Hoy, desperté con cierto revoloteo en el estomago, como una manifestación ansiosa, una indecisión extraña de levantarme de la cama, pero también recorría una emoción profunda en todo mi cuerpo, en ese instante, sonó mi celular, haciendo latir mi corazón aceleradamente, confirmando que era la llamada que estaba esperando, la de mi esposo, mi spanker, y muchas veces mi dueño, avisándome de su llegada. Había llegado de ese viaje al que había tenido que ir, de manera imprevista, quedándome sola por unos cuantos días, lo amaba y lo extrañaba mucho, ansiaba su regreso, aunque sabía que regresaría la disciplina domestica diaria, sabiendo que había algunas cuentas pendientes por arreglar.
Nos conocíamos muy bien, a pesar de tener solo dos años de feliz matrimonio, estaba segura que él, sabía e imaginaba como mi cuerpo temblaba e intuía la velocidad de mis palpitaciones cardiacas, lo cual disfrutaba, por fin, me levanté de la cama, pensando en volverlo a ver, aún su voz era adictiva para mi, misma que me cautivo desde que lo conocí.
Me miré al espejo y vi a toda una mujer, gracias a él, a todas sus enseñanzas, su paciencia, su dulzura, su amor, y toda la gran pasión que siempre me mostró. Me arregle como siempre, sabiendo que le gustaba a ese hombre interesante y bueno que había logrado alojarse dentro de mi mente y mi corazón. Me sentía nerviosa, mi respiración era entre cortada, lo necesitaban y quizás extrañaba también la disciplina a la que me tenía acostumbrada.
Lo esperé en el aeropuerto, cuando sentí un abrazo fuerte percibiendo los latidos de su corazón, reconociendo su olor y su presencia, lo que me estremeció por completo, me sonrío en una forma linda y elegante, llenándome de paz, me tomo la mano, y nos fuimos a casa.
Era una casa de mediana talla, en colores blancos y algunos detalles de sobriedad, con toques alternos en color rojo dándole ese sello de distinción, pinturas grandes y con imágenes que denotaban una gran profundidad, verdaderas obras de arte, así como todos sus muebles, con cierto aire de misterio en algunas ocasiones, sobre todo para nuestros momentos juntos. La chimenea grande que poseíamos nos gustaba prenderla por las tardes, a su lado derecho se encontraba el comedor, con una mesa grande con diez sillas, pero en ese instante se encontraba acondicionada para dos personas, con velas, vino algunos bocadillos, previos a la cena, todo se veía suculento y apetitoso, como aquel gran momento de estar juntos. Mi esposo, tomó una fresa cubierta de chocolate y la puso cuidadosamente en mi boca, de un mordisco arranque la punta, y me dio un beso largo y profundo como queriendo en un solo instante recuperar los días de ausencia, nos abrazamos fuertemente, me miro a los ojos fijamente se dirigió a mi indicándome que me sentará en la mesa para cenar, lo hice a su lado derecho, muy emocionada, él se ausento un momento, no se a dónde, fueron unos minutos, pocos pero me parecían eternos, no pude estar en paz, me levante despacio y camine un poco hacia la chimenea, siempre inquieta, lo cual significaba que aún tenía problemas con la obediencia. Sin previo aviso, se puso de pie a un costado mío, hablándome con una voz media pero firme, tomándome del brazo fuertemente jalándome hacia la mesa, donde el me había dejado, obligándome a sentar precipitosamente, sin violencia alguna, obviamente tenía que mostrar limites, dándome una señal de quien mandaba en esa relación. Me miró fijamente, como si, con la sola mirada pudiera decirme lo desobediente que había sido, lo cual podría propiciar un castigo severo. Me quede quietecita en la silla, haciendo respiraciones cortas, no quería mover un solo dedo por temor a ser reprendida, “la curiosidad no es un buena actitud en una joven refinada y bien educada como tu, mi amor y eso tendrá que cambiar”, dijo mi esposo mientras besaba mi frente, entre mis cejas. Después tomó entre sus manos, una pequeña cajita de terciopelo negra, sacando un brazalete de oro Florentino con incrustaciones de diamante, de hermoso diseño, la cual al dorso contaba con iniciales de nuestros nombres entrelazadas, mostrando pertenencia, que yo le pertenecía, por dominio y por amor y que él era mi dueño. Lo colocó sutilmente en mi brazo, diciéndome, “este es el símbolo que representará, toda la vida nuestro amor y nuestra unión especial”. Mientras observaba el brazalete, sentí emoción, era atractiva la idea de portarlo como emblemático símbolo, beso mi mano, y se sentó a mi lado, me sirvió una copa de vino brindamos por aquél momento, cenamos, disfrutamos y acompañado todo por aquellas sensaciones, sentía que no podía haber más placer que ese, refirió: “te has portado muy bien, amor, has sido muy buena chica, y me has complacido con una excepcional cena”, mientras me tomaba de la mano. Nos levantamos, bailamos un poco, con la música tenue que enmarcaba la velada, y me beso apasionadamente, haciéndome sentir la mujer más enamorada del planeta entero.
