Se conocían desde hace ya algún tiempo, desde que un amigo común los presentó una noche de copas, después de eso habían coincidido en algunas ocasiones, pasando buenos ratos, pero sin que realmente hubiesen intercambiado más que las frases generalmente banales que uno intercambia con conocidos que no son realmente amigos en una noche de sábado
Ese día, sin embargo, era distinto, por cuestiones laborales (ambos se dedicaban a la consultoría pero en empresas diferentes) él le había pedido reunirse para tratar un asunto de colaboración entre ambas empresas y quedaron para verse, esta vez solos.
Tras tratar los temas profesionales durante buena parte de la mañana se dieron cuenta de que el tiempo se les había echado encima, ambos tenían hambre así que decidieron salir a comer juntos en un restaurante cercano
Durante la comida, una vez aparcados los temas profesionales ambos comentaron de forma alegre y distendida el tiempo que hacía que se conocían y sin embargo era la primera vez que mantenían una verdadera conversación.
Ella era una mujer alta, de unos 30 años, rubia de ojos claros, tenía unos ojos grandes y expresivos que resaltaban en un rostro de rasgos finos. Vestía un traje chaqueta blanco y un ajustado top que resaltaba unos pechos generosos.
Se despidieron después de los cafés, ya que ambos tenían que regresar a sus respectivas oficinas pero el le dijo que le llamaría en breve para continuar lo empezado. Ella sonriendo, contestó: de acuerdo.
Cuando ella se marchó el se quedó un rato contemplando como al andar, la tela de su impecable pantalón blanco realzaba su culo, firme, no demasiado grande, espléndido.
Tal y como le había dicho, ella recibió un mensaje en su móvil a la semana siguiente: “El próximo viernes a las 21:00 te espero para continuar nuestra charla en el restaurante El Dorado”. M.
Ella no respondió, no le gustó el tono del mensaje y se olvido de él, todavía faltaban tres días para la cita, ya pensaría si iba o no.
Cuando el viernes a las 6:30 de la mañana sonó el despertador avisando del último día de trabajo de la semana, Sofía se despertó sobresaltada; no sabía muy bien porqué, pero recordó que había soñado con él: no se habían tocado, simplemente él la miró fijamente a los ojos con una miranda limpia y cristalina, después despertó y para su sorpresa comprobó que sus bragas estaban mojadas. Decidió que acudiría a la cita pero no le avisaría, así comprobaría si él también se presentaba.
Cuando llegó al local, él ya estaba esperando, sentado en la mesa más céntrica del restaurante, desde donde podía verse todo el recinto, era el punto más espacioso, amplio y mejor iluminado de todo el lugar, cualquier persona que entraba inevitablemente dirigía sus miradas hacia ese punto.
Se saludaron con un beso y comentaron cómo les había ido el día, después pidieron la carta.
La cena resultó agradable, ambos charlaron animadamente de temas más o menos intrascendentes y las sonrisas resultaron habituales para ambos, incluso en ocasiones una franca risa de él hacía que ella inconscientemente, no pudiese apartar la mirada de su boca.
Después de los postres, mientras tomaban un café, uno frente al otro, él repentinamente se puso serio y la miró directamente a los ojos.
—Quítate las bragas
—¿cómo?
—Dame tus bragas. Ahora.
Ella no reaccionó, el continuaba sin apartar la vista de su rostro. Ella llevaba puesto un vaporoso vestido de seda negro, tras un instante y sin saber muy bien porqué ella se arqueó en su silla y bajando la mano dejó que sus bragas resbalasen hasta su tobillo, después en un gesto rápido las cogió y mirando de reojo para comprobar que nadie miraba se las entregó como él le había pedido. Al entregárselas le miró a los ojos y un intenso rubor acudió a su rostro. Se dio cuenta que el hombre que tenía en la mesa frente a sí no había perdido detalle del suceso. La vergüenza hizo que bajase la vista inmediatamente.
