Relatos BDSM
Los Conspirados
por Vikingo

Ya habíamos pagado la cuenta. Al mirarla encontré sus ojos mas húmedos que de costumbre. Bajé la vista y conté las moneda de la propina y agregué algunas, después tome el papel doblado en dos sobre la mesa y lo volví a doblar una vez más, guardándolo cuidadosamente en el bolsillo trasero de mi pantalón. Me acerqué y la tomé de la cintura, un beso dulce nos dio el aliento para salir del lugar.

Estábamos en una estación de servicios en la carretera, a medio camino de la casa de campos que me había conseguido prestada por el fin de semana con un amigo de la infancia, habíamos parado por café y bencina para el auto.

Ya de vuelta en el auto, me sentí aun más nervioso y menos conversador que de costumbre. No quería que lo notara y eso hiciera fracasar los planes. Contradictorio, algo en mi quería escapar de ahí o que un evento de última hora tirara todo por la borda. Mi otra parte, solo quería que llegara el momento.

Sentí mi corazón en mi garganta. Me dispuse conducir, puse primera y le hablé de música sin mirarla. Sabía que la irresistible belleza de sus ojos solamente aumentaría mis dudas. El auto comenzó a moverse y algo de alivio me llego..sonreí..

Un rato después, ya en el campo, sentí de inmediato el aire puro y la belleza hosca del lugar me cautivo nuevamente. Había estado muchas veces ahí, y siempre pasaba por un momento de sorpresa. Algo en mi no podía creer que un lugar tan bello y distinto existiera a menos de dos horas de la ciudad.

Nos bajamos del auto, le abrí la puerta y caminé al portamaletas. Tomé un par de bolsos, ella otros tantos.

Entramos, encendí la luz y observé tal como recordaba, unos pisos rojos de cerámica y unas vigas de madera muy hermosas al aire. Grandes espacios, que podías disfrutar apenas doblabas a la izquierda y luego a la derecha desde la puerta de entrada. Al entrar, podías observar a pocos metros al frente la pared lateral de la escalera que conduce al segundo piso donde hay un dormitorio, finamente equipado. El dormitorio más un baño era casi todo el segundo piso, a la salida del dormitorio había un pequeño corredor que permitía mirar hacia abajo y ver lo que sucedía en la sala de estar. Nuevamente desde la puerta de entrada, a la izquierda encuentras un muro, con un hueco en el medio, como el marco de una gran ventana pero sin vidrios que permite observar la cocina apenas llegas.

Caminé decidido por ese pequeño laberinto y me dirigí al dormitorio atravesando la sala. Miré de reojo donde estaba ella y como supuse, guardaba en la cocina los víveres que traíamos para la ocasión. En el dormitorio, guardé estratégicamente, unos juguetes, sin que ella pudiera notarlo. Acto seguido, dejé en el baño el bolso más pequeño.

Volví a la sala justo para escuchar su comentario que los perros estaban inquietos, por lo que abrí el ventanal que permitía salir desde la sala y disfrutar de la pequeña parcela. Un grato olor a campo me invadió. Conocía a los perros y sabía que eran muy mansos. El primero en acercarme fue un perro grande, negro, viejo y feo que mi amigo adoraba desde los tiempos de la universidad y que lo llamó simplemente “negro”, detrás de él corriendo y saltando se acercó una perra chica y muy inquieta que llamaba Gladys, en honor a una novia..jajaj.. típico de él. Uff, en ese momento, ayudado por los recuerdos me relajé. Me quedé un buen rato escuchando las gallinas a lo lejos y observando los caballos al frente, a unos pocos metros, que ya se disponían a pasar la noche.

Sentí la soledad del lugar y entendí que el momento había llegado.

