Relatos BDSM

El menú de San Valentín
por Bilbo Bolson

Se acercaba el día de San Valentín, pensó. Una tarde de finales de enero, al terminar de trabajar, como de costumbre más tarde que los demás, se puso a reflexionar sobre la fecha. Salió a la calle mientras se acariciaba, pensativa, el puente de la nariz con la punta del dedo. Recordaba el año anterior, el esfuerzo de Jorge, que había reservado una mesa en un local de moda, la cena y el espectáculo que les esperaba. Recordaba su retraso al llegar a casa, el excesivo tiempo que había tomado en arreglarse y su insistencia caprichosa en regresar por su bolso negro, que había olvidado, cuando ya estaban casi en el restaurante. Finalmente habían perdido la mesa, que fue asignada a otros comensales y Jorge se había visto obligado a llevarla, entonces, a un oscuro cafetín, donde habían comido un sándwich entre la parroquia de habituales borrachos y solitarias solteronas que paseaban su decadencia por el lugar.

Jorge no había dicho ni palabra de regreso a la casa. Al llegar, igualmente sin hablar, le había indicado con un gesto el camino de la habitación. Ella se había acostado en la cama, boca abajo, llorando. Odiaba su indiferencia. La quemaba por dentro más de lo que cualquier azote era capaz de hacer arder sus nalgas desnudas. El le había levantado la falda y había bajado de un tirón su ropa interior transparente sin detenerse a admirarla siquiera. Darse cuenta de eso le había producido más dolor que toda la zurra que se vino después.

Jorge la había azotado con furia, con sadismo, pensaba, aún enfurecido por la velada arruinada, más con la fría, con la gélida mirada que la aterraba, con la mirada vacía, insensible con que la castigaba cuando de verdad quería que sufriera. Y vaya que había sufrido. Aunque después habían hecho el amor por horas, de manera salvaje, inagotable él, como alimentado con su furia, y gimiendo ella de dolor cada vez que las manos de su novio apretaban sus nalgas para atraerla hacia sí y penetrarla más adentro, todavía una vez más, hasta el éxtasis completo: una vez…, y otra…, y otra más.

De pronto, como si despertara de un trance, se dio cuenta de que estaba sonriendo y de que un viejo la observaba, curioso, desde un velador de la vereda. Sonrojándose, apartó la mirada de él. Un poco más allá había una papelería y entró, riéndose como loca de su propia estupidez. El lugar era algo oscuro pero tenía el encanto de las viejas papelerías, donde cada anaquel, cada estante, cada vitrina encerraban un secreto mágico. Pasó su mano por un afilalápices de mesa, con su manivela metálica, acariciando la pieza. Más allá tomó una caja metálica de pinturas y poco después se embelesaba admirando la delicada terminación de juegos de sobre y tarjeta en cartulina del mismo color.

Y se decidió. Buscó un marcador plateado, de punta gruesa, con el que escribir sobre la cartulina negra. Enviaría una invitación a Jorge. Celebrarían San Valentín en su casa. Ella armaría para él un menú inigualable, cena y espectáculo, mejor que en el mejor lugar de Buenos Aires. Pretendía “servirse” como plato principal para Jorge. Así le demostraría su entrega, su sumisión absoluta; y lo compensaría por el fallido evento de un año atrás. Tenía muchas cosas que preparar. Salió de la papelería y una súbita ráfaga de aire, en medio del calor de la tarde le arrancó un leve gritito de satisfacción.

Dos días más tarde apareció una enigmática carta, de color negro, en la bandeja de correo por abrir de Jorge. Su secretaria, acostumbrada a que su jefe recibiera todo tipo de comunicaciones, no le prestó excesiva atención. El propio Jorge dejó que la carta durmiera en la bandeja, debajo de un montón de revistas y convencionales sobres blancos.

