Relatos BDSM
La vida secreta del alma
por Cars

La lluvia golpeaba los cristales, la ciudad comenzaba a despertar, mientras el agua comenzaba a empapar las calles. Roberto se movía por el piso medio adormilado. Tras una ducha fría y un rápido afeitado, regresó al dormitorio para vestirse. Miró de reojo el reloj y después se dirigió a la cocina. Se sirvió una taza de café y le dio el primer sorbo mientras observaba el agua resbalar por el amplio ventanal que ofrecía una vista excepcional de Madrid. Un sorbo más y se giró para dejar la taza en la encimera. Miró al suelo, había tropezado con algo. Se agacho y recogió un zapato de mujer negro, de tacón. Sintió el tacto tibio de la piel en su mano. Echó una mirada al dormitorio, desde donde se encontraba podía ver el cuerpo sudoroso de Amanda apenas cubierto por la sabana. Una leve sonrisa afloró a sus labios, mientras recordaba fragmentos de la noche pasada.

Después de cinco años, la pasión no había retrocedido ni un milímetro. Volvió a fijar su mirada en el zapato que tenía en la mano. Lo dejo en la encimera, al lado de la taza de café. Por un instante un sentimiento extraño se abrió paso desde lo más profundo de su corazón. Su mirada se perdió en un lugar apartado y oscuro de su alma. Toda la felicidad que a diario mostraba a todos, los recuerdos de las emociones vividas junto a su novia, las noches de pasión y sexo había vivido junto a ella, se iba eclipsando poco a poco por ese extraño sentimiento al que hacía mucho tiempo había condenado al exilio en algún recóndito lugar de su ser. Y hoy como en otras tantas ocasiones aprovechando el más mínimo detalle ese indeseado sentimiento se abría camino para recordarle que estaba ahí, y que por mucho que lo intentara ocultar, formaba parte de él. Estaba ligado a su vida, como la luna lo está del sol. Sus dedos recorrieron el zapato. Roberto cerró los ojos un segundo. Volvió a mirar a Amanda, observó los lentos movimientos de su despertar, después apuró el café y salió del ático con el paso rápido.

Ya en la calle, dejó que la fina lluvia le mojara el rostro, y se encaminó al metro. Veinte minutos después estaba subiendo las escaleras. Al llegar a la calle el sol había ido ganando terreno, y bañaba los edificios de Alcorcón. Roberto miró el reloj, tenía el tiempo justo para llegar a la parada de autobús, antes de que éste llegue. Si lo perdía supondría una espera de casi una hora. Apuró el paso y cruzó la calle casi corriendo. Los minutos pasaban con rapidez, y cada demora le suponía un aumento considerable de estrés. Llegó a un semáforo. Apretó el botón de los peatones con insistencia.

—¡No funciona hijo! —Le dijo una señora que rayaba los setenta años.
—Gracias —le respondió Roberto intentando ocultar su malestar.

Miró a ambos lados de la calle, y emprendió una carrera para alcanzar la acera contraria. Un par de coches pasaron a su espalda tocando el claxon, e increpándole por su carrera. Un par de metros le separaban de su destino, cuando el chirriar de unos neumáticos llamó su atención. Miró a su derecha, y vio el frontal de un audi 4X4 blanco que iba reduciendo su velocidad. Roberto quedo petrificado. Sus ojos se clararon en la mole de metal que se aproximaba a él. Estiro las manos en un acto tan reflejo como inútil. El vehículo se detuvo a escasos centímetros de él.

Roberto hizo un gesto de disculpa y se subió a la acera, con la intención de seguir su camino. El coche reanudo su marcha lentamente, mientras que la ventanilla más próxima a la acera se bajaba.

—¡Ten más cuidado! —Gritó un voz femenina desde el interior.— ¡Un día te van a matar!
—Pues no pises tanto el acelerador, gilipollas —le increpó Roberto.

El coche aceleró de golpe, y se subió a la acera, justo detrás de Roberto. Un portazo indico que el conductor se había bajado del vehículo. El se giró sorprendido por aquella reacción del conductor. Ante sus ojos apareció una mujer esbelta; no debía tener más de treinta años, con el pelo negro y brillante que caía en una cascada ondulada por su espalda. Vestía una blusa blanca con un ligero encaje en la zona de los botones. Una falda marrón a juego con unos zapatos de tacón y medias. Todos sus movimientos irradiaban una gran seguridad y un considerable enfado.

