Relatos BDSM
En mis sueños contigo
por El Fantasma del paraíso

Si sólo supieras ... lo que hago en mis sueños contigo ...

De nuevo, ante la pantalla del ordenador, parpadeaba levemente el nombre que ella adoptaba para contactar desde aquel medio. saludaba esperando la respuesta de su ciberamante. Y así, con cierto remordimiento, él escribía innumerables mensajes tratando de acercarse a la realidad más allá de los textos y la incalculable distancia cibernética. Transcurría la tarde y debía cortar. Cada vez temía más que su mujer sospecharía que aquellas ausencias no se debían a asuntos laborales. En esto de la mentira la base es la coherencia: basta un dato erróneo, un patinazo, y todo el edificio de ficciones se derrumbaría. Pero su esposa no hacía preguntas y eso le resultaba más pesaroso puesto que se sentía doblemente traidor al meditar que su conyuge confiaba demasiado en un hombre indigno de tanta fidelidad.

A su mujer no es que no la quisiera; era que simplemente jamás podría realizar con ella sus fantasías ocultas. Se imaginaba contándole el gusto por azotar a una señora y acto seguido siendo tildado de demente o algo peor. En cambio la “damaduende” era tan diferente ..... Con ella era él mismo, sin tabúes ni inseguridades. Y a su amante oculta más allá del monitor le ocurría exactamente lo mismo con su pareja encontrándose idénticamente imposibilitada para practicar con su marido actividad alguna relacionada con azotes de modo que eran almas gemelas en su infortunio. Llevaban meses chateando. Un tiempo que les permitió a ambos explorar en su interior sus más recónditos pasadizos hasta el abismo de sus deseos. Y ahora, jugaban y jugaban aprendiendo a gozar el uno del otro. Pero, ¿qué hacer con su mujer? Sospechaba que ella habría percibido algún cambio en su interior pero estaba disimulando, autoengañándose para simular que todo era rutinario. Tarde o temprano la situación explotaría y entonces...

Una fría tarde de comienzos de invierno él salió a pasear. Siempre se piensa mejor al aire libre que entre cuatro paredes, cavilaba. La damaduende le había pedido conocerse por fin. Ambos vivían en la misma ciudad lo cual facilitaba la cuestión del desplazamiento. Pero.... ¿se atrevería? Era lo que más deseaba mas dar el paso se le aparecía como bucear muy hondo buscando un tesoro. Anhelaba llegar hasta el cofre de las monedas de oro pero podría sucumbir mientras descendía por aguas que imaginaba oscuras y heladas. ¿Tendría fuerzas para semejante inmersión? ¿Y si llegaba al botín, querría ascender a la superficie o le atraparía el fondo de sus pasiones y ya nunca sería capaz de retornar a su vida hogareña? ¿Podría dejar a su mujer, aquella con la que había convivido quince años? ¿Tenía aquello sentido? ¿No sería ir en pos de un rayo de luna que se le asemejó una realidad y que la ciber-distancia dibujó como la mujer ideal para él y cuando lo atrapara se le esfumaría entre los dedos? En un lado de la balanza estaban sus sueños que muy hipotéticamente podría realizar y en el otro su tranquila y segura situación de hombre de familia. La batalla se intensificaba en su pensamiento mientras una suave llovizna llenaba la acera de miles de pequeños espejos que reflejaban caleidoscópicamente la luz de las farolas ya encendidas. Y por fin, estalló algo en sus entrañas y la decisión fue tomada: tenía que verla; hacer realidad sus oscuras aficiones y seguir adelante.... Entró en un ciber café cercano y anunció en un mensaje a su cómplice que estaba dispuesto.

Al volver a casa se sentía incapaz de mirar a su mujer cara a cara. Ella seguía extrañamente impasible, como no dándose cuenta de nada. Pero eso no podía ser. Casi estuvo a punto de contarle la verdad pero optó por callar y se retiró a dormir temprano en silencio.

Al día siguiente, desde su trabajo, coincidió con damaduente. Los dos externaros sus sentimientos de culpa al traicionar a sus respectivas parejas pero la fuerza de la pasión que sentían era ya irreprimible. Esa misma tarde quedarían. Consensuaron ir vestidos con una prenda peculiar que les identificara. En esos meses ni se mandaron fotos ni hubo visión por cámara web. Cada uno había descrito vagamente su aspecto físico así que era interesante poder ayudarse con un distintivo para que no hubiese equívocos. Él llevaría un sombrero verde oscuro y un abrigo negro; ella un vestido violeta con una bufanda rosa. Se citaron en un restaurante céntrico al día siguiente a las siete de la tarde.

Las horas transcurrieron insoportablemente lentas. Cuando llegó el momento de partir casi estuvo a punto de echarse para atrás. Pero sabía muy bien que lo lamentaría el resto de su vida. Finalmente se armó de valor. Su mujer había salido hacía un buen rato. Apenas se habían visto un instante a la hora del desayuno. El resto del día no habían coincidido. Le dejó una nota para que supiera que tenía una imprevista cena de empresa y que no le esperara esa noche. Sintiendo flaquear las piernas, abandonó el apartamento para dirigirse al lugar de encuentro con la damaduende.

Entró en el restaurante teniendo plena conciencia de que ya no había marcha atrás. Un concurrido número de personas charlaba en la barra del bar mientras otros esperaban mesa para cenar. Era la hora en punto. Ambos conocían esa casa de comidas por lo que habían concertado esperar al lado de la entrada al comedor. Ella no había llegado aún. Nadie presentaba el atuendo acordado. ¿Y si no venía? Si se demoraba demasiado sin duda le asaltaría la tentación de escapar de allí. Pero ella entró. Abrió la puerta de acceso una mujer ataviada con la ropa elegida. Poco a poco se fue acercando a él y por fin, estuvieron cara a cara. Cuan grande sería su sorpresa al comprobar que ella, que la damaduende...¡¡¡era su esposa!!! - FIN -

Autor: El Fantasma del paraíso

Publicado por Aldea Sado ®: 23/09/2010 - © 2004-2010 - Todos los derechos reservados

 

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