Primera Parte. Amanecer de un día agitado.
Una escena.
— Daniela vení, ahora nos ponemos en la fila para darle un beso al niño Jesús y ya nos vamos. Mirá la Virgen, llora. Cada vez que te portás mal, es una lágrima más. Mirá Jesús Crucificado, mirá la corona de espinas. Cada vez que no haces caso, es una espina más que se le clava… Dios mira todo. Todo el tiempo. Desde arriba. Y cuando no hacés lo que tenés que hacer, Jesús llora ...
La misa de gallo ya llevaba tres horas, mi vestidito blanco ya no estaba tan vaporoso como al comienzo y me estaba haciendo pis. A las tres de la tarde se había puesto en marcha toda la maquinaria familiar de movimiento y voces de mando: “a bañarse”, “a peinarse”… “rápido que tienen que bañarse todos”, “ustedes dos báñense juntas”, “rápido”, “vení que te hago el peinado con la trenza”, “ahora, vos”, “andá, bañate vos”, “ahora vos”, ay...
Mi hermana mayor era un ángel. Pura. Divina. Rubia de pelo lacio, con los ojos grandes y claros. Nunca levantaba la voz, nunca hacía un movimiento brusco, nunca decía una mala palabra. Ya tenía doce años y era sumamente vergonzosa. Siempre fue una nena muy recatada. Yo la amaba. Y la mandaban a bañarse conmigo para hacer más rápido. Ella se desnudaba llorando en silencio la vergüenza. Lo hacía como un sacrificio, como un castigo. La cara roja y la lluvia silenciosa de la ducha y de las lágrimas incesantes. Yo le veía la cola, los pocos vellitos en la chulita y los pezones que van asomando de punta. A mí no me daba vergüenza estar desnuda al lado de mi hermana, si ella me bañaba siempre, desde beba. Pero sí ocurría, que no podía hacer pis delante de ella. Y de lo otro, ni hablar. Y ella tampoco hacía nada, obviamente, delante de mí.
Y del baño, a vestirse, y a peinarse, y a preparar todo, y a esperar y la misa. Todo a un ritmo preocupante, sobre todo para el o la que le entraba ganas de hacer pis y no había lugar ni tiempo. Y ya sonaban las campanas desde temprano.
Me aguanté toda la misa de Navidad, la procesión de la comunión, la procesión para darle un beso en la rodilla al niño Jesús y por fin volver en el auto a casa.
En el auto, en el asiento de atrás. Mi hermana estaba pálida, blanca, pero en paz y respirando pausadamente, aguantaba. Yo me crucé las piernas. Apreté todo lo que pude. Pero de pronto empecé a llorar, y el oro líquido, caliente, discurrió entre los muslos inundándome de una sensación deliciosa y terrorífica, al saber que entraba en el mundo del griterío, el insulto, las cachetadas y el desprecio. Nunca digo nada por miedo al castigo. Incluso una vez, cuando era bastante chiquita, se abrió la puerta del auto y yo quedé con medio cuerpo colgando, un buen rato. Cuando se dieron cuenta, me pegaron, gritaron y cerraron la puerta con alarma. Y ahora, era cuestión de tiempo que alguien advirtiera lo mojado.
Una vez que te entregaste a la vergüenza, todo lo demás se da mecánicamente, como fichas de dominó que caen, como los términos de una ecuación que se van resolviendo.
El tapizado del auto: arruinado. Yo colgando de un brazo mientras miles de manos me abofeteaban la cara, las piernas, las piernas mojadas, los ruidos del chirlo en la carne mojada, los pelos desatados, las lagrimas, los sopapos. Y más pis, lo que quedaba y no podía retener, que chorreaba de tanto chirlo y llanto. Y luego al baño, colgada del brazo, desnudada a tirones, un frenesí de nuevos golpes y cachetadas sobre la carne desnuda. Y la lluvia de la ducha. Un mojado total y la piel con las huellas de las manos abiertas que pegan y pegan y pegan. Y a dormir sin cenar, sin la fiesta de navidad, ni arbolito, ni regalos (aunque después me llegaron –de todos modos, ya estaban comprados— bruscamente, en la pieza), ni la visita de los abuelos y las tías (se escuchaban las risas de la pieza) ¡¿Qué pasó?! Se hizo pis. Silencio y luego charlas en voz baja, hasta que otra voz chirriante cambia de tema.