Él levantando su barbilla volvió a mirarle a los ojos y susurró:
—Gracias, a partir de este momento, harás únicamente cuanto yo diga, si te pido u ordeno algo lo ejecutarás de inmediato y sin protestas. Puedes en este momento no aceptar esta condición, si lo haces seguiremos siendo amigos pero no habrá más relación entre nosotros que la mera amistad, si aceptas gozarás como nunca antes lo has hecho. Tu única obligación es obedecerme.
Ella lo miró, nunca nadie le había hablado así, en sus relaciones siempre había sido ella la que mantenía el control de la relación, y, aunque había oído hablar de ello y había visto en alguna ocasión alguna página en Internet nunca se había sentido atraída por las prácticas BDSM, sin embargo, algo en su interior vibró y de forma clara y firme respondió:
—Sí
—De acuerdo entonces – contestó él sonriendo y cogiéndole de las manos— Me obedecerás en cuanto te ordene y harás todo aquello que yo te pida. Por supuesto conservarás tu libertad para romper este compromiso cuando desees, pero el compromiso es para las 24 horas del día los 7 días de la semana. A partir de este momento eres mía.
—Sí, repitió ella. No se explicaba porqué pero sentía que esto era lo que había esperando y anhelado desde que había abandonado la adolescencia, él no era alto ni especialmente fuerte y su voz era suave, sin agresividad, pero su mirada, su firmeza, hacía que Sofía no pudiese resistirse. Notó que su sexo estaba empapado.
—Me gustas – continuó diciendo él, mientras acariciaba las bragas que ella le había dado unos momentos antes—Me gustan tus tetas y tu culo y quiero sentir el placer que se que tú sabes dar, quiero que tú goces como nunca has gozado y como estoy seguro que deseas pero si me desobedeces o no cumples mis deseos serás severamente castigada y no recibirás nada más de mí.
—Quiero ser tuya, respondió Sofía en un murmullo, estoy ya encadenada a ti y te serviré en todo aquello que desees.
—Esta bien, vamos. Quiero que ahora te levantes lentamente y te dirijas muy despacio a la salida para que todos los que están cenando puedan apreciar tu cuerpo. Quiero que te exhibas para ellos.
Dejaron el importe de la cena encima en la mesa y se levantaron, al hacerlo Sofía dejó al descubierto su sexo perfectamente depilado al caballero de la mesa de enfrente que sonrió lascivo, después caminó despacio hacia la salida, dejando que él pudiese apreciar la redondez de sus nalgas, movía sus caderas lentamente y al pasar junto a una pareja mayor sentada en la mesa de al lado pareció tropezar, dejando que sus redondas y firmes nalgas quedasen al descubierto ante la mirada de todos.
Él la condujo hasta su casa, un espacioso apartamento a las afueras de la ciudad. Cuando entraron en casa, se sirvió una copa y a ella le dio un botellín de medio litro de agua fría.
—¿Porqué me das agua, yo también quiero una copa?
—Eres una zorra caliente y tienes que enfriarte, además nadie te ha dicho que cuestiones mis deseos, quiero que te la bebas entera.
—Si, señor.
Sentados en el sofá el comenzó a acariciarla, sujetando sus generosos pechos por encima del vestido, sus manos fueron resbalando hasta alcanzar su sexo desnudo, donde se detuvo apretando levemente su bajo vientre, ella sintió un espasmo y una corriente de deseó recorrió su cuerpo, notó como sus pezones se erizaban y quiso besarlo. Él no se lo permitió.
—Continua bebiendo le dijo, quiero que te acabes la botella.
El agua fría calmaba en parte su ansiedad, pero las caricias de él estaban haciendo que ya no pudiese disimular su deseo y arqueando su cuerpo se acercó a él.
—Eres tan zorra, que ni medio litro de agua fría puede calmar tu deseo, ahora vas a recibir un castigo por eso—le dijo el mientas le quitaba el vestido y cogiéndola del brazo la llevaba a otra habitación.
En la habitación una cama, una mesilla y algunos muebles, era toda la decoración. La tumbó en la cama boca arriba y le ató las manos y los pies al cabecero de la cama. No apretó demasiado, pero si lo suficiente como para que ella no pudiese soltarse. En ese momento se dio cuenta de que verdaderamente estaba encadenada a él. Sitió una mezcla de temor y un deseo irrefrenable.
El se acercó y volvió a apretar la base de su sexo suavemente, con dos dedos, esa presión en su vejiga y el medio litro de agua que había bebido la hicieron sentir unos urgentes deseos de orinar pero no se atrevió a decir nada y esperó.
El se retiró de nuevo y sacó de uno de los armarios un pequeño látigo de cuero, se lo mostró, ella tembló.
—Ahora vas a ser castigada por ser una zorra caliente y para que aprendas que debes obedecer todos mis deseos sin cuestionarlos.
Se acercó de nuevo a ella y acarició suavemente con el látigo su cuerpo bajando desde los pechos duros y enhiestos hasta su sexo, ofrecido y húmedo. Sofía se estremeció de deseo y sitió la necesidad cada vez más urgente de orinar.
El primer latigazo cruzó sus pechos haciendo que a Sofía se le escapase un grito mezcla de sorpresa, dolor y placer, el cuero dejó una suave línea roja en su piel. El segundo latigazo, en el vientre, hizo que se retorciera. Él se detuvo un instante y contempló las marcas que habían quedado en su cuerpo, después vio su rostro en el que intensas emociones se entremezclaban, acaricio nuevamente su sexo con el látigo y notó la humedad que de él se desprendía.
Los tres siguientes azotes alcanzaron su sexo, haciendo que su clítoris se hinchase, no fueron azotes fuertes pero si lo suficiente como para que Sofía gimiese de placer y dolor.
El se acercó y la obligó a girarse en la cama, colocándose esta vez a cuatro patas, la obligó a separar las piernas y volvió a sujetarla a la cama, dejando así al descubierto su hermoso culo, su ano y su sexo ya excitado. Le ofreció un nuevo vaso de agua que esta vez ella agradeció y acarició su culo, y su sexo, volviendo a apretar levemente su vejiga y dejando que sus dedos rozasen la entrada de su ano.
Sofía no pudo aguantar más y un leve chorro de orina salpicó la cama, ella se movió incómoda y, avergonzada se atrevió a pedir:
—Por favor, desátame…. Necesito ir al baño.
—No pienso desatarte hasta que no termine tu castigo, si necesitas ir al baño deberás aguantar, no quiero que me manches la cama
Ella suspiró y trató de concentrase para evitar orinarse, sentía mucha vergüenza por verse expuesta así ante él pero había aceptado obedecerle en todo, quería complacerle, se sentía encadenada, sólo haría lo que le ordenase.
Ah, —continuó él,—tampoco quiero que te corras, se que lo estás deseando pero deberás aguantar hasta que yo te lo diga.
El látigo restalló en su espalda, ella gritó sorprendida, los siguientes azotes cayeron sin piedad sobre su culo. El castigo duró varios minutos en los que Sofía sitió un torrente de sensaciones tan intensas como nunca antes había sentido y trató de concentrarse en cumplir los deseos de la persona a la que, por su propia voluntad sin más imposición que la fuerza de su mirada, había decidido entregarse.
De pronto los azotes cesaron y ella notó como unas manos acarician sus duros pezones y unos dedos se introducían en su sexo completamente empapado, deseó que la penetrara, sabía que aunque quisiese no iba a poder aguantar más. En un instante notó como su pene buscaba la entrada de su ano, arqueó más la espalda yendo a su encuentro y durante unos instantes ella sitió el placer en oleadas. Él le susurró: ahora si, ahora puedes llegar, cariño, ella se abandonó, sintiendo el orgasmo más intenso del que había gozada nunca, su último pensamiento, antes de caer rendida en la cama fue: estoy encadenada al cielo, estoy encadenada a ti”. —FIN —
Autor: El Peregrino
Publicado por Aldea Sado: 20/05/2010 ——© ® 2004-2010 —Todos los derechos reservados
Si usted desea hacer un comentario sobre esta nota acceda desde este link al Foro Aldea del Sado.
|