—¿Qué me has llamado? —Le gritó mientras se acercaba a él—. Podría haberte atropellado. Eres un inconsciente.
—No es para tanto. No ha pasado nada.
—¿Qué que me has llamado?

Roberto se sintió abrumado por aquella reacción. La mujer se había acercado a un par de pasos y se mantenía firme ante él.

—¡Lo siento señorita! Es que tengo prisa.
—¿Ahora ya no eres tan hombre para repetir lo que me has dicho?
—No debí insultarla. —Comenzó a disculparse, con la esperanza de que aquel enfrentamiento acabará cuanto antes.— ¡Lo siento!
—Si fueras mi pareja…. —apretó los dientes para contener su rabia.— te quitaría las ganas de insultar a la gente. Y menos después de ser tan irresponsable y de poner en riesgo no solo tú vida sino la de los demás.

Después de decir eso, se dio la vuelta y se encaminó al coche. La rabia y la impotencia le desbordaban.

—¿Cómo lo harías? —Le preguntó Roberto ante su propio asombro.
—¿Cómo haría qué? —Le preguntó la mujer al tiempo que se giraba y se acercaba a él de nuevo.

Roberto miró a la mujer a los ojos y sintió como el corazón le latía a mil por hora. Su mirada se desvió entonces hacia un autobús que paso a su lado.

—¡Mierda! —Exclamó.— Ese es mi autobús.
—¿Cómo haría qué? —Volvió a repetir la mujer llamando de nuevo la atención de Roberto.
—Me has dicho que si fuera tu pareja me quitarías las ganas de insultar a la gente. —Sus ojos se clavaron en aquella mujer se acercaba a él.— ¿Y me pregunto cómo lo harías?
—Te estás burlando de mí. Porque no tengo tiempo para estupideces.
—No, no. —Se apresuró a explicarse.— Es que nunca he estado con nadie a quien le importara que yo hiciera esas cosas o no. Y tengo curiosidad.

El rostro de la mujer se relajó. Miró a aquel hombre para intentar descubrir algún signo de burla. Estaba enfadada pero aquella pregunta y la siguiente explicación la habían desarmado. Dudó unos instantes, en los que se sintió tentada a darse la vuelta y alejarse de aquel individuo, pero una maliciosa curiosidad la hizo quedar allí. Se relajó, cruzó los brazos en su pecho, y sonrío un levemente. —Quieres jugar ¿eh? Pues juguemos.— pensó.

—Si fueras mi pareja, te aseguro que esta noche, dormirías sobre la alfombra a los pies de la cama. ¿Y ves este cinturón? —Dijo tirando de una correo de cuero que llevaba a la cintura, con una Hebilla con la palabra “I love”. Roberto asintió.— Bien, pues te aseguro que haría que la sintieras en tu piel.
—¿De verdad le pegarías a tu pareja? —Ella se acercó más a él, y con una sonrisa en los labios le acarició levemente la mejilla.

—A mi pareja, si hiciera lo que tú has hecho hoy, haría algo más que pegarle, cariño. —La mujer le miró fijamente a los ojos.— Le daría la paliza de su vida, primero por poner su vida en peligro de una forma innecesaria, y en segundo lugar por ser un grosero. Después le besaría con ternura mientras hablaría con él para que entendiera por qué del castigo.

El corazón de Roberto estaba latiendo a mil por hora. Por un momento tuvo miedo que aquella extraña pudiera oírlo golpear su pecho. Ella le guiño un ojo y después le dio la espalda y comenzó a caminar lentamente a su coche.

—¡Qué suerte tiene tu pareja! —Le dijo Roberto con la voz quebrada por una extraña sensación. La mujer se detuvo, miró al suelo durante unos instantes que parecieron una eternidad. Después giró la cabeza para mirar aquel hombre.