Y así, tomados de la mano caminamos hacia nuestra alcoba, esa noche la servidumbre no estaba en casa, yo les había dado la noche libre con intenciones de quedarme con mi amor sola toda la noche. Que podría faltarme, estando con aquél ser a quien amaba, admiraba y consideraba mi héroe, del que me dejaba conducir a ojos cerrados, me sabía protegida, como su más grande tesoro, así me lo demostraba. Volvió su cara hacia mi y dijo: “a llegado el momento princesa mía de saber ¿cómo te portaste en mi ausencia?”, sentado en la cama y poniéndome frente a él, con ese tono especial, que sin decir mucho, llevaba la encomienda de que no tendría que esperar a enterarse, sabía de cualquier forma me acusaría a mi misma, diciéndole siempre la verdad. “Bueno ehh…creo que bien…o más o menos……depende”, no pude evitar tartamudear, él muy serio me miro: “mmm….¿respuestas varias?, creo que no estamos seguros….mmmm”, mientras se ponía de pie, con inmediata rapidez, le dije: “bueno la verdad si hice algunas cosillas…” respondiendo sin verlo a los ojos y un poco nerviosa: “esa respuesta, me parece mejor, a ver chiquilla cuéntame tus faltas…”, jalándome de nueva cuenta hacía él, donde se sentó de nuevo en la orilla de la cama.
Quise moverme ya que me intimidaba al confesar mis faltas o mal comportamiento, temblaba, un miedo corría por mis piernas, él podía percibirlo, pareciéndole interesante y atrayente, era parte de la vulnerabilidad que lo entusiasmaba. En esos momentos me convertía en una chiquilla otra vez, mi cara seguía mostrando miedo, pudor, remordimientos, ingenuidad, confusión, deseo, curiosidad, duda, amor y respeto, situación que lo impactaba de sobremanera, como a pesar de dos años de vivir juntos, de corregirme diariamente o cada que era necesario, al llegar el momento de una nueva corrección yo trasmitía todo aquello que igualmente era atractivo para ese dominante experimentado.
Sin más alternativa, confesé, dije una a una, todas mis faltas, él me escuchaba tranquilamente, sabía que había reincidido y debía ponerme limites, yo era lo más importante en su vida. Puso mis manos en su pecho, apoyándolas, mirándome, regañándome, caminando, dando vueltas a mi alrededor, yo temerosa, lo veía pasar, y sin poder evitarlo quise ofertar, mi primer argumento de defensa, me conocía bien, sabía lo que diría casi con puntos y comas, se apresuro hacía a mi, me tomo de la mano y plasmo seis nalgadas rápidas y fuertes sobre mis nalgas aún cubiertas por mi ropa.
Yo vestía en esa ocasión un vestido corto ceñido al cuerpo por la parte de arriba, y un poco amplio con caída en seda en la parte de abajo, con innumerables destellos de cristal, mostrando mi figura, en color rosado ligero, con gasas movibles, con los hombros al descubierto, muy sutil, fresco, concretamente vanguardista, con unas sandalias con tiras y piedras de cristal, en color rosado, definiendo más mis torneadas piernas, joyería de cristal, un maquillaje bien definido, exaltando mis ojos grandes y expresivos, mi boca pequeña y carnosa, mis mejillas redondas y lisas, y mi cabello, lo llevaba suelto lacio como sabía que le gustaba. Después de esas seis nalgadas fuertes aplicadas con severidad, mismas que a pesar de las gasas del vestido, pude sentir dolorosamente: “no digas una sola palabra jovencita guarda silencio” mientras me azotaba, sabía que, cualquier defensa, no sería valida en este momento, ni en esta instancia.
Después, se sentó nuevamente en la cama, jalándome hacia sus piernas, acomodándome boca abajo, sin dejarme pensarlo, regañándome a la par de la actividad, regaños breves pero frecuentes, de una manera inteligente, pues con ellos me producía una serie de movimientos estomacales, haciéndome sentir calambritos agradables al escucharlo, me acomodo de una manera en que no pude moverme, pues era obvio su fuerza era mayor que la mía, ¿cómo podríamos competir en fuerza?, imposible, era sometida entonces, sabía que sería maravilloso, continuo dándome nalgadas sin parar, fuerte y estruendosamente. Además de eso, no había problema alguno, si me quejaba, o él me azotaba fuertemente, nadie, absolutamente nadie, podría escucharnos, yo misma había despedido a los sirvientes esa noche. Continuaron las nalgadas, de repente, se detuvo, dejando su mano extendida sobre mis nalgas, abarcando ambas, como si estuviese conectándose el calor de su mano en acción con mi trasero azotado, y aunque no pudiera verme, podría adivinar que ya se tornaba rojo. Me puso de pie, intento bajarme la ropa interior, sin pensarlo, de manera involuntaria, lo detuve, como signo de protección, pero su mirada penetrante y dominante fue tan fuerte, que, sin decir una sola palabra, quite mis manos y permití que continuara con lo que hacía, sintiendo verguenza, por lo que implicaba el castigo a mis malas acciones, pues estaba siendo corregida como una chiquilla, dejándome llevar por sus ordenes y deseos, que también eran los míos.
