mis muñecas, sujetas por el cepo, se hallaban impedidas de todo movimiento.
Mis puños se apretaban de impotencia y mi único contacto directo con Ella era mi pecho desnudo con las suelas de su calzado que continuaban apoyadas sobre él y que yo percibía y friccionaba en señal de agradecimiento. Ello me permitía al menos ese vínculo de comunicación mediante el cual transmitirle mis vibraciones y percibir sus movimientos. Casi había olvidado el ardor en mi espalda
Permanecí lo mas quieto posible para no perturbar el clima ni provocar la intranquilidad de mi Ama, pero mi excitación era inmensa.
Ella lo notó y aflojando la hebilla de mi cinturón descomprimió mis genitales.
Lo siguiente ocurrió de un modo muy rápido, casi inesperado. Sentí caer dentro de mi boca una sucesión de trozos semisólidos de algo que en mi alucinación semejaban ser bombones que llenaron mi boca.
Casi religiosamente y para honrar la preciada dádiva, paladee el manjar durante un par de minutos y luego comprendiendo mi misión, asumí que debía ingerirlo para satisfacer las expectativas de mi Ama.
Mi forzadamente abierta boca me impedía efectuar los movimientos normales de masticación y deglución, por lo que mi lengua, también con limitación en su movilidad, realizaba prodigios en procura de prensar cada trozo contra el paladar para luego impulsarlos hacia mi garganta.
Disimulé las convulsiones para gobernar algún pequeño ahogo producido al intentar tragar esas delicadas piezas de maná, provenientes del interior de mi Dueña y una vez logrado, juzgué haber cumplido satisfactoriamente esa etapa de mi función de toilet.
A pesar de mi inmovilización, me encontraba exultante y sin duda mi grado de excitación se debió poner en evidencia por las contorsiones y movimientos que seguramente Madame notó bajo sus pies.
En mi imaginación (y deseaba que así fuese) yo suponía que el hecho debía ser motivo de regodeo para Madame, al ver el efecto que esa situación provocaba en mí.
Mi miembro se mantenía erguido y vibrante, y efectivamente no pasó desapercibido para Ella puesto que, de pronto, rompió el silencio diciéndome:
— Mmm..., observo que esta mezcla de entrega y humillación extrema te excita sobremanera! Pero fue su único comentario.
Pasaron algunos instantes de espera durante los cuales, en el silencio casi absoluto reinante, podía escuchar la respiración de Madame.
Sus sutiles movimientos y algunos indicios que hacían presentir que se acercaba la coronación del acto. Su respiración interrumpida por un período largamente mayor del frecuente preanunciaba la inminencia de mayores acontecimientos. Lo deseado y temido a la vez se mezclaba confusamente en mis pensamientos. Deseaba morir en ese acto y a la vez quería que se prolongase todo lo que fuera posible.
De pronto el pringoso sonido provocado por el acelerado fluir de aquel esperado manjar, se interrumpió con la súbita caída dentro de mi boca de un pesado y voluminoso regalo que, por su peso, se adivinaba de dimensión tal como para apoyarse sobre mi lengua y quedar verticalmente sostenido dentro del tramo inferior del embudo.
Mi afortunado reflejo lingual evitó que el mismo cayese directamente en mi garganta, salvando la posibilidad de ahogo y la consecuente vergüenza y descrédito ante Madame por no realizar correctamente mi tarea.
A esa altura, yo ya estaba preocupado por lo que podía ser un mal desempeño en mi función como toilet. Traído a la realidad por el hecho, más que presuroso, comencé de inmediato mi trabajo de presionar esa divino elemento que había manado de mi Ama, procurando que se deshiciera contra el paladar, para así segmentado poder tragarlo.
Mi corazón palpitaba al doble de lo normal por ambas razones, la enorme excitación cercana al paroxismo de tener en mi boca la substancia misma que segundos antes se hallaba en el interior de Madame y la terrenal desesperación provocada por el miedo a un posible ahogo. Por esto último, apuraba el trámite en toda la medida que las posibilidades de libertad de mi lengua lo permitían, lo que hacía que, concentrado en ello, olvidase por instantes la verdadera trascendencia y el significado que tenía ese dramático pero deseado momento.
El hecho de pensar que Madame se encontraba allí arriba, reinante y poderosa, dueña total de mí ser, haciendo que mi destino dependa de algo tan irrelevante para Ella como lo eran sus excrecencias.
Pero mi realidad momentánea pasaba por otras preocupaciones. Mi paladar y mi lengua, cada vez más comprometidos tenían gran dificultad para prensar, deshacer y hacer avanzar todo lo que mi boca acumulaba, en tanto que empujado por su propio peso, la divina substancia que aún se encontraba en el interior del embudo, continuaba descendiendo, llenándola cada vez más.