Volví a la sala para encontrarla en el medio, camino a la habitación. Me abalancé sobre ella y le agarré fuerte del pelo, casi a la rastra la llevé al dormitorio y la lancé bruscamente sobre el colchón. Grito e intentó escapar. Tomé una fusta que yo había dejado escondida debajo de la almohada y le alcancé a dar un fuerte golpe sobre su exquisito trasero, antes que instintivamente se intentara proteger con sus manos. Le puse una rodilla encima para inmovilizarla y la sujeté con una mano y mientras con la otra mano, buscaba unas esposas que había dejado escondidas. La esposé a los fierros de la cama antigua. Quedó acostada con el estómago hacia abajo y con la cabeza hacia los pies, justo en el medio de la cama, en una posición envidiable para una buena sesión de spanking.

A parte de ahí, le alcancé a dar unas dos veces con la fusta sobre la ropa. Como no estaba amarrada de los pies, podía torcerse y hacérmela difícil. Le dije que era una perra y que tenía que aprender a obedecer. Que la violaría.

Fui al baño y saqué del bolso lo necesario para inmovilizar los pies. Nunca entendí porque guarde ese bolso en el baño. Me sentí torpe.

Cuando volví a la habitación, ella estaba prácticamente de rodillas sobre el colchón mirando sus manos esposadas, giro la cabeza y me miró desafiante. La tomé de los pies con tal rapidez que hice que se prácticamente cayera sobre el colchón pegándose en el mentón. La amarré con una tela, parecida a esas que se usan en el trapecio, pero más corta. Ahora sí, quedó definitivamente preparada para la mejor sesión de spanking que yo pudiera imaginar. Podía sentir la emoción del momento. Seguro de que no podía soltarse, me acerqué y le metí la mano debajo de la falda. Toqué su húmeda vagina y le bajé los calzones hasta las rodillas luego subí su falda. Su trasero estaba rojo pero no tanto como podía pensarse, la falda de jeans azul la había protegido bastante. Sentí con mis manos su cuerpo tembloroso y escuché las palpitaciones de su corazón. Me abrumé y miré el bolso que estaba en el suelo y tomando otro pañuelo le tapé la vista anticipadamente, puesto que en mi fantasía quería hacerlo más tarde.

Reinicié con decisión la sesión de spanking y cada tanto paraba para observarla. Finalmente le propuse que si contaba de atrás hacia delante sin equivocarse le daba los últimos cinco azotes. Cuando la escuché contar supe que la tenía.

Le subí los calzones y le acomodé la ropa. Ahora si había ganado un buen rojo en su trasero. Solté la tela de la cama y después de sus pies, para reemplazarlas por unos grilletes y una cadena suficientemente larga que le permitiría caminar. Después vinieron las manos que dejé esposadas, pero sueltas de los barrotes de la cama. No opuso ninguna resistencia, se veía muy cansada y la escuché sollozar. Pensé arrástrala, pero sentí que no opondría resistencia. La lleve casi en brazos.

Temprano, al llegar a esta casa, había quedado ensimismado con la belleza de un poste de madera que estaba al salir de la cocina unos paso antes de bajar los dos escalones que conducían a la sala de estar y la imaginé atada ahí. Era un trozo de madera hermoso que atravesaba desde el suelo hasta el techo de la sala, impetuoso como el momento.

Tomé sus brazos con fuerza y colgué las esposas de un clavo grande, después aseguré sus manos con las telas. Le saqué la falda que se soltó con facilidad y aseguré sus piernas hasta que quedara atada cuan heroína de películas de vaqueros. Se veía sexi, pero no me gustó su cabeza colgando sobre sus hombros, así que con un pañuelo de seda ate su cabeza, rodeando su frente y afirmándola su nuca al madero. Ya no sollozaba, y se veía expuesta en su belleza. Apagué la luz de la habitación que había quedado prendida desde nuestra llegada y apareció para mi, entonces, un destello de luz que se colaba desde el ventanal y que hacia lucir esplendidas sus piernas de color té. La note sensual, adivine sus entrepiernas húmedas y le saque fotos, quise volver sobre la entrada, recorrer ese pequeño laberinto e imaginar que la encontraba ahí, amarrada y sometida.

