Cuando nos apuntamos al taller, no nos imaginábamos ni por un instante dónde nos estábamos metiendo… Vale que fuese un taller sobre sexualidad, pero lo que nos encontramos sobrepasaba todas nuestras expectativas…
El día que estaba programado nos subimos al coche, deseando llegar al sitio acordado para ver que nos deparaba el ansiado taller…
Al llegar a la dirección que nos dieron encontramos un chalet apenas visible entre la cantidad de árboles que había a su alrededor. Al bajar del coche y observarlo detenidamente no pudimos hacer otra cosa que meditar por unos minutos si la situación nos parecía normal o más bien sacada de una novela de misterio o de terror… Y bromeamos sobre si dentro de esa casa nos esperaría un asesino psicópata, un vampiro que nos chuparía la sangre en mitad de la noche o si encontraríamos un cementerio indio en el sótano…
Entre bromas nos dirigimos a la entrada y para nuestra sorpresa, nos abrió la puerta una bella muchacha, de perfectas curvas y una mirada penetrante, y la sorpresa fue ¡¡que iba desnuda!! Ahora ya sí que estábamos confundidas… Vale que fuera un taller sobre sexualidad, ¡¡pero nadie dijo que fuera un taller nudista!!
La hermosa muchacha, cuyo nombre nos comunicó mientras nos conducía hacia el interior de la casa, se llamaba Lilith, o al menos así era como se hacía llamar.
Nos dejó en una sala sin decir nada salvo que debíamos esperar allí y que estuviésemos tranquilas. La situación era cada vez más rara y empezábamos a plantearnos seriamente la opción de marcharnos de allí, cuando se apagaron las luces y nos quedamos en la sala, solas y completamente a oscuras…
De la oscuridad salieron unas manos que me agarraron con fuerza y antes de que pudiese gritar me amordazaron dejándome sin opción de emitir el más mínimo sonido… Lo siguiente que recuerdo es despertar atada de pies y manos, completamente desnuda y sola en una habitación con muy poca luz… No paraba de preguntarme donde estaban mis amigas, mi ropa y por qué me sentía algo excitada ante aquella escena…
Me dio la sensación de que pasaban horas hasta que escuché el cerrojo de la puerta… Es curioso que el cerrojo estuviese echado… Eso significa que quien fuera que me tuviese allí encerrada esperaba que hiciera un esfuerzo por escapar, pero sin embargo, y para mi asombro, no había hecho intento alguno de deshacerme de las cuerdas que me tenían amarrada a la cama, ni había intentado gritar pidiendo ayuda, ni siquiera me había movido un ápice desde que había recuperado la consciencia… Qué raro… Simplemente me había quedado allí, quieta, esperando, no sé a qué ni por qué…
Cuando se abrió la puerta me quedé helada ante tal visión. Una hermosa mujer, de rostro dulce y cuerpo despampanante se acercaba a mí, con una cadena en la mano de cuyo extremo colgaba un collar de perro y ese collar de perro estaba atado alrededor del cuello de un chiquito joven, delgado, muy mono, que iba a cuatro patas y mirando fijamente al suelo.
Ella se acercó a mí, se sentó en el borde de la cama e inclinándose sobre mí me acarició la mejilla a la vez que me preguntaba “¿Estás aquí voluntariamente?”, no sé a qué se debió, pero a pesar de que en mis adentros gritaba “¡¡¡No!!! ¡¡¡Suéltame, zorra!!!” dije que sí. “Perfecto” me respondió levantándose de la cama. Acto seguido se agacho hacia el chico al que llevaba atado, le susurró algo, le desató y salió de la habitación dejándonos a los dos a solas.
No me lo podía creer. Estaba realmente excitada ante la situación. No sabía que me estaba pasando, pero me gustaba… No podía dejar de mirar a aquel chico, estaba totalmente sorprendida con su entrada. Además me llamaba mucho la atención que no hubiese levantado la mirada del suelo desde que entró por la puerta. De repente levantó la mirada y se acercó mirándome fijamente. Hasta ese momento no había tenido la oportunidad de ver sus ojos. Tenían un color turquesa que no solo llamaban la atención, sino que te hipnotizaban.
Comenzó a lamerme los pies. No daba crédito a lo que estaba sucediendo. No daba crédito a lo mucho que estaba disfrutando… Era una sensación agradable, placentera… Nunca lo hubiese dicho… Disfruté de ese extraño y nuevo placer que se me estaba proporcionando.
Lamía la planta de mi pie, el empeine, los dedos, el empeine de nuevo, mis tobillos… Fue recorriendo mis piernas con su lengua, de arriba abajo, haciéndome estremecer cada vez que se paraba a besar el interior de mis muslos, a lamerlos, y volvía a recorrer mis piernas.