Finalmente, una tarde lo abrió. Extrajo, curioso, el tarjetón y lo leyó con creciente sorpresa e interés. La misiva hablaba de un menú especial, de una cena sugerente. Mencionaba el sabor del vino, del buen vino argentino, de los aromas de madera, que habitualmente lo matizan, y, como si de una cena amenizada con música se tratara, citaba también la cuerda y el metal. La dirección le resultó conocida. Era la de su propia casa. Tendría lugar el día 14 de febrero, jueves, día de los enamorados. El texto finalizaba invitándolo a disfrutar de tan señalada fecha en aquel lugar, que conocía muy bien: el departamento que compartía con ella. A un lado, en la parte baja, se indicaba que no era necesario confirmar, (¿para qué? ¿qué sentido tenía confirmar en su propia casa?, y lo firmaba, como organizadora del evento, “la que se tiende a sus pies”. Así había solicitado ella, meses antes, humildemente, ser nombrada. En un acto supremo de entrega, había pedido renunciar a tener un nombre y se denominaba a sí misma “la que se tiende a sus pies”.

Jorge tuvo el impulso de tomar el celular y llamarle, pero se contuvo. Medio minuto más tarde sí lo tomó; esta vez para cancelar la reserva que ya había hecho en un exclusivo hotel de las afueras. Quedaban doce días para San Valentín.

Durante ese periodo de tiempo nada sucedió entre ellos. Nada especial, nada distinto de lo que pueda suceder entre cualquier pareja que comparte su espacio. De noche, desnudos entre las sábanas de seda de su inmensa cama, gozaban del choque fogoso de sus pieles como cualesquiera otros. De día se levantaban al mismo tiempo, desayunaban y partían a sus trabajos. Rara vez comían juntos, aunque sí compartieron veladas agradables frente al televisor, cenando cualquier cosa, y, una o dos veces, salieron a tomar algo y a bailar. La misteriosa carta parecía haberlos distanciado un tanto y haber apartado de su vida íntima algunas de las prácticas menos habituales que ellos gustaban de realizar. Su vida de dominación y sumisión había sido hecha, tácitamente, a un lado, en una especie de pacto de silencio que aguardaba, con expectación, el momento prometido.

Y como todo en la vida, el día llegó. El tiempo que no promete, pero siempre cumple, los obsequió, junto a millones de porteños, con un amanecer hermoso, con un día un punto demasiado caluroso y con una tarde apacible, presa la ciudad de la molicie veraniega que la oprimía desde hacía mes y medio. “La que se tiende a sus pies” terminó ese día pronto sus tareas y abandonó, por una sola vez, la oficina dos minutos antes de la hora. Si alguien se sintió sorprendido o escandalizado por aquella falta de rigor, ninguno puso en palabras el sentimiento.

Salió a la calle, tomó un remise y poco tiempo después cerró tras de sí la puerta de su casa. Arrojó el bolso sobre el sofá de cuero, se sacó los zapatos, dejándolos tirados por cualquier lado, y alcanzó su pieza mientras se desabotonaba la ajustada blusa de raso negro que vestía. Desnudarse por completo apenas le tomó unos segundos más. Luego ordenaría el desastre. En aquel momento bañarse y perfumarse era la prioridad.

Estuvo aproximadamente una hora sumergida en el agua. Esta, que inicialmente esta casi hirviendo, iba paulatinamente perdiendo temperatura y ella la reponía abriendo a ratos la llave y dejando que parte del agua corriera por el caño de desagüe.

Cuando se sintió limpia salió. Vació la bañera, se envolvió en un toallón blanco y comenzó a secarse el pelo despacio. Después terminó de secarse el cuerpo y dejó la toalla en el suelo del baño. Tomó un pomo de crema hidratante, un frasco de aceite aromático y un frasquito diminuto de perfume con olor a lavanda.

Se sentó en la cama y comenzó a extender el blanco producto en círculos, comenzando por sus senos, con calma, con pasión. Tenía que estar perfecta. Después frotó todo su cuerpo con el aceite aromático. ¡Qué rápido se absorbía! Por último, accionó el difusor de la botellita de perfume varias veces, en su cuello, en ambas muñecas, entre sus hermosos sugerentes pechos y también en la parte delantera de sus muslos. Hoy estaría perfecta para él.

Se puso de pie, desnuda como estaba, y, sin otro atuendo que un par de ojotas de baño, fue retirando todo lo que había dejado por el suelo al entrar en casa. También arregló el baño, colgando la toalla y situando en sus lugares todos los frascos que había empleado. Abrió su placard y sacó una larga capa de terciopelo negro, unos zapatos negros de exagerada punta y no menos exagerado taco y un conjunto informe de correajes de cuero unidos por argollas y hebillas, que dejó a un lado sobre la cama. También extrajo unas medias de un cajón y comenzó a ponérselas, sentada en una silla. Sin duda estaría perfecta para él.