—No tengo pareja. —Le respondió al tiempo que se giraba completamente hacia él.— ¿Tú te sentirías afortunado? —Roberto bajo la mirada y se atraganto. Intento contestar, pero la vergüenza que sentía ante aquella mujer no le dejó.— ¿Cómo te llamas?
—Roberto.
—Bien Roberto, y a dónde te ibas con tanta prisa.
—Tengo que entregar unos planos, y no llegaba a tiempo a coger el autobús.
—El que ha paso hace unos minutos.
—Sí, ese. —Roberto se iba relajando más y más.— Ahora tendré que esperar casi una hora, y llegaré tarde.
—Vaya. —Le dijo ella mientras se acercaba a él.— ¿Te puedo ayudar?
—No te preocupes, seguro que tienes que ir al trabajo, y…
—Iba de compras, —le cortó ella.— si quieres te llevo.
—¿No te importa?
—No, sube. Eso si no tienes miedo a venir conmigo.
—¿Por qué iba a tener miedo? —Le preguntó.—
—Puedo intentar azotarte con mi cinturón.
—Ella cerró su comentario con un guiño de ojo y una fresca sonrisa. Roberto bajo la mirada, y su corazón volvió a latir a mil por hora.—Tranquilo, era una broma. Yo solo castigo en mi casa, así que en el coche estarás a salvo. Me llamo Cristina.

Tras unos minutos en los que el silencio fue el rey de aquel vehículo, los dos comenzaron a charlar. Y cuando el coche de Cristina entró en el aparcamiento de un Laboratorio Farmacéutico, era como si se conocieran de toda la vida

—Bueno, ya estas aquí. Sano y salvo.
—Gracias, nuevamente. Perdóname por mi actitud.
—Estás perdonado. —Le respondió ella, mientras le ponía su mano en el muslo de él.— No me dijiste que trabajabas en un laboratorio.
—No trabajo aquí, solo he venido a entregar unos planos.
—¿Y Como vas a regresar?
—Cogeré el autobús ahí enfrente, —dijo señalando a una marquesina con un asiento en el que esperaban un par de mujeres con bolsas del supermercado.
—Si no tardas te espero. Yo voy a regresar al centro. —Le ofreció ella.
—No quisiera molestarte.
—Venga, no tardes, —zanjó ella dándole una palmada en el muslo.—

Roberto se bajo del vehículo, y se internó en el edificio, mientras que Cristina encendía la radio y reclinaba la cabeza en el asiento. Sus dedos intentaban llevar el ritmo de la música sobre el volante. Tras cinco minutos, la puerta del acompañante se abrió y Roberto subió al coche, sacándola de sus pensamientos.

—¿Ya estás? —Le pregunto ella, al tiempo que se incorporaba un poco y encendía el motor del coche. Roberto asintió.

El coche serpenteó por las calles de aquel polígono, hasta que se incorporó a la M—40 y se unió a una marabunta de coches que pugnaban por llegar al centro de Madrid.

—Mira, yo vivo en esa urbanización. —Le indicó ella al pasar por un grupo de Chalets rodeados de abundante vegetación.
—Se ve tranquilo. —Le respondió él.
—Si quieres un día te vienes a tomar una copa.
—¿Qué tal ahora? —Se apresuró a decir él.— Estoy sediento. —Ella le miro un segundo.
—Hoy no se si sería buena idea. Aun estoy algo enfadada contigo.
—Bueno, así podríamos hablar de ello.
—Cuando estoy enfadada, no me apetece hablar mucho. —Le dijo ella volviendo a mirarle.— Cuando estoy enfadada lo que me apetece es pedir una compensación. Dejemos esa copa para otro día ¿vale?
—Como quieras —Le respondió el secamente.
—¿Te has enfadado?
—No.
—Ya… Si tú lo dices. —Le respondió ella con desdén.— será así, aunque tu voz dice otra cosa.
—No estoy enfadado, de verdad. —Le dijo él.— Lo único que… —Guardó silencio.
—¿Entonces qué es?
—Es difícil explicarlo. —Tragó saliva.— Pero el echo es que me entristece que pese a estar enfadada no desees una restitución. Sé que es absurdo, y ni yo lo entiendo, pero es así.
Cristina redujo la velocidad y tras encender la señal de emergencia, se detuvo en el arsen, después se giró para mirarle.
—No sé si tú has entendido todo lo que te he dicho, o si yo estoy entendiendo todo lo que tú me estas diciendo a mí. Pero yo tengo muy claro quien soy y que quiero en la vida. Y no estoy para juegos.
—Yo solo sé que estoy confundido, emocionado y más perdido de lo que he estado en mi vida.
—Si te llevo a mi casa, tu actitud de hoy tendrá consecuencias.
—Lo comprendo. Y te aseguro que estoy aterrado pero a la vez enormemente emocionado.
—Esto no va ha funcionar. Apenas nos conocemos. Te dejaré en el centro y ya veremos con el tiempo.
—Me parece bien. Lo que tú decidas me parece bien.