Me puso de nuevo sobre sus rodillas ya sin ropa interior, dando otras cuantas nalgadas sobre la seda de mi vestido que cubría mi parte baja, ya se podían sentir los azotes más fuertes, comenzando a picar un poco, la piel de mis nalgas y una parte de mis muslos, apenada, regañada, e intimidada, sensaciones atrayentes y no desconocidas, mismas, que iban aumentando algunos signos corporales, siguió con las nalgadas fuertes, precisas, continuas, haciendo algunas pausas entre las cuales sobaba mis nalgas, produciendo gran excitación en mi, placer, deseando más de esas sensaciones, mi cuerpo reacciono por si solo a cada azote y caricia, me sorprendían los brincos de mis caderas, el levantamiento de mis nalgas involuntariamente, moviéndolas hacia los lados, sintiendo miles de mariposas en mi panza y sintiendo cambios en la parte baja de mi abdomen, en mi Intimidad, como resultado de esta actividad y del gran amor que había entre nosotros. En un momento de pausa y silencio, me puso de pie, y despojándome del vestido que aún me cubría, ruborizada, tuve que ceder, dócilmente, sin poner alguna objeción, me llevo al rincón de esa habitación: “princesa mía quédate aquí, sin moverte por unos minutos y medita realmente sobre tu conducta y que has aprendido el día de hoy” dejándome en el rincón, era desesperante, no hablaba, no sentía que se moviera, parecía que, ni siquiera respiraba, cuando la curiosidad nuevamente rebaso mi paciencia, voltee, se encontraba ahí, mirándome atenta y detenidamente mis nalgas, era vergonzoso y a la vez, me sentía admirada, deseada, contemplada, por él, una maravillosa mezcla de sensaciones y pensamientos. Como yo, lo impresionaba con mis actitudes, también él producía siempre esos mismas emociones en mi: ¿Acaso, te he permitido, que te movieras?” poniéndose rápidamente de pie:“no señor”, le respondí apenada. Me di la vuelta y en un momento me agarro con su mano mis nalgas ejerciendo presión en el centro de ellas, como si fuera a arrancarlas, sin lastimarme, pero sentía que no podía moverme, no sabía si llorar, gritar o salir corriendo, no podía decir palabra alguna, me quede quieta, respirando lo suficiente, mientras me tenía tomada de esa manera: “¿En verdad te quedo claro jovencita? Qué debes obedecer sin cuestionamientos, te parezca o no descabellado, lo que te ordeno? Apretándome más fuertemente; “esta es la única forma en que entienden las mujeres caprichosas que no dejan de ser chiquillas y necesitan disciplina”, soltándome en ese momento, sólo pude mover la cabeza dando una respuesta afirmativa, pude respirar mejor, dejándome otro momento en el rincón, y esta vez, no me moví para nada, así se cayera la casa sobre mi, no lo haría hasta que él, me dijera que podía hacerlo. A veces me extrañaba, cómo lograba que hiciera cosas.