Una vez puestas las medias tomó las correas de cuero y se las colocó, comenzando por arriba. Deslizó los brazos por un par de aberturas y ajustó una delgada cinta del negro material alrededor y por debajo de cada uno de sus pechos. Gimió al notar como la firme piel se estiraba, tensa bajo la atadura. Después colocó una gran argolla metálica sobre su vientre y deslizó las dos tiras que la unían a la especie de arnés que ceñía su pecho. Más abajo, colocó una nueva tira alrededor de la cintura apretándola hasta que logró que la argolla metálica se mantuviera en su sitio sin esfuerzo. Nuevas correas se fijaron entre la de la cintura y sus medias, a modo de liguero, ajustándose fuertemente mediante las correspondientes hebillas. Un último y definitivo ajuste de todas las piezas deslizantes hizo que la extraña vestidura, que no lo era, quedara firmemente sujeta, aprisionando y moldeando las partes más delicadas y voluptuosas de su magnífico cuerpo. Estaba lista para ser servida. El invitado decidiría cuando apretar aún más las ligaduras, cuando aprisionar aún más severamente cada uno de los miembros de su cuerpo, incluidos sus pechos, sometidos a aquella tortura.

Tomó la capa, que estaba coronada por un collar también de cuero negro, y se dirigió a la cocina descalza. Antes de entrar la colgó a la puerta. No podía dejar que se ensuciara. Abrió, una por una, varias de las alacenas y sacó unas cuantas cosas que fue disponiendo sobre la mesada. Había dos bandejas metálicas, una botella de vino de reserva, Navarro Correas, el mejor de Mendoza, un plato playo, un paquete de papel parafinado y un frasco de aderezo a base de alcaparras. Buscó un abridor de botellas y un aro para poner en el cuello de estas, de modo que no gotearan después de ser servidas. También colocó allí una servilleta de hilo, inmaculadamente blanca.

Abrió el paquete y dispuso, de manera muy prolija, una generosa ración de salmón ahumado. El rosado color del pescado contrastaría deliciosamente con su piel. Colocó el plato sobre una de las bandejas junto con el frasco de aderezo, abierto, y dispuso a su lado una cucharilla de postre.
En la otra bandeja colocó la botella, el abridor, el anillo y una copa de cristal, muy alta y de ancha embocadura, perfecta para aspirar los aromas del vino. Buscó una vez más entre las alacenas y sacó una tercera bandeja, de madera y más grande que las anteriores. Se dirigió a su pieza y sacó del cajón del placard donde guardaban los juguetes dos pinzas para los pezones, cuatro o cinco muñequeras de cuero, una mordaza con una bola de plástico de color rojo y una fusta corta de cuero negro.

Sobre la cama, extraídos del mismo lugar, colocó extendidos, uno al lado del otro, varios instrumentos más. Un cinto, que él le había regalado pero que jamás había usado para ceñir prenda alguna y que se conservaba, por tanto, perfectamente plano y listo para su cometido, una vara de ratán de un metro de larga y un látigo corto, de una sola cola, extremadamente fino, cuyo efecto era similar a un estallido de dolor allí donde fuera aplicado sobre su hermoso y excitante cuerpo. Tomó también, antes de cerrar el cajón, una cadena de las que se usan para pasear perros, con el lazo negro, y la llevó al perchero que tenían junto a la puerta de entrada dejándola allí colgada.
Se calzó sus zapatos, que añadieron al conjunto un toque de refinada elegancia. Eran muy sencillos. Puntudos, eso sí, pero desprovistos de cualquier adorno. El taco era muy alto pero no exageradamente estrecho y ella sabía que la vista de sus tobillos y de sus pantorrillas, tensas por la posición forzada de sus pies, resultaría deliciosa. Por último se ciñó la capa, ajustando el collar al cuello y fijándola por delante con velcro.