Cristina volvió a unirse a la circulación. Ambos permanecieron en silencio. Ella le miraba de vez en cuando de reojo. Un cartel señalaba la salida para su urbanización a 2.000 metros.

—¡Mierda, mierda, mierda! —Comenzó a decir mientras golpeaba el volante. Roberto la miró.— ¡No me mires! Sé que voy a arrepentirme de esto. —Le miró de reojo.— Escúchame, si te llevo hoy a mi casa, no quiero reproches. No quiero quejas. Te iras cuando quieras, pero si te vas antes de que te lo diga, nunca volverás a hablarme. ¿Está claro?
—Sí.

Cristina puso el intermitente, y cuando llegó a la salida, se desvió y se interno en una carretera custodiada por árboles. Tras unos minutos de serpentear por calles franqueadas por chalet llegó ante uno con la fachada de piedra negra. La puerta del garaje se abrió y el todo terreno entro.

—Aún estás a tiempo de dejar todo esto.
—Quiero seguir.
—Bien, pues entonces bájate del coche.

Ambos entraron en la casa subiendo una escalera. Lo primero que vio Roberto fue un pasillo que llevaba a la puerta principal. El suelo brillaba, y los muebles eran de un estilo moderno. Había algunos cuadros con figuras geométricas de vivos colores. A su espalda había una escalera que conducía al piso de arriba. Cristina abrió una puerta corrediza de cristal que conducía a un salón. En el centro había una alfombra que imitaba a la piel de un tigre, con cabeza incluida. Él la siguió unos pasos. El taconeo de sus pasos retumbaba en una casa totalmente en silencio.

—Pasa y quítate los pantalones. —Le indicó ella sin mirarle.— Sólo los pantalones. —Puntualizó, mientras que se movía por la sala con total parsimonia. Cristina abrió una puerta que daba al jardín, después se desabrocho la blusa y la dejo encima de una mesa. Tras llegar al mueble—bar, se sirvió una copa, se giró y apoyó en el mueble, mientras observaba a Roberto. Cruzó un pie sobre el otro y dió un sorbo a la copa

Roberto acomodó los pantalones en una silla, y miró a su anfitriona. Ella bebió de nuevo. Dejó escapar una sonrisa. Después dejó el vaso en el bar, y caminó hacia Roberto. Sus pasos eran lentos, su mirada estaba clavada en la de él. Llegó a su lado, se colocó a su espalda y levantó el faldón de su camisa. Esbozo una sonrisa al ver el slip que llevaba. Entonces acaricio una nalga con el dorso de la mano. El se estremeció. Ella sintió una oleada de placer al ver ese estremecimiento. Después acercó sus labios al oído

—¿Tienes miedo? —Le susurró.
—No —musitó él.
—Muy bien, pero me gusta ese miedo que dices no tener. —Le mordió el lóbulo de la oreja, y dejó caer la mano con cierta fuerza en su nalga derecha, dejando la mano ella.— No quiero que me temas, sino que desees lo que vas a recibir de mí.
—Lo deseo. —Asevero él, y giró la cara para mirarla. Un nuevo azote cayó en su trasero.
—No me mires. —Le ordenó ella mientras se separaba de él.