De nuevo me llamó, dirigiéndome a donde se encontraban unos cojines, acomodo varios de ellos, apilándolos, ordenándome posicionarme en ellos boca abajo, quedando esta vez, mis nalgas demasiado levantadas, sintiéndome vulnerable e indefensa y con poca destreza para moverme. Saco de su maleta un frasco, desconocido para mi, parecía un líquido viscoso, algo como aceite, lo había traído de su viaje, tenía un aroma imprégnate, delicioso, lo puso sobre en mi trasero, sentí un gran choque de temperaturas, resultado de la combinación del aceite fresco, con lo caliente de mi trasero enrojecido, apenas un poco por aquellos primero azotes recibidos, por mi spanker, me froto tierna y dulcemente, cómo consintiéndome, pude apreciar una sensación agradable, emití un suspiro delatador que no pude controlar, él, sonriendo, me hizo notar que se había dado cuenta, por la forma en que me vio, no pude evitar sonrojarme agache mi cabeza, escondiendo mi mirada de la suya, me pidió enérgicamente que volteara a verlo, con mucha vergüenza lo hice, regañándome de nuevo, como si supiera el tono exacto que debía usar para despertar en mi, toda aquella emoción y placer. Se quito el cinturón lentamente, esos regaños parecían murmullos lejanos, cerca solo escuchaba un sonido palpitante, haciendo de todo esto un suspenso, muy embriagador, sintiendo miedo, lo que ponía mi adrenalina a niveles muy altos. Tomo el cinturón doblándolo en dos partes, y lo agitaba, estirándolo, me mostró, el sonido que podía dar, recordándome la sensación temible de ese pedazo de cuero estrellándose contra mi trasero. A un costado mío, comenzó azotar mis nalgas, lentamente, uno a uno los azotes, con un segundo de por medio, me dolía mucho, al pasar el tiempo, no podía saber, cuántos azotes habían sido dados, solo mis emociones y sensaciones me tenían abrumada, sintiendo y renunciando a pensar, por unos instantes, confiando plenamente en él y en su control, dejándome llevar, se detuvo, hubo un silencio estremecedor, poniéndome de nuevo aceite, frotando mis ya muy adoloridas nalgas, me reconfortó, de tanto dolor. Se sentó, a mi lado, viéndome las nalgas, viendo su obra, pero hablándome: “Espero hayas entendido, ¿porqué tuve que castigarte, mi amor?”, sobandome, de manera amenazante, respondí que si, con cara de niña regañada y arrepentida, pero él, no me noto muy convencida, lo que me costo otro segmento de azotes, con la mano, pero, ¿qué diferencia había? incluso su mano azotaba más fuerte que un instrumento de castigo. Me regañaba y me nalgueaba con la mano, constantemente a un ritmo acelerado, quería que parará el dolor, pero no quería que él dejara de castigarme, deseos encontrados y placenteros, termino abruptamente, me sobo de nuevo, se recostó a mi lado, dándome un sorbo de agua, seguía sobandome mis nalgas, como señal de cariño, de que todo había terminado: “¿cómo te sientes princesa mía, mi amor?” con un gesto ya menos estricto, lo vi a los ojos: “bien, mi amor” apenada y tímidamente, frágil. Beso mi mejilla y mi frente, mirándome, ya no con firmeza, pero si con ternura: “mi amor eres una chiquilla, a pesar de ser una joven y te amo”, estrechándome entre sus brazos, con la mirada buscaba mi autorización para besar mis labios, temblorosos, y desubicados, encontrando en ella el sí, cerré mis ojos en señal de confianza y me beso, siendo ese beso como un sello de aquella disciplina aplicada, de una fantasía cumplida, mirándome de nuevo a los ojos: “no te avergüences amor, por sentir cada vez, más, es natural y estoy feliz de ser yo quien haga que como mujer te permitas sentir cada día”, mientras acariciaba mi rostro delicadamente. Cerró mis ojos, con un beso en cada uno de ellos, tierna e intensamente, ya cerrados, deje que él recorriera de nuevo mis nalgas, acariciándolas, haciéndome sentir, aún más, su mano parecía la de un dibujante delineando mis formas, cada centímetro solo con el tacto, sin voltear a verme, de memoria, caricias, que me erizaban la piel, recorriéndome una sensación agradable, mi respiración acelerada, haciéndome feliz, cubriéndome, bajo las sabanas, dándome, una noche de amor y profundo placer. Él, también estaba feliz, me abrazo fuertemente: “mi amor te amo… y deseo estar contigo siempre….y ¿tu me amas?” Mientras besaba mi cara por completo: ”si te amo, mi amor mucho” mientras les respondía los besos uno a uno: “¿qué tanto?” con una sonrisa burlona: “de la tierra al cielo y de regreso…..mucho, mucho, recostándome en su pecho: Beso mi frente y me dijo: “regreso mi niña, a la que tanto amo”, mientras nos arrullábamos juntos: “¿mi amor?, me duele mucho..”mientras ponía mi mejor cara, de niña mimada,”con una media sonrisa: “lo sé, mi amor, pero era necesario, y lo sabes, lo hice porque te quiero, y me importas”, quedándose dormido hasta otro día….mientras tanto yo escribiendo a “MI QUERIDO DIARIO” soy my feliz, con el hombre que amo y siendo disciplinada por él, con amor, firmeza, cuidados, que requiero y deseo, poder hacer realidad mis fantasías con alguien con quien vivo y en quien confió tanto, mi esposo y lo amo. Cerrando mi diario, lo guarde en mi cajón de la mesa de noche, abrazando a mi hombre, tratando de dormir a pesar de las emociones y pensando que otra fantasía llevaría acabo el día de mañana. - FIN -
Autor: Lilian Johana
Publicado por Aldea Sado®: 25/06/2010 - © 2004-2010 - Todos los derechos reservados!
Si usted desea hacer un comentario sobre esta nota acceda desde este link al Foro Aldea del Sado.
|