Satisfecha con los preparativos se dirigió al salón, retiró todos los adornos de la mesa del comedor y se sentó en el sofá a esperar. Mientras tanto observaba los amplios ventanales, cubiertos por persianas venecianas de color naranja, por las que se filtraba, ya débilmente, el sol de la tarde. Observó también los cuadros que decoraban las paredes, todos abstractos, sin significado alguno, elegidos conjuntamente por ella y Jorge con el único criterio de su belleza estética, la mesa baja, a sus pies, escueta, rectangular, sin ningún detalle extra, como a ellos les gustaba y el plasma recién estrenado aquella navidad, frente al que Jorge solía llorar las penas de su equipo favorito y jalear las de otros argentinos que jugaban más allá del “charco”.

No tuvo que esperar mucho más. Escuchó el sonido del elevador alcanzando su piso, el de las puertas abriéndose y luego el de sus pasos por el corredor. Se levantó. Se acercó a la puerta y tomó la cadena, colgándola de una de las argollas del collar de cuero que cerraba su capa al cuello. Tomó en su mano el lazo y aguardó.

—Buenas noches, señor. Es un placer recibirlo en nuestro humilde banquete. Haga el favor de acompañarme.

Jorge la miraba entre sorprendido y divertido. Miraba su pelo, negro como el color de todo lo que vestía, caer en suaves ondas sobre los hombros y deseaba secretamente que se volviera para verlo caer, igualmente, por su espalda. Miraba la capa que ocultaba a sus ojos y cuerpo maravilloso. Miraba sus pies, metidos en los elegantes zapatos, y sus piernas, apenas visibles bajo el borde de la capa, con sus medias negras. Miraba sus labios, rojo fuego, sonriéndole y finalmente sus ojos, misteriosos e inocentes a la vez, que lo miraban a él. Miraba su mano, tendida ofreciéndole el lazo de la cadena. “Déjese llevar”, decía en algún lugar la invitación que, obediente, sostenía en la mano. Estaba fuera de todo protocolo que ella dirigiera las operaciones pero así estaba configurado su regalo y ya había decidido que lo disfrutaría tal y como ella lo había dispuesto para él.

Tomó, pues, la cadena que se le ofrecía y aguardó. Ella se volvió y comenzó a caminar, conduciéndolo a la mesa. Sobre esta, un camino de mesa negro aguardaba el banquete que estaba a punto de ser servido para Jorge.

—Tome asiento, señor, por favor —dijo, mientras desplazaba la silla hacia atrás, invitándolo a sentarse.

—¿El señor tomará vino? —le preguntó después.

Como Jorge respondiera afirmativamente se dirigió a la cocina y volvió con la bandeja previamente preparada. Dejó la copa sobre la mesa, tomó la botella y la descorchó con soltura, ofreciéndole el corcho para que admirara su aroma. Mientras tanto vertió un poco de vino en la copa y dejó la botella a un lado. Inmediatamente desabrochó ligeramente la capa dejando ver uno de sus magníficos pechos. Hizo girar la copa con mano experta, liberando todos los aromas que el delicado líquido encerraba, y situó su boca sobre del pecho que mostraba, cuidando de no dejar resquicio por el que pudiera derramarse el vino. Con un movimiento de su muñeca volcó la copa sobre la piel, que quedó teñida por los rosados tintes de la bebida y, regresándola a su posición inicial, la depositó sobre la mesa.

—¿El señor probará el vino? —le dijo mirándolo fijamente mientras acercaba el pezón humedecido a sus labios.

—Desde luego —contestó Jorge, sin poder reprimir un suspiro de satisfacción, y aspiró con fuerza, lamiendo la piel y chupándola hasta dejarla seca del néctar púrpura que la manchaba. Lamía con fuerza y ella gimió y lo hizo de nuevo cuando, antes de dejar libre por fin su pecho mordisqueó el pezón con deleite.

—Excelente. Sírvalo.

Ella obedeció. Después, tomó la servilleta que había sobre la bandeja y limpió su pecho antes de cerrar la capa sobre él. La respiración de Jorge se aceleraba poco a poco y su banquete no hacía más que empezar.