Roberto bajó la mirada. Ella caminó por el salón, cogió una silla y la colocó en medio de la alfombra, después se sacó el cinturón. Con una seña le indicó a Roberto que se acercara. Cuando estuvo a su lado, le entregó el cinturón. —Mantenlo en la mano hasta que te lo pida.— Le dijo tras lo cual se sentó en la silla. Con un leve gesto le indicó a Roberto que se inclinara sobre ellas. Cristina le acomodó pasando una pierna por encima de las de él, después subió la camisa un poco y dejó su mano en la espalda. Roberto estaba extasiado. Un sentimiento que serenidad le fue invadiendo. Por primera vez en su vida, aquel sentimiento que le provocaba un vacío indescifrable se encontraba saciado. Sintió las manos cálidas de Cristina: una en su espalda y la otra masajeando su trasero, hasta que llegó el primer azote. Su sonido era hueco, provocado por la tela de su ropa interior, a ese primer azote le siguió otro y otro. El número fue aumentando así como la fuerza que Cristina imprimía a ellos. Inexplicablemente, su cuerpo reaccionaba de una forma diferente a la esperada. Pese al dolor que poco a poco iba sintiendo, su sexo fue endureciéndose más y más, hasta el punto de golpear el muslo de Cristina, quien al sentir el miembro en erección, fue aumentando el ritmo de la azotaina. Tras muchos minutos, se detuvo. La mano antes castigadora, recorría ahora el trasero en un mar de caricias. Con un movimiento ágil Cristina le bajó la ropa interior. Ante sus ojos apareció un trasero enrojecido un poco debido a los azotes recibidos. Su mano acarició aquella piel que transmitía un calor que la contagió hasta lo más íntimo. Tras esa pausa, su mano se volvió a alzar, esta vez, los azotes eran más severos. El ritmo y la fuerza habían aumentado, y la dimida rojez se transformó en un enrojecimiento intenso. La mano se abatía una y otra vez, hasta que consiguió arrancarle un tímido llanto. Cristina dejó que Roberto se deslizara de su regazo hasta el suelo. Su cara cayó en los pies de la mujer, e instintivamente, comenzó a besarlo. Besó su empeine, su tobillo. Ella se descalzo y dejó que los labios de aquel hombre le besaran los pies en medio de un tímido sollozo. La emoción le invadió, se mezcló con el dolor de la zurra recibida. Su excitación también aumentó mientras besaba y lamía aquellos pies bronceados. Ella le indico que parara y permaneciera de rodillas. Él obedeció al instante. Después Cristina le cogió el cinturón de las manos, rodeó su cuello, tras ajustarlo, se calzó los zapatos, y se levantó. Tiró del cinturón. Lentamente lo condujo hasta el dormitorio. Del techo colgaban dos cadenas que terminaban en unas esposas. Levantó a Roberto del suelo, y le ajusto los brazos a las esposas. Después se puso delante de él. Le acarició las mejillas y le beso tiernamente en los labios.

—Me has humillado. —Le comenzó a decir.— Te has puesto en peligro y me has insultado. ¿Te parece correcta tu forma de actuar?
—No.
—Bien, pues hoy vas a aprender a comportarte, y a tratarme con el respeto que me merezco. —Guardó silencio, volvió a besarle y después le dió un par de bofetadas.— Voy a enseñarte las consecuencias de tus actos. Llora si quieres. Y si deseas que pare, dime stop y me detendré. Si usas esta palabra y decides marcharte eres libre de hacerlo, pero no me verás más. Si la usas para pedirme una pausa, y después te sometes a mi voluntad, te enseñaré una fuente de placer que jamás antes has experimentado. ¿Has comprendido lo que te he dicho?
—Sí, lo he comprendido.
—Bien, porque a partir de ahora no quiero oír una palabra.

Cristina le retiró el cinturón del cuello, comprobó que las esposas no hacían más daño del necesario, y se alejó un poco. Tiró el brazo hacia atrás, y descargó el primer correazo sobre las nalgas de Roberto. Después otro, y otro. Pronto el cinturón fue dejando unas marcas rojizas en la piel. Cristina azotaba con suma precisión. Cuando el trasero estaba bien marcado, fue subiendo por la espalda, azote tras azotes la espalda también fue marcada. Cristina se detuvo. Acarició la piel maltratada. Roberto se esforzaba por contener los gritos, y las lágrimas lentamente iban desbordándose de sus ojos. Ella le besó en los labios. Acarició su trasero y su espalda. Su mano llego a su entrepierna, y encontró un sexo firme, ella sonrió.

—Relájate cariño, regálame tus gritos, no te avergüences por llorar, tus lágrimas son un delicioso elíxir. No hemos hecho más que empezar.

