Relatos BDSM
Hasta pronto, mi Señor
por Yo Spankee

Definitivamente no soy la misma después de estos años, después de todo lo que he visto, vivido y disfrutado a tu lado. Me cuesta mucho decirte adiós y, sin embargo, sé que es lo más sano y lo mejor.

Cómo olvidar aquella cálida noche de abril en la que, temerosa, me adentré en ese oscuro lugar. Muchas eran las sensaciones y emociones que se agolpaban en mi interior pero era más fuerte la curiosidad que se movía en mí desde que supe que, tan cerca, en la misma ciudad en la que vivía, existía algo como lo que siempre había soñado.

Noche de cuerdas y azotes, pude leer en el flyer de papel couché, pegado en la pizarra de uno de los pasillos de la universidad a la que asistía. Decidí asistir en calidad anónima y solitaria, me alisté desde temprano y, al acercarme al lugar, pude sentir cómo mi corazón aceleraba sus latidos.

Una barra de bar al fondo, muchas personas vestidas de acuerdo a la temática de la fiesta y yo caminando lo más cerca de la orilla, no quería llamar la atención. Quería grabar en mi mente todo lo que ahí se exhibía, cada rostro, cada expresión, cada sensación y, de pronto, te vi. Te preparabas para lo que sería uno de los espectáculos de la noche. Algunas cuerdas colgaban del techo pero era una cama en forma de cruz, hecha de madera, lo que te mantenía atento. No pude evitar mirar aquel extraño mueble y, al mismo tiempo, experimentar un vuelco en el estómago al adivinar para lo que estaba hecho.

Era de color blanco, con una almohadilla al medio y cintas en cada extremo. Sin darme cuenta me había acercado demasiado y notaste mi presencia. Me observabas divertido pues, seguramente, advertiste en mi mirada que todo eso era nuevo para mí. Amablemente te acercaste y me dijiste tu nombre. Asustada di un par de pasos hacia atrás y sonreíste. Tú no lo sabías pero en ese momento comenzó, para mí, la mejor parte de mi vida, algo que jamás se podrá repetir y, sobre todo, sin alguien como tú a mi lado.

Tenía yo apenas 21 años que parecían pocos frente a los 46 tuyos. Preguntaste mi nombre y me halagaste con palabras dulces a favor de mis ojos y mi sonrisa. Mi juventud y belleza parecieron embrujarte, tiempo después lo confirmé, tú así me lo hiciste saber.

Desde varios años antes me había sentido atraída por ese bello mundo que, después, tú te encargarías de mostrarme teórica y prácticamente. Esa noche fue mágica en todos los sentidos. Las luces del lugar ayudaron pero las actuaciones, tuya y de tus colegas, fueron la cereza del pastel. La música que los acompañó fue ideal, las chicas y chicos que participaron como ‘objeto’ de muestra fueron también, por qué no decirlo, deliciosos y yo, vaya, yo simplemente estaba en un maravilloso éxtasis del que deseaba no salir jamás.

Algunos lo llaman casualidad otros, destino. Para mí, mi cuerpo y mi corazón fue lo mejor que pudo haber sucedido y por la importancia que tiene, preferimos, ellos y yo, no nombrarlo de ninguna forma.

A partir de esa noche permanecimos juntos. Saliendo del lugar fuimos a caminar y, sin que alguno opusiera resistencia, hablamos durante horas hasta que el amanecer del día siguiente nos alcanzó. Me contaste tu vida, hablaste de tus experiencias, los lugares a los que habías viajado, las escuelas a las que habías asistido y lo que, "practicar lo que viste en el bar implica", me dijiste.

Yo también te hablé de mí. Aún no terminaba la universidad y recién había dejado de vivir con mis padres. Yo no tenía experiencia, por el contrario, tenía tantas dudas, tantísimas preguntas y mayor expectativa de la vida. Me dijiste que tú ibas a enseñarme, si yo gustaba, acerca de todo lo que me daba vueltas en la cabeza. Desde el primer momento me hablaste de respeto, lealtad, obediencia, sumisión y compromiso. Parecía que todo aquello ya lo había escuchado antes pero, debo confesar, tú le dabas un toque muy especial.