La mujer desapareció en la cocina y regresó con otra bandeja. Colocó sobre la mesa una servilleta negra, dos pinzas metálicas a modo de cubiertos, el plato de salmón ahumado y el frasco de aderezo. Lo hizo de modo que una gran parte quedara libre para ella. A continuación se abrió por completo la capa y se tendió sobre la superficie encerada con cuidado de no arrugar el camino de mesa que la cubría. Tomó con presteza varias fetas de salmón y las fue colocando sobre su vientre, justo dentro de la argolla metálica que sostenía en su lugar todas las correas de cuero que vestía. Arqueándose hacia arriba todo lo que pudo, deslizó bajo su espalda la servilleta de hilo blanco con la que había limpiado los restos de vino de su pecho y la dispuso de modo que todo lo que goteara de su cuerpo quedara recogido allí. Luego abrió el frasco de puso parte de su contenido sobre su ombligo, justo en el centro de las fetas de salmón. Todo esto lo hizo sin dejar de mantener su vientre en alto, aunque el líquido de salsa de alcaparras comenzaba a recorrer ya su costado y a manchar la servilleta.

—Salmón a la salsa de alcaparras sobre vientre humano, señor. Se recomienda degustarlo con pinzas. Buen provecho —anunció y cerró los ojos esperando sentirlo Jorge sobre ella.

Él observó la soberbia presentación de aquel primer plato por unos instantes. Se inclinó despacio y lamió con la punta de lengua uno de los regueros de la salsa de alcaparras sobre el costado de la chica. Se deleitó en mirar su cuerpo, su desnudez, realzada por las correas negras, sus muslos y piernas, vestidos con las medias también negras y sus dos pechos, con los pezones erectos, a pesar de la postura de la chica, gracias a que las correas los mantenían erguidos.

Tomó una de las pinzas y la abrió despacio. Acarició por un momento uno de los deliciosos botones rosados que coronaba el pecho de la chica y, cuando esto arrancó de ella un débil suspiro, lo ajustó alrededor del mismo. Ella reprimió un gemido de dolor. Actuó del mismo modo en el otro pezón. La mujer temblaba por el dolor y por la excitación que ello le suponía pero mantenía su vientre en alto en todo momento.

Jorge se inclinó sobre ella y fue comiendo, uno por uno, cada uno de los trozos de salmón, absorbiendo junto con ellos un poco de la salsa, deslizando su lengua voluptuosamente sobre la piel de su estómago, mordiendo y lamiendo a placer el manjar que se le ofrecía. Jamás había comido sobre un plato vivo y la experiencia lo excitaba salvajemente.

Cuando terminó se recostó contra el respaldo de la silla volviendo a disfrutar de la vista de la chica y de los restos de comida sobre su vientre. Ella, notándolo, le preguntó:

—¿Ha terminado, señor?
—Así es —contestó él.
—¿Desea que retire su servicio?
—Por favor, —respondió él de nuevo.

Se irguió, sentándose sobre la mesa, y tomando la blanca tela limpió todo lo que había quedado sobre ella. Después se arrodilló ante él y le dijo:

—En seguida será servido su próximo plato, señor —y se retiró hacia la cocina andando hacia atrás, con la cabeza baja y las manos detrás de la espalda. En ellas llevaba la bandeja con todo lo ya servido.

Volvió un minuto después, con la misma bandeja, sobre la que se encontraban, ahora, las muñequeras de cuero, una fusta corta del mismo material y dos finas cadenas, arrolladas en un montoncito.
Le hizo una reverencia, dejó la bandeja sobre la mesa de modo que hubiera espacio para colocarse sobre ella y procedió a desprenderse de la capa. Desenganchó el cuello de la prenda del collar que llevaba puesto y la dobló cuidadosamente, poniéndola a un lado. Se sentó en la mesa y se acostó de lado, ayudándose con ambas manos hasta quedar de rodillas. Los tobillos quedaron sobre uno de los bordes de la mesa y las muñecas sobre el otro. En esta postura se estiró completamente hasta que sus nalgas quedaron casi en contacto con los talones y los brazos completamente extendidos.

—Sumisa al azote de cuero, señor. Para su mejor degustación recomendamos emplear las muñequeras y las cadenas. Buen provecho, señor.

Jorge se puso de pie. Apenas podía contener los sucesivos jadeos de excitación ante el nuevo plato que ella le ofrecía. La piel de sus nalgas, completamente tensa por la postura, estaba pidiendo a gritos ser objeto de una severa azotaina. Las muñequeras de cuero deseaban cerrarse sobre las extremidades de la mujer y aprisionarlas y las cadenas parecían estar allí justo para contribuir a la inmovilización de aquel cuerpo que demandaba tortura. Con lentitud exasperante se puso en pie y colocó cada correa de cuero sobre cada una de las muñecas y cada uno de los tobillos de la chica.

uego deslizó las cadenas por las argollas y las enganchó en los cierres tensándolas hasta que tanto las muñecas como los tobillos quedaron blanquecinos, apretados contra los bordes de la mesa. Después tomó la fusta en sus manos y se sentó.