Soñé que estaba con mi hermanito chiquito. Jugando a la mamá. Yo era la mamá, le traía el té, lo abrazaba, lo mimaba, mientras el descansaba en una reposera sonriendo. Cuando sentí el puntazo en la chulita de las ganas de hacer pis. No! Hacerse encima no! Como la mamá va a hacerse pis? De pronto voy al baño, me levanto la pollerita me bajo la bombacha me siento y ahora si…. Que lindo… que maravilla… y un calor delicioso de nuevo me lame los muslos…. y… ¡!!! Un sobresalto me despertó: había soñado que iba al baño, pero en realidad seguía en la cama y retuve en seguida el chorrito… ay! Las sábanas mojadas, el colchón mojado, el camisón mojado, la bombacha mojada. Me levanté para ir al baño pero… “si te descubren así mojada me van a pegar! Te van a pegar!” Escuché alarmado a mi hermanito desde los sueños… Desesperada me levanté, me saqué la bombacha mojada, la escurrí y cayó pis sobre el piso! Me puse a llorar, me saqué el camisón mojado… ¿con qué secarme?! Fui a las cortinas, largas. Cuando las había agarrado y puesto entre las piernas entró mi mamá. Comprendió todo en un segundo. Lanzó un grito aterrador y se abalanzó sobre mí. La primera cachetada la logré esquivar bajando la cara al tiempo que me diluía en llantos en medio del infierno de gritos. Pero la segunda cachetada me alcanzó en el costado, en las costillas de pleno y me lanzó sobre el suelo. Mamá me levantó de los pelos. Yo colgaba desnuda de los pelos mientras me azotaba las nalgas hasta sentir que directamente se me prendían fuego.
De una cachetada me impulsaron a desayunar, y al pasar, vi la habitación de mi hermana con la puerta abierta. Blanca, los peluches, el orden, el perfume a limón. Ella, solidaria, lloraba en silencio. Y yo la amaba.
Otra escena.
Las voces del Teatro subían como hasta el cielo, y de camino, pasaba por el piso de arriba donde estábamos viendo la trilogía de Wagner completa. Mamá y papá estaban sentados y nosotros tres parados. El chiquito, pobre, se inquietaba y mamá con dureza lo mantenía quieto: “Es una oportunidad única y no la pienso perder por ustedes! Mierdas! Tu prima vio Sigfrido entera de pie! Es una vergüenza!” De todos modos la dureza de las palabras eran nada frente al temor del infierno de gritería y cachetadas que se desatarían al llegar a casa. Son tres óperas y cada una dura unas seis horas “pero hay un intervalo para que no se haga tan larga”. Yo juro, juro, que… parada con las medias tres cuartos blancas y el vestido de pana verde oscuro (el de mi hermana, azul), no quería causar problemas. Pero cuando el aguijonazo en la vejiga me hirió no pude reprimir un sollozo. Aguanté como un soldadito, lo juro. Pero la base de mi cuerpo abrió una fisura por la que empecé a desaguarme por más que intentaba cerrarla con todas las fuerzas de mi chulita. Aterrorizada, me quedé quieta, el líquido caliente empapó las medias por completo, y llenó los zapatos que me iban algo ancho. Mi hermana lo advirtió y empezó a llorar en silencio. La amaba. Mamá advirtió el desastre cuando movió los pies y advirtió que estaba sobre un charco. Me miró. Me vio llorando. Vio a mi hermana llorando y comprendió todo. La cara hasta el momento relajada, acariciada por la música, se transformó en una máscara morada de horror.
Salidas apresuradas, agarrándome-lastimándome con asco por el pis. Las cachetadas empezaron en el pasillo del teatro, siguieron en el auto, en el baño, bajo la ducha, ya sobre todo el cuerpo desnudo y de buenas noches una cachetada que no vi venir y me atrapó de lleno en la mejilla tirándome al suelo.
“¡Enferma! ¡Enferma! ¡Hija de puta! ¡Llevala al médico! ¡Algo le pasa! ¡Lo hace para perjudicarme a mí! ¡Hija de puta hija de puta hija de mil putas!”
Una escena, última, de cuando era chica.