Fuimos paso a paso, a veces lento para mi gusto pero tú me enseñaste que debía ser paciente. Me ayudaste a convertirme en alguien mejor pues pusiste énfasis en mi desarrollo académico así como en mi actitud y disposición hacia ti. Me mostraste una cara distinta de la vida y de a poco fui sintiéndome tuya...

A momentos sentí cierta rigidez y dureza de tu parte pues nunca pasaste por alto ninguna de mis faltas… aunque tampoco lo hiciste con mis logros, los cuales, premiabas generosamente. Me enseñaste la belleza de la entrega incondicional y también la parsimonia de los rituales que practicábamos y que ahora eran sólo nuestros. Mi cuerpo llevaba, orgulloso, marcas tuyas.

Jamás podré olvidar el día en que me regalaste ese collar, aunque tú decías que me lo había ganado, yo prefería pensar que era parte de la gran generosidad que te caracterizaba. Claro que no podía portarlo siempre pero lo hacía cuando estábamos juntos y me permitías arrodillarme a tu lado y posar mi cabeza en tu regazo mientras me acariciabas cariñosamente.

Un día decidiste que viviéramos juntos y yo me sentí tan feliz. Por fin podría estar a tu lado día y noche. A partir de ese momento compartimos nuestras vidas al cien por ciento. Podría sonar arrogante, podrías incluso recriminarme por ello pero, siempre he pensado que, yo gané más que tú al estar juntos.

Estuviste en los días más importantes de mi vida… recuerdo tu sonrisa orgullosa el día que me gradué con honores de la universidad. Las noches previas en las que, estrictamente, me ayudaste con mi discurso y, lo mejor, tu mirada vidriosa mientras aplaudías eufórico cuando lancé el birrete al aire. Lágrimas ruedan por mi rostro cuando pienso en el día de nuestra boda. La gente que nos conocía por fuera y nuestras familias, compartieron ese momento sin saber que tú y yo ya estábamos unidos de por vida desde hacía mucho tiempo atrás, tus iniciales tatuadas en mi espalda eran prueba de ello.

Siempre me gustó el color negro, tú me enseñaste a portarlo con elegancia, aunque con discreción; incluso cuando pasábamos tiempo en esa habitación que adecuaste en nuestra casa. A veces teníamos invitados "especiales" y tú me ayudabas a elegir el atuendo más apropiado para la ocasión porque yo nunca podía decidirme entre tantos que me comprabas siempre. Tu manía por traerme regalos y ropa bonita iba más allá de mi capacidad. Me hacías tan feliz.

Me gustaba obedecerte, ser tuya hasta en mis pensamientos. Aprendí la forma de permanecer a tu lado y tú fuiste quien me enseño a ser fiel a mis sueños y deseos sin pasar por encima de lo que éramos tú y yo juntos.

Mi familia te adoraba, a pesar de la distancia física, siempre mantuvimos una relación cercana a ellos y sé, porque me lo dijeron en varias ocasiones, que estaban seguros que a tu lado yo estaba bien. Tu presencia en mi vida regaló tranquilidad a quienes, como tú, me aman y se preocupan por mi bienestar. Mamá no deja de insistir en que "eras" el hombre perfecto. Nunca estuve tan de acuerdo con ella.

Cierro los ojos y pienso en todas esas tardes en las que mi cuerpo desnudo ansiaba tu atención. Mentiría si dijera que me acostumbré al dolor, a las sensaciones o a las situaciones, porque, cada experiencia a tu lado era siempre diferente, maravillosa, excitante. Me hacías estremecer con alguna nueva idea y, sabías bien lo que hacías, la adrenalina comenzaba a fluir desde que me describías aquello para lo que debía prepararme, física y psicológicamente. Confiaba ciegamente en ti, jamás me pusiste en riesgo alguno.