Al principio se dedicó únicamente a acariciar la espalda de la chica y su trasero con la negra lengüeta. A ratos deslizaba ésta entre sus piernas y golpeaba suavemente su sexo y su ano. Más tarde alzó la fusta y golpeó uno de los golosos globos de carne que se le ofrecían. Lo hizo una y otra vez, sobre el mismo punto, hasta que la chica gimió. Dedicó entonces sus atenciones a la otra nalga.
Metió después la fusta entre las piernas pero, en lugar de acariciar azotó con furia el sexo de la chica, expuesto groseramente a sus ojos. Tras unos segundos de hacerlo así deslizó un dedo por su vulva y sintió como los jugos delataban, inevitablemente, la excitación de la muchacha.

Con gesto malhumorado tornó a golpear el trasero, más fuerte ahora, regañándola.
—Creí que este era un restaurante de primer nivel —bramó—. ¿Acaso no secan convenientemente su vajilla que la tienen que servir húmeda?

Y golpeaba nuevamente ambas nalgas coloreándolas de rojo y arrancando a la muchacha gemidos que lo volvían loco. Alzaba el instrumento sin cesar y lo dejaba caer sobre la piel con un chasquido fabuloso. El sonido de los golpes, los quejidos de la chica y sus propios suspiros de satisfacción componían una sinfonía mágica que solo terminó cuando, deslizando nuevamente su mano por entre las piernas de ella y buscando su sexo con pasión, le dijo, con voz entrecortada por su respiración espasmódica.

—No te di permiso para que te excitaras. He terminado.

Ella se disculpó apenas balbuceando mientras él soltaba las cadenas, liberando sus manos y sus tobillos. El deseo de conocer cual era el siguiente plato del menú lo devoraba por dentro y se sentó, aguardando la nueva sorpresa.

Con una nueva disculpa, la mujer bajó de la mesa y desapareció en la cocina. Volvió portando otra vez una bandeja. Sobre ella había, esta vez, una botella de champán y una delicada copa tipo flauta, alta y esbelta como ella. También había un antifaz y una mordaza.

—Champán francés para el postre, señor.

No hubo, esta vez, recomendaciones sobre el modo de mejor degustar la bebida. En vez de esto, la chica tomó la botella, retiró el alambre y la descorchó con estruendo. Por la boca salió un poco de espuma que ella se apresuró a detener ladeándola. Tomó la copa y la situó contra su estómago, con la boca entre sus dos pechos. Luego acercó la boca de la botella a su cuello, inclinándola. El dorado líquido salía despacio y caía por entre los pechos, aún sometidos a la tortura de las pinzas, hasta derramarse dentro de la copa. Cuando estuvo mediada dejó la botella en la mesa y situó la copa entre aquellos excitantes globos suyos, sosteniéndola allí sin que se deslizara ni un milímetro hacia abajo. Cruzó las manos a su espalda y se ofreció ante él, dejando caer un poco la cabeza hacia atrás.
El tomó la copa y bebió un trago. Luego acercó sus labios a los de la muchacha y la obligó a abrirlos, deslizando la lengua en el interior de su boca y dejando que parte del líquido la llenara. Después de besarla volvió a colocar la copa en su soporte humano y la miró fijamente. Entonces tomó el antifaz y se lo puso sobre sus ojos ajustándolo por la parte de detrás de la cabeza. La muchacha gimió.

—Le ruego silencio, señorita —y la abofeteó.

La muchacha soltó un grito.

—¡Dije silencio! —rugió, y una nueva bofetada coloreó de rojo la mejilla de ella. Lejos de molestarle, aquel gesto, considerado por muchas parejas violencia y proscrito, pues, en sus juegos, contribuyó a aumentar el nivel de excitación y placer en la mujer. La sensación de entrega, de sumisión…, de humillación que sentía la embargaba.

Tomó la copa una vez más, dio otro trago, la besó de nuevo y colocándola otra vez entre sus pechos le obsequió con un pequeño tirón de las pinzas antes de colocar la bola de plástico roja en su boca y atarla en la parte de atrás de su cuello, dejándola momentáneamente sin habla.