La siguiente vez que llegó hasta mis muslos no se detuvo, sino que siguió subiendo para centrarse en mi entrepierna. Creí enloquecer, un placer intenso recorrió todo mi cuerpo, apenas tenía un orgasmo él me provocaba otro, me estaba dejando totalmente sin aliento… Creí incluso que perdería la consciencia si seguía así. Notaba cómo se me clavaban las cuerdas que me mantenían atadas las muñecas y los tobillos cada vez que mi cuerpo se retorcía de placer…
Cuando quedé totalmente exhausta volvió a besarme el interior de los muslos y continuó lamiendo mi vientre, mis pechos… Cada vez que apoyaba su cuerpo contra el mío sentía su erección… No pude evitar que me invadiese el deseo de tenerle dentro de mí, de que me penetrara de forma salvaje, sin ningún miramiento…
Me sobresaltó el sonido del cerrojo. No me había dado cuenta de que lo hubiesen vuelto a echar. Entró la mujer de antes y, en el acto, el chico bajó de la cama y corrió a sus pies. Ella enganchó de nuevo la cadena al collar y, rascándole detrás de las orejas, le dijo “buen chico, te has portado muy bien”. Se le iluminó el rostro al escuchar esas palabras y pensé que sólo le faltaba tener un rabo que mover para ser totalmente como un perrito (no iba muy desencaminada en cuanto a la idea). Cogiéndole la cara entre sus manos y mirándole fijamente con ternura le preguntó como quién ofrece un caramelo a un niño “¿te gustaría montar a la perrita?” De nuevo me imaginé a Toby (nunca me dijeron su nombre y como todos los perros responden a Toby, le llamé así a partir de entonces) moviendo la cola imaginaria como si de un perro al que le enseñan un premio se tratase.
“De acuerdo, le preguntaremos al Amo si te deja jugar un rato con la perrita cuando acabe con ella”, le decía mientras me miraba de reojo y se le dibujaba una sonrisita maliciosa en el rostro…
Asi que… ¿la perrita era yo? ¿Y a quién tenían que preguntar nada? ¿Hola? ¿Es que yo no tenía ni voz ni voto? Vale, por la mirada que me echó cuando abrí la boca para hablar me quedó claro que no.
Acto seguido salió llevándose a Toby con Ella. Estaba sola de nuevo, preguntándome que pasaría, qué era todo eso y por qué me excitaba…
Al poco entró un hombre. Su presencia era imponente, su forma de andar inspiraba fuerza, poder, y su forma de mirarme deseo y pasión. No pude evitar quedarme paralizada, mirándole fijamente a los ojos. Se acercó a mí, lentamente, manteniendo mi mirada y me abofeteó. Por unos segundos me quedé bloqueada, con los ojos como platos. No me lo podía cree. Volví a levantar la mirada y me revolví cabreada.
“Mmmm… Eres desafiante, me gusta. Me gusta poder ser yo quien te vaya a quitar esa actitud, perra”. Al escuchar eso me quedé quieta pensando “¿dónde coño te has metido?”
Él caminaba a mi alrededor, mirándome de arriba abajo, con una expresión cariñosa que me hizo sentir mucho más tranquila al instante. Se volvió a acercar a mí. Y mientras se acercaba se le empezó a dibujar una sonrisa algo malévola. Pesé que me abofetearía de nuevo por seguir manteniéndole la mirada, pero en lugar de eso me besó apasionadamente y empezó a desatar las cuerdas de la cabecera de la cama mientras me decía “¿vas a portarte bien, perrita?” Asentí con la cabeza. Ya libre de mi prisión con forma de cama, pero con las cuerdas aún alrededor de mis muñecas, me hizo levantar, me llevó hasta uno de los barrotes de la cama y me ató abrazada a éste.
“A partir de ahora yo soy tu Dueño y Señor y te dirigirás a mí como Amo, ¡¿entendido?!” Asentí con la cabeza, estaba demasiado impresionada por lo que acababa de escuchar como para articular palabra alguna. “¡¡No te he oído, perra!!”, me gritó, acompañando la frase con un latigazo, que me pilló totalmente por sorpresa, y no pude ahogar un grito antes de responder “sí, mi Amo”.
Siguió explicándome reglas, normas, cosas que podía y no podía hacer a partir de entonces… Remarcando con un latigazo lo que quería que me quedase bien grabado o simplemente cuando no respondía como El quería que lo hiciese… Cuando terminó me agarró del pelo, tiró de mi hacia atrás y mirándome a los ojos me preguntó “¿has entendido todo, perrita?”. “Sí, mi Amo”, respondí justo antes de que me besara de nuevo, con tal pasión que me hacía arder por dentro. No llegaba a entender por qué me provocaba ese deseo tan intenso. De donde salía esa pasión por alguien a quien acababa de conocer.
Me desató y me arrojó sobre la cama, bocabajo. Me separó las piernas mientras me decía “vamos a ver lo caliente que te pone el látigo…”, lo que hizo que me excitara más aún… “Eres una perra muy caliente… Me gusta…”, me dijo al oído al tiempo que metía dos dedos dentro de mí que me hicieron empezar a gemir en el momento. Estaba ardiendo, todo mi cuerpo ardía de deseo por ese hombre que ahora era mi Dueño y Señor.