Lo que minutos antes consideraba un maná, en ese momento y debido a esas dificultades, se había tornado en una verdadera tortura y amenaza de ahogo, por lo que temí que realmente estuviese próximo a consumar mi entrega máxima a Madame.
Pero, de pronto algo sucedió que me alejó de esos pensamientos y de tal peligro. Un torrente fluido se derramó en catarata por el orificio del embudo, facilitando y aligerando todo en su descenso
El delicioso néctar líquido de Madame, en su benéfica y oportuna caída había literalmente llegado como regalo del cielo para salvarme. Pronto, con la ayuda de ese néctar misericordioso, pude diluir e ingerir completamente la totalidad de aquel abundante pero divino tesoro con el que la Señora me había puesto a prueba.
Después de ello, la calma sobrevino y me permitió volver a pensar en lo primordial del momento, sobre lo que había experimentado y cuya protagonista principal era Ella mi Ama y Dueña, propietaria de mi destino y suerte. A quien me entregara y más deseaba satisfacer y honrar.
A pesar de mi excitación, que aún persistía, mi estado era de gran relajamiento. Todo lo ocurrido, momentos atrás, era como un tornado que había pasado por el interior de mi cuerpo, dejando la secuela lógica y el agotamiento debido a las emociones vividas.
Ahora pretendía disfrutar del relax natural posterior a un gran acontecimiento. Estaba en ello y sentí el cercano e inconfundible sonido de una campanilla, que me sobresaltó, despertándome de esos sueños. Luego me percaté que tal cosa significaba que mi Dueña intentaba llamar a la doncella.
Efectivamente, tras oír el golpe de una puerta que se cerraba, escuché pasos y la voz de Madame, que en tono contrariado decía:
— ¿Dime, es que no hay papel aquí? — Y luego la preocupada respuesta de la joven:
— Si señora, disculpe usted, aquí lo tiene debajo de ésta tapita.
Un lacónico: — Esta bien— de mi Ama, cerró el dialogo mantenido con la joven.
Luego escuché los pasos de la doncella retirándose.
Por último, antes que cerrara la puerta alcancé a oírla cuando decía:
— Cualquier cosa que se le ofrezca me llama Señora –
Los movimientos y sonidos en la parte superior del crujiente mueble, me indicaron que Ella se higienizaba. De inmediato volví a sentir la presión de sus tacos sobre mi pecho. Luego sentí caer algo dentro de mi boca, que reconocí como papel con el que seguramente Madame se había limpiado. La acción se repitió un par de veces y luego me sorprendió un paff causado por el cerrar de la tapa del toilet.
De nuevo sentí su pisar y el roce de sus prendas al calzárselas.
Ella no me había vuelto a dirigir la palabra.
Como yo realmente deseaba que el hecho de haber dispuesto de mí le hubiera brindado todo el placer posible, tuve temor de que el humor de Madame se hubiese visto alterado por la contrariedad de no haber encontrado papel.
Tal fue el supuesto ya que, quise ser realista con lo que podía significarle mi entrega. Supuse que la misma le resultaría quizás algo tan insignificante que aún ese tonto inconveniente de no disponer de papel pudiera tener para Ella igual o más importancia que lo que significaba el haberme tenido a su disposición para arrojar sus heces en mi boca.
Al fin y al cabo, el empleo de alguien como yo, uno de tantos que la admira y es capaz de cualquier cosa por sólo estar cerca, quizás pueda merecer para Ella la misma atención que un mero artefacto sanitario que se usa y se ignora reduciéndolo a la simple y básica calidad de un objeto.
De todas maneras, en las circunstancias en que me encontraba, yo no tenía ninguna posibilidad de dialogar ni preguntarle si había satisfecho sus expectativas y preferí mantenerme quieto y a la espera de lo que Ella hiciera.
De repente, sentí Su voz preguntando como intrigada:
— ¿Vives aún? ... Dame una señal. —
Henchido de alegría por escuchar que Madame me había dirigido la palabra y se interesaba por mí, moví todas las partes de mi cuerpo que se encontraban libres a modo de respuesta.
Luego Ella pisó fuerte mi pecho, dio un paso al costado, a la vez que me decía:
— ¡Has estado muy bien! No esperaba otra cosa de ti! —
Tras lo cual escuché el taconear de su calzado alejándose en dirección a la puerta.
— FIN —
Autor: Jo Underyou
Publicado por Aldea Sado®: 25/06/2010 — © 2004-2010 — Todos los derechos reservados!
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