Un último trago, no compartido, vació la copa. Se sirvió más y se sentó para saborearlo. La mujer permanecía de pie, junto a él, en silencio.

Con cada trago de champán Jorge reflexionaba, extasiado, sobre lo que acababa de experimentar, sobre el magnífico regalo que “la que se postraba a sus pies” le estaba haciendo. Sabía que ella había quedado mortificada por haber estropeado su celebración el año anterior y se daba cuenta de que había estrujado su imaginación al máximo, hasta conseguir una mezcla perfecta entre un menú de lujo y una sesión de dominación donde había sabido unir elementos tan dispares como la tortura, la humillación, la cosificación y los juegos con comida. Ella se le había servido como banquete para su completo y total deleite.

Sin embargo, algo debía de faltar, algo más había, oculto, que pusiera el digno broche de oro aquel opíparo ágape.

—Supongo que aún queda el postre —dijo. Ella asintió.
—¿Y bien? —preguntó.

Por toda respuesta ella tomó en una mano el lazo de la correa y se lo ofreció. Él lo tomó. Luego le hizo un gesto, como de abrir un libro. Él comprendió. Buscó el menú, que había dejado sobre un aparador y lo leyó. “Tal vez el señor desee usar el baño antes de ocupar su lugar en la pieza para el espectáculo final”

Jorge comprendió una vez más. Se fue a su cuarto, colgó su saco sobre el galán, aflojó el nudo de la corbata, sacándosela, y desabrochó dos botones en su camisa. Luego fue al baño de la pieza y se refrescó la cara. Se miró al espejo. Quizá fuera el momento de tomar acción. Al volver observó los instrumentos que ella había dejado sobre la cama y eligió la vara de rattan. Regresó al salón con ella en la mano.

La cadena colgaba del collar de la muchacha. La tomó y, tirando de ella, se agachó para obligarla a arrodillarse hasta casi besar el suelo. Luego se irguió y dio un tironcito. Ella comenzó a gatear. Las muñequeras, con sus ganchos y argollas, resonaban sobre la tarima de roble. Ella gateaba a ciegas, guiada por los tirones de la cadena. Mientras lo hacía, él la azotaba con la vara desde su posición erguida, animándola a que siguiera. Así, con una mano jalaba la correa sin parar y con la otra le azotaba el trasero desnudo deleitándose con cada chasquido, con cada suspiro o grito de dolor que ella profería.

La condujo así hasta los pies de la cama. La muchacha jadeaba.
Tomó resuello un momento, manteniendo la cabeza pegada al suelo y, tanteando con la mano, palmeó el cobertor, como rogándole que se sentara. Jorge lo hizo. Ella, sin dejar de estar de rodillas, levantó la cabeza y señaló su mordaza. Jorge se la quitó. Cuando lo hubo hecho ella se acercó más a él, colocándose entre las piernas del hombre, sentada sobre sus talones. Tomó el cinto y lo desabrochó, sacándolo por completo fuera del pantalón. Luego bajó la cremallera y batalló para deslizar la prenda hacia abajo. Acarició sobre la tela de los calzoncillos de Jorge el lugar donde estaba aquello que deseaba más de él. Pasó la lengua sobre la tela antes de bajarlos, también, no sin cierto esfuerzo. Buscó a tientas el cinto, que había dejado en el suelo y se lo entregó, doblado, sostenido entre ambas manos, con los brazos abiertos. El lo tomó. Ella, entonces, hundió su cara en la entrepierna del hombre dejando que su pelo, algo alborotado ahora, cayera sobre sus muslos. Jorge alzó el cinto y descargó un cintazo sobre las nalgas de la chica justo en el momento en que ella se tragaba con ansia todo lo que él era, cuan largo era, aprisionándolo dentro de su boca.