Se veía muy hermosa, extraordinariamente bella, sentí yo. Con una camisa a cuadros rojo y negro desabotonada en ese momento producto de la acción y que permitía adivinar unos senos grandes, pero no demasiado. Nada en ella era exagerado, salvo su belleza. Era una flaca tetona, de esas que me encantan. Su ropa interior negra con encajes de color al tono, hacían ver muy excitantes su cintura y cadera. A pesar de la dureza de la sesión que le había propinado, la pose de sus piernas tenía un tono sensual que no esperaba. Algo había en ella que brotaba más allá de las amarras.

Al verla ahí me sentí algo absurdo, puesto que con todas las amarras seria imposible penetrarla y además tampoco podía propinarle uno que otra nalgada con mis manos como me apetecía. Intente pensar porque no se me había ocurrido antes ponerla al revés con el culo al aire para darle.

Finalmente me acerqué y rasgué su ropa. Solté sus piernas y las levanté. Después solté una de ellas, que cayo sin mucha fuerza y con una de mis manos corrí algo su calzón, y una vez que logré penetrarla con fuerza, tome la otra pierna. Alzándola. Podía sentir el roce del calzón y mi pene dentro de ella, estaba húmeda y jadeaba. Después de un breve rato, sentí que estaba azotando su espalda contra el madero, y volví a recordar la idea de tenerla amarrada con el culo al aire. Lo hice, y una vez que la tenía dominada y coherentemente atada, procedí con nalgadas con mi mano. De ahí la solté y la lleve sobre uno de los sillones de la sala de estar, previo un breve paso por la mesa del comedor adentro de la cocina, donde arranqué definitivamente su calzón.. Estaba loco, no quería dejar ningún lugar sin haber estado con ella. La penetré nuevamente y sentí su agotamiento, puesto que ya casi no se movía.

Pensé que ella ya había tenido un orgasmo, pero producto de mi adrenalina yo no había podido notarlo con certeza. Me sentí algo cansado. Metí mis dedos en su vagina y sentí sus fluidos, lamí con gusto mis dedos. Recorrí con mi nariz su cuerpo hasta que sentí que ella jalaba con sus manos mi cabello y poniendo una mano sobre su estomago y la otra en su cuello la di vuelta con rapidez. Sentí el roce de su culo en mi pene. Jale de sus cabellos y se lo metí por el culo..grito un poco y después un sollozo complaciente. Eyaculé y caí brevemente sin fuerza a su lado, reaccione con premura y la lleve con determinación y algo más de delicadeza hasta el dormitorio.

La arrojé sobre la cama. Me miró sumisa y entregada. Quise adivinar que complacida. Me acosté a su lado y pronuncié a su oído las palabras que habíamos acordado para el fin de la sesión. Sonrió y con las últimas reservas de sus fuerza se tiró encima mío en un abrazo cómplice y eterno.

Lo que vino después no lo puedo describir, lloró intensamente por largos minutos. Yo intenté disimular algo, pero la emoción inundó cada rincón de la casa de campo. Conversamos mucho y con un gel que tenia para la ocasión curé cada una de sus heridas. Nos amamos nuevamente, por lo que me pareció una eternidad. Nos sentimos un poco locos, un poco niños. Yo algo nervioso, desbordado por el momento, intenté protegerme y le pregunté porque no había pronunciado la palabra de seguridad acordada y también tomé el papel que tenía guardado en el bolsillo del pantalón, para revisar el texto y contexto acordado. No me dejó hacerlo, comenzó a llenarme de besos hasta que nos quedamos dormidos por más de una hora.

Despertamos y esta vez…yo preparé la cena. - FIN -

Autor: Vikingo

Publicado por Aldea Sado®: 21/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!

 

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