Tú me trajiste hasta donde estoy ahora. No sé qué habría sido de aquella chica, temerosa y ansiosa, que entró a un bar buscando saciar su curiosidad si no te hubiera encontrado. ¿Será que quien me encontró fuiste tú?. Decías que te gustaba que la vida te sorprendiera, que las cosas pasaban por algo y que si, tú y yo, coincidimos en algún punto de este infinito universo, es porque estábamos predestinados a ello… Sonrío mientras recuerdo el fragmento de esa canción que me cantabas al oído... "tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio… y coincidir"
¿Se puede hablar en pasado?... Temo hacerlo, duele.
Eras mi Amo, mi Dueño, mi Señor... y yo seré tuya hasta la eternidad.

Hace apenas dos días que te fuiste, quiero pensar que estábamos listos para ello pero, mi corazón insiste, te extraño y desearía que las cosas fueran distintas pero la decisión estaba tomada, lo decidimos juntos y tú sabes bien que yo obedecería tus órdenes, así se me fuera la vida en ello. ¡Qué ironía!

Nunca te doblegaste, eras mi maestro, genio, mago, comediante, psicólogo, excelente ser humano… mi todo. Mi vida no podría haber sido de otra forma. Tú siempre tenías las palabras, la actitud, la respuesta adecuada para cada situación que la vida nos pusiera enfrente... incluso para esto.

El tumor nos tomó por sopresa, siempre cuidaste, incluso de manera obsesiva, tu salud, ¿quién lo habría pensado?. Cáncer en el hígado. Al principio los medicamentos ayudaban bastante, los dolores eran soportables y la sonrisa en tu cara ayudaba a que el trago fuera menos amargo para mí. Ahora que lo pienso, siempre era yo tu prioridad, gracias mi Amo.

Nunca te quejaste, nunca a propósito. Al final fue inevitable. Me pediste que te dejara ir, dijiste que algún día volveríamos a encontrarnos y entonces, la finitud no sería un obstáculo. Creíamos en lo mismo, sabíamos que nuestra presencia en este mundo terreno es esporádica pero, sabíamos también, que hay un más allá: nuestro, eterno, feliz.

Pocas veces me negué a algo que me pidieras, lo hacía sólo cuando me sentía débil, cuando, egoístamente, me ponía delante de ti, esta vez no iba a fallarte.

Esa tarde vestí el traje negro con detalles rojos que tanto te gustaba, el collar plateado con tus iniciales decoró mi cuello y mis zapatillas negras llevaban dentro, cada una, la piedrita con la que me recordabas que no hay dolor u obstáculo que pueda detener mi camino, aunque mi corazón deseaba que ese camino fuera siempre de la mano contigo.

Sonreíste al verme entrar, sé que notaste cada detalle. Como habíamos acordado pedí a los médicos que nos dejaran a solas, me acerqué a ti, mi cabeza más abajo de la tuya en señal de la sumisión que siempre tuve para contigo. Mis labios temblaban, mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Tu mirada recorría mi rostro, parecía como si quisieras grabar mi recuerdo en tu memoria para cuando nos encontrarámos de nuevo.

¿Cómo hacías para ser tan fuerte?

Agaché la mirada, quería encontrar las palabras adecuadas, quería tragar el nudo que me ahogaba. Quería decirte que te amaba, pedirte que no te fueras, ser yo quien estuviera en esa cama de hospital.

Levanté la mirada en cuanto sentí que apretabas mi mano. Sonreías. Con la voz apagada me agradeciste por todos los momentos compartidos, dijiste que me esperarías ansioso, que debería portarme bien y que nunca dejaríamos de ser el uno del otro. No llores, me pediste. Asentí secándome las lágrimas con un pañuelo. Me ordenaste ser fuerte, te besé en los labios.

Llamé a los doctores para que, frente a mí, y previa autorización de ambos con una firma de por medio, desconectaran uno a uno los aparatos que te mantuvieron vivo hasta hoy... Mis piernas temblaban a la par de mi labio inferior que mordía tratando de hacer lo que me pediste, nuevamente el egoísmo intentaba hacerme su presa pero mi corazón sabía que el momento del adiós había llegado... cerraste los ojos, lo hice yo también sin soltar tu mano...

Hasta pronto, mi Señor... - FIN -

Autor: Yo Spankee

Publicado por Aldea Sado®: 16/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!

 

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