El día de fin de año mamá ya venía nerviosa desde muchos días antes. Nos preparó y nos peinó desde las ocho de la mañana. Guardapolvo y vincha blanca, medias tres cuartos azul. Ella es maestra y tuvo que estar en todos los actos de todos los grados, con trabajos y cosas para leer en el acto durante todo el día. En la escuela, en el baño de mujeres había una fila enorme. Todos estaban ahí. Los varones también, mirando (había dos que me gustaban). Yo estaba apoyada contra la pared esperando porque no aguantaba más. Y de nuevo, el cuerpo se me abrió. Lo cerré en seguida, pero me había mojado mucho la pollera y el guardapolvo. Pronto sentí un rumor. Miré hacia la Dirección y durante una muy pequeña fracción de segundo sentí un terror que me hizo aflojar toda la carne y mojarme un poco más. Un tren me embistió. Mamá venía con algo en la mano y enloqueció al verme así. Me golpeó con fuerza en la cabeza y casi me desmaya, me llevó de los pelos y a los gritos a la parte de atrás del patio. Los chicos que estaban ahí en guardapolvo se acomodaron para tratar de ver algo, pero con temor. Mamá me tiró en el patio, me lavó con la manguera, me desnudó de la cintura para abajo. Pidió a los gritos una toalla a la portera. En mi vida escuché unos gritos tan de alarido...
Sin embargo, hoy, ya de grande, cuando veo la película de Hitchcock en que la mujer que pega el alarido cuando está en la ducha, indefensa, y entra alguien con una cuchilla…. O cuando veo Juana de Arco con Milla Jojovich blandiendo la espada y dando alaridos… me sucede algo extraño. Mi carne, dura, se hace gelatina. Lo que tenga en la vejiga, discurre y si me aprieto con la mano en ese momento, y con solo ese gesto, un orgasmo me pone a vibrar la base del cuerpo.
Segunda parte: En la tarde que baja dolorosa, las ventanas se mueren de amor.
Una escena: en un lugar donde las parejas se albergan transitoriamente.
Respiro lentamente, estoy boca abajo, desnuda, amarrada a la cama con las piernas abiertas. No puedo ver que sucede. Estoy amarrada en un costado de la cama, por los muslos abiertos, un poco más arriba que las rodillas, perpendicularmente al cuerpo. Y además, cada tobillo y cada muñeca a cada una de las cuatro patas de la cama. Escucho ruidos leves. Agua. Agua que corre, recipiente que se llena. Vidrio que se apoya en una mesa… lata ¿aguja? ¿una inyección? Algo que se destapa…olor a alcohol. Alguien se acerca, se aleja de nuevo. Las nalgas se me estremecen. Pasos, se me acerca. Llega, Ya llega… ah… las manos me abren las nalgas. Oh… Una mano me unta de vaselina. La presencia se retira… ¿Qué vendrá ahora? ¿Qué me pasará? Ay… y no aguanto más las ganas de hacer pis.
“Daniela… vamos…” mi novio me sonríe y me llama. Tengo veinte años ahora y no puedo acordarme nada de cuando era chica. Bah, nada… muy pocas cosas quiero decir. Mi hermana siempre divina, un ángel, repartiendo amor, de blanco todos los días, Mi mamá gritaba mucho y nos trataba mal. No recuerdo precisamente en qué episodios, pero si que era un monstruo gritón y pegador. El chiquito que hoy ya está terminando la escuela... Tengo las sensaciones pero es extraño que no recuerde escenas precisas. Me dijo mi psicóloga que en un período llamado latencia entre los 5 y los 11 años, uno se fabrica cosas como el pudor, la moral, la educación y no se que más para defenderse una misma contra cosas que te mataban de placer de chiquita (¿?) ¿Será así? Que extraño… igual no me acuerdo que cosas me habrían causado, supuestamente, mucho placer y mucho menos puedo imaginarme que mecanismos habrá ideado mi mente para defenderse de ese placer arrebatador. El pudor tal vez… puede ser. Algo que sí noto raro de mí es que no puedo ir al baño excepto en mi casa y cuando no hay nadie. Me recontramuero de vergüenza al pensar que me podría levantar y dirigirme al baño y toda la gente imaginando claramente lo que pasa ahí dentro.
Mi novio y yo jugamos todo el tiempo. No hacemos otra cosa que jugar. Es cierto que los juegos son tan extraños, que los hacemos solamente cuando estamos solos. Él es raro. Pero yo soy rara también. Así que raro y rara hacemos buena pareja.