Un nuevo cintazo cayó sobre el trasero de la chica y ella respondió deslizando sus labios arriba y abajo del miembro hasta tenerlo de nuevo dentro de su boca por completo. Jorge la azotó y la chica repitió el movimiento, la azotó más fuerte y ella aplicó más presión, lo hizo con más delicadeza y ella utilizó la lengua lamiendo el miembro desde la base hasta la punta enrojecida. La azotó violentamente y ella se lo tragó aspirando y lamiendo con igual violencia. Y así, en un ballet perfectamente sincronizado, Jorge dirigía las acometidas y lametones de la chica con sucesivos azotes de su cinturón de cuero. No se sentía con fuerzas para aguantar mucho más y, de hecho, había regulado la intensidad de los azotes, descargándolos con una cadencia más pausada, pues no quería acabar aquel festín tan pronto. Ella lo sintió y acomodó también la intensidad de la felación que le dedicaba.

Sentía ganas de tocarse, quería pellizcarse el pecho, torturado por las pinzas de metal, frotarse su sexo con furia, deseaba que la excitaran, que la subieran a cimas de placer que solo Jorge sabía proporcionarle, pero sabía que debía esperar. La sensación de reprimir su propio placer, de esperar a que él lo decidiera así, la sensación de saber que era un juguete en sus manos, sometido por completo a su capricho y carente de voluntad en aquellos instantes la proporcionaba un increíble gusto, y solo aguardaba el momento en que su entrega y sumisión fueran recompensadas con un orgasmo explosivo, uno como nunca jamás vivió.

Dejó, por un momento, de tener el sexo de Jorge en su boca, esperando ser azotada con severidad por ello, pero eso no sucedió. Así supo que era el momento.

Levantó la cabeza, tanteó el borde de la cama y se subió a él, apoyando la cara sobre el cobertor, extendiendo las manos al frente y alzando su trasero con las rodillas abiertas. Estaba lista para él.
Él también lo entendió. Buscó algo en el cajón de su mesa de luz. Se puso de pie, detrás de ella, y comenzó a extenderle suavemente, con los dedos, el producto por su trasero, alrededor del hueco que pretendía llenar, haciéndose cada vez lugar con un dedo al principio y luego con dos y hasta tres… hasta que estuvo lista.

La primera acometida la sorprendió. No fue brusca, ni profunda, pero no lo esperaba. Gimió. Él golpeó sus nalgas con la mano. Empujó de nuevo, un poco más adentro. Nuevamente gimió y recibió un nuevo azote. Jorge seguía adueñándose del lugar prohibido, del agujero proscrito y negro que tanto gozaba de tomar, penetraba cada vez más adentro, la mujer gemía cada vez con más abandono y las nalgadas caían cada vez con más fuerza, sobre un trasero ya bastante magullado por todos los acontecimientos de la velada.

Sus movimientos se volvieron acompasados y la chica recibía en su interior en con cada empujón una mayor cantidad de él. Su sexo, hinchado hasta su máxima expresión se deslizaba dentro de ella casi sin dificultad, produciendo oleadas de placer crecientes en ambos. Estaba muy cerca de venirse dentro de ella pero quería que fuera algo compartido, algo de los dos. Era su sumisa, es cierto, pero reprimir su placer, controlar y limitar su excitación solo le satisfacían hasta un determinado momento. Después quería sentirla volverse loca, quería sentirla gritar, jadear y suspirar al compás de su propia excitación y quería sentirla explotar junto con él, ni antes ni después.

Ella lo sabía.
—Permítame tocarme, mi señor, por favor.
—Sí —le contestó, con un hilo de voz apenas audible—. Sí, hazlo, quiero tu placer, quiero sentirte, quiero que seas mía, tu placer es mío, soy yo, dentro de ti quién te lo da y te lo quita…
No pudo seguir. No pudo más. Llegó dentro de ella y descargó sus flujos entre gritos y estertores de satisfacción.

Ella le respondió casi al momento. Gritaba y se estremecía con los espasmos de su clímax contribuyendo también al de Jorge. Su trasero se contraía sobre el sexo de él exprimiéndole hasta la última gota. El empujaba una vez más, y otra y otra, exhausto por el esfuerzo, con la frente cubierta de pequeñas gotas de sudor.

Finalmente no pudo más y se detuvo, cayendo a su lado sobre la cama. Ella aún era presa de violentos espasmos mientras que él jadeaba de manera incontrolada.

Permanecieron así un rato hasta que ella, recuperando un poco el ritmo algo más calmado de su respiración le preguntó:
—¿Me perdonas?
El respondió, simplemente: “Sí, mi amor” - FIN -

Autor: Bilbo Bolson

Publicado por Aldea Sado®: 26/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!

 

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