Después de un par de besos más, Cristina se coloco de nuevo de tras de él, y la correa volvió a morder su trasero. Los azotes llovían sin piedad, los tímidos sollozos del principio, se volvieron gritos profundos. Cuando Cristina se detuvo, ambos estaban sudorosos, cansados y sumamente excitados. Cristina libero sus muñecas, lo abrazó y besó, ella se sentó en la cama, y él se acomodó de rodillas junto a ella, con la cabeza recostada en sus rodillas. Ella le besó la cabeza, y el correspondió besándole la rodilla. Poco a poco, Roberto fue besando ambos muslos, ella se recostó en la cama, él la terminó de desvestir besando su piel y su sexo. Lentamente la excitación de ambos amenazaba con enloquecerles. Sus bocas se buscaron, y él la penetró suavemente al principio, para ir aumentando la intensidad de sus embistes, hasta llegar el clímax. Ambos amantes yacieron exhaustos abrazados

—Ven al baño —le indicó ella mientras se levantaba. Él dio un paso tras de ella. — ¡Tú, de rodillas!— Le ordenó Cristina sin mirar atrás.

Ella abrió la ducha y dejó que el agua empapara su cuerpo. Con una señal, hizo que Roberto entrara también en la ducha. Allí, bajo el agua volvieron a amarse, tras lo cual, ella lo secó. Le indicó que se inclinara sobre el lavamanos, y acaricio aquella piel lacerada. Después puso un pie sobre la bañera, y acomodó a Roberto sobre el muslo. Acaricio su trasero, estiró el brazo y cogió un cepillo del pelo. Lentamente acarició la espalda con las cerdas del cepillo, llegó al trasero y continuó hasta los muslos. El cepillo fue dejando surcos rojizos que desaparecían a los pocos segundos. Tras una leve pausa. Roberto emitió un grito en el que se mezclaban el dolor producido por la madera del cepillo al golpear sus nalgas con la sorpresa del azote. Él se aferro a la pantorrilla de su amante, mientras que ella descargaba nuevamente otro azote. En esta ocasión eran azotes enérgicos y rápidos, lo que provocó que en pocos minutos, Roberto se debatiera sobre su regazo en un mar de lágrimas para intentar escaparse de aquel castigo.

Cuando Cristina se detuvo, la piel del trasero de Roberto se había abierto por algunas zonas, y algunos hilos de sangre brotaban de pequeños poros abiertos. Ella humedeció una gasa, y con delicadeza limpió esas pequeñas heridas. Las desinfectó y cubrió con pequeñas tiritas.

— ¡Ven! Le pidió mientras que tiraba de él. Una vez en el cuarto, ella se dirigió al armario, cuando regresó junto a él traía una fusta de cuero. La lengüeta era rectangular y algo más ancha de lo normal. El mango era negro, y acababa en una talla que recreaba la cabeza de un león de marfil.

Ella vio el miedo reflejado en los ojos del hombre. Se acercó a él. Le beso tiernamente en los labios. —Falta cincuenta azotes con la fusta, y después dormiremos hasta mañana. Pero tú puedes pararlo si lo deseas. ¡Dime la palabra que te indiqué, y te llevaré a casa!
—No tengo nada que decir. Estoy aquí para cumplir tu voluntad.

Ambos se besaron apasionadamente. Sus manos se acariciaron hasta que ella lo empujó sobre la cama. — ¡Date la vuelta! Quiero que los cuentes. Si te equivocas volveré a comenzar de cero.— Roberto obedeció se giró y los azotes comenzaron a caer por todo su cuerpo. Cristina golpeaba con precisión las nalgas evitando las zonas que habían sangrado. Cuando terminó, había tenido que comenzar tres veces. Roberto sollozaba intensamente. Cristina se tumbó a su lado, le abrazo, y le besó tiernamente. Le regañó por su actitud y aleccionó para el futuro. Tras amarse una vez más, el sueño les sorprendió abrazados. Las luces del día comenzaban a mitigarse. Unos minutos antes de que el sueño lo arrastrara, Roberto entendió por primera vez aquel vacío que siempre había intentado ocultar pero que irremediablemente siempre le acababa invadiendo. Ese sentimiento repudiado por él durante años, ahora tenía un nombre, un nombre que ya no podía acallar. Junto a aquella desconocida, había experimentado la sumisión, y ese descubrimiento le cambiaría toda su existencia.