Mi novio se masturba mucho delante de mí. Yo al comienzo me escapaba. Me escapaba. Había pensado, la primera vez que lo vi, que lo había visto por accidente, con el pene al descubierto. Luego me di cuenta que no. Que aprovechaba toda ocasión posible para mostrarme el pene, empezar a descorrer el prepucio para adelante y para atrás al ritmo que se iba endureciendo y parando, hasta que brotaba el semen. Y lo veía sonreír con malicia demoníaca: me encantaba. Me fascinaba verlo. Pero no podía evitar escaparme, dar vuelta la cara, huir, no mirar. Entonces empezó a idear métodos, cada vez más eficaces, para forzarme a quedarme a mirar. Hasta que terminó atándome. Y una vida nueva empezó para nosotros.
En realidad, a él no le interesaba mi cuerpo. Que esté lindo, feo, prolijo, depilado, nada… Al menos al comienzo. Y cuando me llevó a un albergue transitorio por primera vez, yo no sabía adonde entraba. Así que sumando el desinterés de él al mío… Y de pronto comenzó a maniobrar con cosas tal vez sacadas de “la Naranja Mecánica”. Yo me desnudé completamente. Al comienzo quería que me viera. El conjuntito. La chuchi, prolijita, depilada. Pero al final, quince minutos después, me desnudé sola. Mirando para abajo. Él mientras tanto abrió su bolso y empezó a sacar unos ovillos de hilo de algodón y cintas adhesivas como de embalar. De las anchas. Con un gesto me mandó a la cama sin mirarme casi. Me ató los tobillos juntos. Me ató los brazos hacia atrás, por arriba de los codos. Y, algo sorprendente. Me pasó cinta adhesiva ancha por arriba y debajo de los ojos, para dejármelos abiertos y por toda la cabeza, la frente y la boca abierta. Quedé con la cabeza sujeta, fija, hacia delante. La última envoltura me sujetó a la altura de los hombros con el respaldo de la cama. Me dejó ofrecida, entregada, espectadora. Tenía el cuello libre, todo lo demás atado. Así que libre, pero sin poderlo mover. Me llenaba de bocanadas de aire. Y no le hubiera hecho falta sujetarme los párpados por que a mí me gustaba ver. Me envolvía en unas sensaciones increíbles, Sentía que me prendía fuego bajo el vestido y sentía que se me llenaba de espuma el bajo vientre.
Una vez sujeta. Él se bajó el cierre del jean y sacó el pene delante de mí. Otras veces se bajaba los pantalones de un tirón hasta las rodillas. Otras veces, hasta los tobillos. Y empezaba a exhibirlo (yo, roja de vergüenza) en toda su longitud y ancho. Descorrió el prepucio, lo irguió. Comenzó a masturbarse prestando mucha atención a las caras que ponía yo. Mirándome como embelezado. Quiero ser clara en esto: me moría de vergüenza, hubiera querido esconderme. Pero la sujeción era firme como el acero. No podía moverme un milímetro. El peor pecado. La tentación constante que moja como una lluvia caliente, como sopa. Que empapa todo. Que no te deja pensar en otra cosa durante muchísimo tiempo. Siempre antes situaciones así me estalla un relámpago en la mente con el recuerdo de cuando descubrí esta bendición que prometía toda una vida de felicidad amable y deliciosa y de pronto el choque frontal del rechazo. La puerta del paraíso que se cerraba con un portazo metálico. La confesión. El desprecio. El infierno lleno en su mayor parte, de jovencitas que se perdieron en esa parte de su vida en que sus formas se desarrollan y los ojos y los dedos como exploradoras, empiezan a recorrerse. “Se derrumbó en tu interior un templo, y hoy llorás entre las ruinas”. Así explicaba el padre Ezequiel cualquier cosa que me pasara. Y estoy segura que le contó a mi mamá. Porque empezó a tratarme con asco. Nunca más pude disfrutarme sin que en cuanto iniciara el viaje, un mensaje de malestar me invadiera por completo y me hiciera llorar. Un día, decidida, me encerré en el baño, me desnudé y me senté en el inodoro con las piernas abiertas. Y justo que abrí una revista llena de penes se cortó la luz. Clarísimo mensaje del arquitecto del mundo. Me sentí como glorificada, atendida de cerca. Sonreí y me sentí bien.
Mi novio me tocó la cara, porque le parecía dispersa. Yo llorando y atada. