Relatos BDSM
Las memorias de Mandy
por Lady Faery

Me llamo Mandy. No os voy a contar sólo una historia; voy a relataros mi propia historia. Siento decepcionaros pero en esta vivencia ni hay príncipes, ni damiselas, ni tampoco, hadas o unicornios. Y, aunque el final es feliz, para llegar a él, tuve que pasar por el infierno. Y éste duró casi once años.
A mis dieciocho mis padres se empeñaron en que me casara con Fran. Con veintiocho primaveras ejercía como uno de los nuevos directivos de mi padre siendo además su preferido. Durante meses mis progenitores me prepararon citas con él de manera que me lo encontraba en todos sitios. Mi madre me repetía hasta la saciedad que Fran era un buen partido y que una chica de mi posición debe casarse con chicos de su nivel.

A mi, para ser sincera, había algo en él que no me gustaba. Aunque era atractivo con su metro noventa de estatura, su pelo azabache con un corte a la moda, su piel bronceada, sus ojos negros y su cuerpo delgado aunque de complexión ligeramente musculosa; presentía algo que no cuadraba dentro de su interior.

Después de un trimestre de discursos y presiones terminé contrayendo matrimonio con Fran. Al principio, un lapso de tiempo que apenas abarcó las tres primeras semanas, todo fue maravilloso. Fran se mostraba atento, cariñoso y muy detallista, pero poco a poco se diluyó tal actitud hasta que al tercer mes de nuestro desposorio, se volvió obsesivo con la idea de que tuviéramos hijos. Yo me negué pues me parecía pronto, pero claro, mis padres no opinaban lo mismo y trataron de inclinar la balanza a favor de mi marido. Largo tiempo tratamos de consumar nuestra unión. El día que me venia el periodo resultaba trágico. Finalmente acudimos a un especialista que nos informó que yo no es que fuera exactamente estéril pero que sin ayuda médica no conseguiría quedarme en estado. Fran al enterarse, comenzó a insultarme en público y en privado. Insinuaba que no servia para nada, o, de forma más tosca, me llamaba estupida, gorda, llegando a manipular mi autoestima atosigándome con que él era el único que podría estar conmigo porque a una inútil y adefesio como yo no le querría nadie. Yo nunca he sido delgada y siempre he estado rellenita. Tengo grandes caderas y pechos. La piel blanca como la leche, pecas por todos lados, el pelo pelirrojo y los ojos grises. Su maledicencia logró que ante mi mente apareciera mi físico como una tara esperpéntica.

Cuando volvimos al ginecólogo para la inseminación in Vitro, nos enteramos de que Fran era estéril. Como ya imaginaréis, cayó fulminado y, cómo no, yo era la culpable. Después de esto, empezó a aislarme tanto de mi familia como de mis amigos, mas mis padres, siempre con la venda en los ojos, no le dieron mucha importancia. El concepto de mí misma empeoraba más y más. En ese entorno, no fui capaz de queja alguna e incluso, consiguió convencerme de una culpabilidad que alguien mínimamente lúcido hubiera tildado de inverosímil, pero ese no era mi caso. Además yo era perversa para él, y un trasto inútil. Sintiéndome grotesca, mi esposo me apuntillaba dado que jamás alababa ningún esfuerzo por mi parte por mejorar de modo que si adelgazaba malo y si no también.

Tras una década, es obvio que todo fue yendo a peor. Mi padre enfermó y murió. Ese mismo día a mi madre le dio un infarto al enterarse del fatal desenlace de su compañero. De modo súbito quedé huérfana, pues. A la semana del entierro, mi hermano y mi hermana se hicieron con el control de la empresa, lo cual enfureció a Fran quien incluso me trató aún peor llegando a propinarme en un arrebato tal paliza que acabe en el hospital. Mis hermanos al tener pleno conocimiento de mi suplicio durante estos diez años, decidieron intervenir, logrando expulsar a Fran de la empresa convenciéndome de que cambiara cuanto antes mi estado civil. El divorcio duró seis horrorosos meses. Fran me amenazaba de muerte, me acosaba e intento quitármelo todo. Mis hermanos lograron que se quedara lo menos posible. Después de pasar un tiempo en la cárcel, Fran se fue del país. Con el tiempo me enteré que emigró a Inglaterra y que se había vuelto a casar con una viuda con bastante dinero y de su misma calaña. Así que podía respirar tranquila pues seguro que de mi se olvidaría bien pronto.

Una vez que mi ex esposo desapareció, y yo dejé de recibir amenazas y pude relajarme y empezar de nuevo, mis hermanos me convencieron para que estudiara enfermería. Siempre he querido traer niños al mundo y ayudar a la gente, así que me apliqué consiguiendo un trabajo en un hospital, al tiempo que mi familia me ayudó a curar mis heridas tanto físicas como psicológicas. Cinco años mas tarde de mi divorcio, con mis estudios acabados, ejerciendo una profesión que me encantaba, con amistades nuevas y una nueva casa, comencé a tener alguna cita con hombres pero no me convencía ninguno.

Un buen día, mi hermana Ana vino a casa, y por despiste mío, vio que estaba mirando una página de BDSM. Me miró y me dijo: “¿Te interesa el BDSM? ¿Has estado en algún club? ¿Conoces a gente del mundillo? ¿Qué te gusta, dominar o que te dominen?”. Me puse colorada como un tomate sin saber qué contestar. Llevaba varios meses leyendo sobre el tema pero aún no tenía las cosas claras. Ana me observaba. Al final exclamó: “Cuéntamelo todo desde el principio”. Entonces le dije que las relaciones sexuales con Fran siempre fueron aburridas, pues faltaba algo, y que hacía unos meses vi un programa en el que hablaban sobre el BDSM lo que me llamó mucho la atención por lo que decían de modo que empecé a buscar información, pero no conocía a nadie y no tenía las cosas claras. Lo de ir a un club ni me lo había planteado porque no me sentía segura para eso. Mi hermana permaneció callada hasta que se despidió. Unas horas mas tarde volvió con mi hermano Toni. Yo al verlos me puse nerviosísima. Ellos nunca me visitaban varias veces en un mismo día salvo que estuvieran preocupados de manera que empecé a pensar que no debería haberle dicho nada a mi hermana puesto que ahora seguro que pensaría que era una pervertida, que estaba enferma o loca y tratarían de que acudiera a alguna consulta psiquiátrica.

Toni y Ana se sentaron en el sofá, mirándome muy serios. Como leyendo mi pensamiento, mi hermano sentenció: “Deja de pensar que creemos que eres una pervertida o estas loca. Ninguno de los dos opinamos eso” – Yo me quedé alucinada y preguntándome cómo podía saber que eso era lo que me estaba pasando por la cabeza. “Tu cara es como un libro abierto, además Ana y yo ya pasamos por eso”. Mirando a los dos comencé a pronunciar “vosotros sois…” interrumpiéndome Toni para acabar por mi: “sí, somos dominantes los dos”. Impactada, me senté en el sillón de enfrente. Los nervios provocaron que empezara a reírme como si estuviera loca, pero mientras más me carcajeaba mayor alivio sentía.

Si mis hermanos no me hubieran entendido me hubiera afectado de modo más grave de lo que pudiera pensar, advertí en ese momento. Cuando se me paso el ataque, Ana me dijo: “Bueno, ahora que ya sabes la verdad, es hora de ayudarte a aceptarte y de aclararte las dudas que tengas. Lo primero que debes aprender es que en esto hay muchas maneras de tomárselo dado que puede ser una filosofía de vida o un juego que practicas de vez en cuando para animar tu vida sexual. Pero lo tomes como lo tomes tienes que tener en cuanta que es un juego sexual y debes diferenciar tu rol de tu vida, de forma que no afecte a tu familia, amigos y trabajo”.

Después de casi seis horas charlando llegamos a la conclusión de que yo era sumisa por lo que me explicaron muchos aspectos de esa condición alertándome de lo que me podía encontrar.

Unos días mas tarde fui a una fiesta en casa de Toni. Allí conocí a Paco. Muy bien parecido, alto, ni delgado ni gordo, ojos azules, pelo castaño, piel bronceada y una sonrisa que hipnotizaba. Me lo presentaron y me llamó mucho la atención que cada cierto tiempo me mirara los pechos durante un segundo disimuladamente. Salvo ese pequeño detalle, me causó buena impresión hasta el punto de darnos los teléfonos. En el trascurso de varias semanas, charlábamos casi a diario, quedábamos a cenar o a tomar café repetidas veces. Al año nos dimos cuenta que estábamos enamorados por lo que emprendimos la aventura de vivir juntos. Al tiempo, seguí aprendiendo con una domina amiga de mi hermana, llamada María. Asistí a algún encuentro, pero en ningún momento le dije a Paco lo que me gustaba.

A los pocos días de estar viviendo juntos, una noche después de tener relaciones sexuales bastantes aburridas por cierto, me comentó: “Hay algo que tengo que decirte y si no lo hago, esta relación se acabara yendo al traste” Le miré y le respondí: “No quiero que esto se estropee. Cuéntamelo por favor; ¿qué es lo que pasa?” Paco me miró y me preguntó: “¿Sabes lo que es el BDSM?” Naturalmente respondí que sí lo sabía. Entonces mi pareja quiso saber mi opinión sobre esa cultura y yo únicamente pude confesarle que me encantaba y de paso revelarle mi atracción por la sumisión. Él soltó el aire que retenía en los pulmones y puso cara de alivio. Quise saber entonces cuál era su rol, aclarándome su condición de dominante.

Charlamos casi toda la noche. A la mañana siguiente descubrimos, tras conversar con mis hermanos y con Maria, que los tres se compincharon para no decirnos nada, habiendo adoptado un tácito acuerdo por el que mi amado y yo deberíamos descubrir por nosotros mismos nuestros comunes anhelos. En ese momento entendí por qué María nunca me puso collar y que decidiera finalizar nuestra relación cuando inicié la convivencia con Paco.

Ese mismo día, en cuanto llegamos a casa, me ordenó ir a la habitación y esperarlo allí desnuda y de rodillas. Obedecí a su mandato. Al momento en que entró en la habitación bajé la vista. Cientos de sentimientos se agolparon en mi pecho: alegría, nerviosismo, miedo, amor o sensaciones que con velocidad se esfumaban imposible de expresarse.

Se sentó en el sillón detrás de mi y me espetó: “En mi cama y en las fiestas serás mi puta, mi perra y todo lo que yo decida que seas. Yo seré tu Amo, tu Señor, tu maestro y tu dios. Fuera de mi cama y de las fiestas serás Mandy mi futura esposa y yo, Paco, tu futuro esposo ¿te ha quedado claro?”. Balbuceé un casi inaudible “sí” al cual él inquirió: “¿sí qué?” que automáticamente apostillé con un “Si, Señor”.

Entonces continuó su exhortante discurso: “Bien, eso está mejor. Tu palabra de seguridad será Roma. Me han dicho que eres una perra desobedientes, ¿es eso verdad?” Como un autómata respondí un sí sibilante sin olvidarme de anexar el tratamiento de Señor.

Confesada mi falta me anunció que tendría que educarme y de este modo se dirigió a mi: “Ve al baúl del baño, ábrelo y trae una bolsa negra, una caja roja y una saca grande de tela blanca”. Al realizar un ademán de levantarme él estalló: “Las perras andan a cuatro patas”.

De esa guisa acudí a cumplir su orden entregándole lo que había requerido. Acto seguido me dijo: “Ve a la cama y ponte a cuatro patas encima de ella”. Así hice. Mi Señor se acercó a mí y comenzó a atarme las muñecas y los tobillos a las patas de la cama. Extrajo un gato de la bolsa blanca y comenzó a pasarme las tiras por la espalda lo cual me excito.

Al poco sentí el primer azote. Creo que en ese momento subí al cielo. Me encantó. Después de un rato, encendió una vela y echó cera en mis nalgas. Jamás pensé que podría ser tan placentero.

Empleó el gato para quitármela. Después me dio la vuelta y me miró durante un buen rato en silencio. Cuando habló me expresó que mis pechos eran los más bonitos que había visto y que se quedó prendado de ellos desde la primera vez. Esa noche decidió embellecerlos colocando unas pinzas en los pezones ambas con una pluma dorada de adorno. Luego los chupó, los amasó, los besó y los azotó.

Cuando termino nos fuimos a la cama y tuvimos un sexo impresionante. Por primera vez en mi vida me sentí saciada y libre en todos los aspectos de mi vida. En los meses siguientes fuimos a fiestas, me llevo a cenar con un vibrador puesto y lo accionó muchísimas veces pero nunca me dejó correrme hasta que llegamos a casa. Cada vez que hacemos eso, incluso ahora, me sigue dando vergüenza pero lo reconozco: adoro que lo haga.

A los dos años de irnos a vivir juntos me pidió que me casara con él y ese mismo día me puso su collar. Lloré de felicidad durante horas. Después de nuestras nupcias tuvimos tres hijos.

Veinte años después

Los chicos han volado del nido. Dos han terminado ya sus estudios. El mas pequeño los esta acabando. La casa ahora esta vacía por lo que la tenemos para nosotros. La precaución de custodiar los instrumentos bajo llave, carece ya de sentido así como programar las sesiones para cuando los niños no estuvieran en casa.

Hoy nuestros vástagos vinieron a comer y se acaban de marchar. Sentada en el salón tomando un te frió, mi Señor entra, me mira y me sonríe. Sé lo que quiere, así que me levanto voy a la habitación, me desnudo, me pongo mi collar y me arrodillo. Al momento él llega y se queda parado en la puerta. No necesito levantar la vista para averiguar que mira mis pechos o, mejor dicho, sus pechos. Aún hoy, después de tantos años, sigue contemplándolos como el primer día. Eso hace que mi corazón lata como el de un colibrí. Sus miradas, sus órdenes y sus azotes me llenan de amor. Su collar, sus cuerdas y cadenas me hacen libre. - FIN -

Autor: Lady Faery

Publicado por Aldea Sado®: 25/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!

 

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