De repente paró y se levantó. Me quedé inmóvil. No vi lo que sacaba, pero por el sonido intuí que era un vibrador o algo así y lo tuve claro cuando me penetró con él sin ningún miramiento. “Quiero ver cómo te corres, quiero escucharte gemir para mí, puta”, me decía mientras aumentaba la intensidad de las vibraciones…
Un placer desbordante me invadió por completo, estaba gritando, intentaba controlarme pero me era imposible. Si no fuese porque estaba tendida en la cama me habría caído al suelo de placer.
Tendido a mi lado, de costado, me observaba con una sonrisa de oreja a oreja. Cuando creyó que ya era suficiente fue bajando la intensidad poco a poco hasta apagarlo y cuando fui recuperando el aliento me lo sacó al mismo tiempo que me daba un cariñoso beso en la cabeza.
Acariciándome con mimo me dijo con dulzura al oído “muy bien, ahora vamos a quitarte esa fea costumbre de mirar a los ojos, es una falta de respeto… A ver qué tal aguantas el castigo…”
Me hizo levantar de la cama de nuevo y me condujo hasta una mesita mientras iba pensando para mis adentros: “¿Castigo? ¿Y entonces los latigazos de antes que han sido? ¿Un calentamiento? ¿Una palmadita motivadora en la espalda?” Me ató las piernas a dos de las patas de la mesita, me hizo reclinar y me ató los brazos a las otras dos patas. Sacó una pala, se puso delante de mí para que pudiera verle con ella en las manos y me preguntó “¿Cuántos azotes crees que te costará aprender la lección?”, no pude evitar que se me escapara una sonrisilla torcida que me costó el primer golpe. “¡Joder! Eso pica”, pensé, y enseguida empecé a notar que me ardía el culo.
“Creo que voy a tener que ser duro contigo, perrita, pero has de saber que lo hago por tu bien”. Me amordazó y me azotó hasta que consideró que tenía el culo suficientemente rojo y redolorido. No volví a levantar la mirada, salvo petición expresa de mi Amo, nunca más.
Mientras me quitaba la mordaza me preguntó si había aprendido la lección. “Sí, mi Amo”, le respondí. Y volvió a besarme de esa forma que me hacía enloquecer de deseo.
Se puso tras de mí y con su mano entre mis piernas me preguntó si me excitaba ser azotada. Para mi sorpresa descubrí que sí. Me gustaba. Me gustó cada momento que estuve atada, amordazada, azotada… Sometida a la voluntad de mi Amo… Al escuchar eso dijo “esa es mi perra” y me penetró. Me moría de ganas por sentirle en mi interior. Todo mi cuerpo lo pedía a gritos, lo imploraba… Nunca en mi vida había deseado tan ardientemente. Me folló como nunca antes nadie lo había hecho. Y justo antes de correrse se puso frente a mí y metió su polla en mi boca, corriéndose dentro. Una extraña y cálida felicidad se apoderó de mí.
Escuchamos cómo algo raspaba la puerta. Mi Amo abrió. Era Toby, feliz, con la lengua fuera, a la espera de las palabras de mi Amo. Sin que dijera una sola palabra mi Amo le dijo “bueno, me han dicho que te has portado muy bien hoy, asique vale, te dejaré jugar con ella un rato, pero te diré dos cosas antes:
Primero: Ese coño solo lo uso yo.
Segundo: Cuando termines la desatas y la llevas al cuarto con sus amigas para que descanse.”
Cuando nos volvimos a juntas las cuatro reinaba el silencio en la habitación. Todas manteníamos la mirada baja y la boca cerrada. Al final no pude más.
“Bueno, si he de ser la primera en hablar, lo seré. Yo me lo he pasado bien. Sé que es una locura, pero me ha gustado”. Vi cómo mis amigas sonreían aun con la mirada baja y, poco a poco, íbamos intercambiando miradas, movimientos de cabeza, monosílabos y finalmente experiencias y emociones. Pasamos casi toda la noche hablando, hasta que nos pudo el agotamiento y caímos rendidas.
Por la mañana nos despertó mi móvil, apenas me había dado cuenta de que nuestras cosas estaban allí… Llamaban de la agencia con quien contratamos el taller, habían tenido una confusión y nos habían citado en el lugar equivocado, pasaron toda la tarde llamando, pero no contestábamos ninguna.
Mientras les contaba a mis amigas todo lo que me iba diciendo la chica de la agencia no podíamos evitar abrir los ojos como platos al principio y deshacernos en risas después.
Una vez que se hubieron disculpado y ofrecido alguna compensación no pudimos hacer otra cosa que decirles “no gracias, hemos disfrutado de la confusión, estamos más que compensadas” y entre risas colgamos el teléfono y salimos en busca del desayuno y nuestros Amos. - FIN - Autor: bastet
Publicado por Aldea Sado®: 23/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!
Si usted desea hacer un comentario sobre esta nota acceda desde este link al Foro Aldea del Sado.
|