Cuando el sol volvió a ganarle la partida a la sombras de la noche, todavía estaban abrazados. Roberto abrió los ojos, y sin poder evitarlo besó los labios de la mujer que le había abierto un nuevo universo. Ella despertó lentamente y correspondió aquel beso.

—¡Buenos días, mi Cielo!
—Buenos días. ¿Cómo estas?
—Bien. Nunca he estado mejor.
—Ve a darte una ducha.

El obedeció. Cuando salió ella estaba mirando por la ventana. Estaba desnuda con la mirada fija en el horizonte.

—¿Va todo bien?
—Si, —Le dijo ella mientras se acercaba a él.— Estaba pensando.
—¿En nosotros?
—Algo así. Ven siéntate, tenemos que hablar. —Los dos se sentaron en la cama. El llevaba una toalla a la cintura, ella iba totalmente desnuda, solo calzaba unas zapatillas de suela de goma amarilla y de fieltro azul con un escudo dorado en el empeine.— Ayer fue un día especial. Tú has descubierto una forma de placer que siempre has buscado pero que no habías encontrado hasta ayer, y yo he conocido a una persona especial, pero esto no es suficiente.
—¿Qué quieres decir?
—No me interrumpas. Si de verdad estás dispuesto a entregarte a una mujer como lo has hecho ayer conmigo, tendrás que hacer lo que te diga.
—Lo que sea.
—Bien, ahora llamaré a un taxi para que te recoja en dos horas. Una vez que te hayas ido, no harás nada por contactar conmigo. Yo tengo que pensar si acepto tu sumisión. Si en tres meses no contacto contigo, te olvidaras de mí. Y jamás nos volveremos a ver. Aunque nos crucemos por la calle, si yo no te hablo, tú no lo harás. Jamás.
—¡Pero no entiendo! ¿He hecho algo mal?
—No, lo que pretendo decirte es que necesito esa prueba de obediencia. Y si no eres capaz de cumplirla es que no estas dispuesto a someterte de veras a una mujer.
—No lo comprendo, pero lo haré.
—¡Gracias! —Ella le beso en los labios apasionadamente.— Yo espero que antes de tres meses me haya decidido, si es que tu cumples con tu palabra.
—¡Cumpliré!
—Bien, aún nos quedan dos horas, así que túmbate aquí, quiero azotarte una vez más.

Roberto obedeció dócilmente. Ella retiró la toalla, y comenzó a azotar aquel trasero que aún mostraba señales de la noche anterior. Tras pocos azotes, él comenzó a moverse sobre su regazo. Cristina inmovilizó sus piernas con la suya, y se empleó a fondo azotando con la mano cada milímetro de aquellas nalgas. Tras una pausa, Cristina se descalzó y cogió una zapatilla. Sin esperar comenzó a azotar el trasero de Roberto. Le administraba tandas de 30 azotes una vez en la derecha, otra en la izquierda desde la zona alta de las nalgas hasta los muslos. El trasero fue adquiriendo un tono rojo, para llegar a estar amoratado en algunas zonas. El llanto era desgarrador, y su erección era plena, bajo aquel castigo. Un apasionado beso fue la culminación de aquella zurra, después el silencio.

El taxi se fue alejando, mientras Roberto miraba atrás, poco a poco la silueta de Cristina fue haciéndose más y más pequeña. Después de aquel día, Roberto volvió a su rutina, pero a medida que iban pasando los días sin saber de Cristina, su alma se fue haciendo más y más pequeña. Las semanas sucedieron a los días, y los meses a las semanas, con el paso del tiempo, la alegría fue abandonando el corazón de Roberto. Como si de una planta a la que han privado de luz, se fue marchitando. Dos meses después de aquel día, coincidieron en un restaurante. Durante una hora se vieron, y él tuvo que hacer un esfuerzo sobre humano para no acercarse a su mesa. Ella paso junto a él cuando abandono el local, pero ni siquiera le dedico una mirada, al menos no cuando él la buscaba. El día que se cumplieron los tres meses, algo se rompió en su interior. Igual que un castillo de naipes, sus esperanzas se desmoronaron, aplastando toda su alegría. Desde ese día caminaba sin alma, sin la energía que hace que el ser humano se supere a si mismo.

SEIS MESES DESPUÉS

Lo primero en desaparecer de su vida fue la esperanza y su alegría, después su trabajo y su novia. Poco a poco la vida de Roberto se fue haciendo añicos, cada día sin Cristina era un día que Roberto no quería vivir, un día que se convertía en una condena. Una condena para la que no existía indulto posible.

Como cada día Roberto salía a caminar por el parque, igual que lo haría un zombi, sin rumbo, sin motivación, sin un destino a que dirigirse y sin un lugar al que desear regresar. Aquel día de Julio era aún peor. Seis meses exactamente le separaban del día más feliz de su vida. Roberto llegó a su portal, lo cruzó sin prestar atención al saludo del portero. Subió los cuatro pisos que le separaban de su piso. En su puerta sobre un felpudo polvoriento había una caja marrón. Era un cubo perfecto, de veinte centímetros más o menos. Su nombre con rotulador negro en la parte superior. Lo recogió, abrió la puerta y tras mirar a ambos lados del corredor entró en casa. Corrió las cortinas, y dejó que el sol bañara toda la estancia. Se sentó y contempló el paquete durante largos minutos sin abrirlo. Tras esa pausa, lo abrió. Dentro un collar de cuero negro, no era muy ancho, con tachuelas plateadas por un lado y con un nombre dorado grabado: SU NOMBRE. Lo miró con emoción. Miró en la caja. Un papel aguardaba en el fondo, lo abrió. “Ahora estás listo para entregarte a mí, si quieres. Ponte el collar y ven a verme hoy antes de las diez de la noche. Si no vienes lo entenderé, pero si no vienes hoy no podrás venir jamás. CRIS”

EPILOGO

Un taxi para en ante un chalet a las afuera de Madrid. De él se baja un hombre. Cruza el camino empedrado hasta la puerta principal. Toca el timbre. Dentro, el sonido del timbre recorre una casa vacía. El sonido se repite, en su cadencia se camufla la desesperación del ser humano. Fuera reina el silencio. La tristeza vuelve a campar por el alma de aquel que presiona una y otra vez el timbre.

—¡No te esperaba tan pronto! —Suena una voz femenina a su espalda. El hombre se gira. Su corazón late a mil por hora, y hace un esfuerzo sobre humano por no correr a abrazar a su interlocutora.
—He tardado seis meses en llegar.
—Ya, yo necesitaba tiempo, y tú…
—Yo te necesitaba a ti. —Le interrumpió él. Ella le miró a los ojos. Una leve sonrisa afloró en sus labios cuando reparó en el collar negro que el hombre llevaba en el cuello.—
—Tú me necesitabas y yo te necesitaba a tí, pero ni tu vida tal y como era hace seis meses tenía un lugar adecuado para mí, ni la mía lo tenía para tí.
—¿Y si no hubiera venido hoy?
—Entonces significaría que tu vida era plena sin mí, y en ese caso la espera había sido acertada. De haber seguido adelante desde aquel día, hoy en vez de venir, te estarías marchando. Y el dolor para ambos sería mayor.
—Te he echado de menos. —Las lágrimas pugnaban por bañar las mejillas.
—Y yo también te he necesitado cada día.

Ella se acerca a él. Ambos se abrazan y se funden en un beso apasionado. Sus manos se recorren mutuamente, y se aferran más y más. Los cuerpos luchan y se esmeran por unirse más al otro.

—Bienvenido a casa.— Le susurra ella al oído. —En cuanto entremos, te quiero sólo con tu regalo y de rodillas.— Le ordena ella entre beso y beso. La puerta se abre, y como si de un monstruo se tratase, la casa les engulle y ellos se pierden en sus profundidades. La puerta se cierra tras ellos, protegiéndoles de las miradas indiscretas y los falsos dogmas puritanos que intentan delimitar la manera de amarse que deben seguir los mortales. Ellos se amarán como saben, y como quieren hacerlo, para vivir la vida secreta del alma. — FIN —

Autor: Cars

Publicado por Aldea Sado: 20/05/2010 — © ® 2004-2010 — Todos los derechos reservados

 

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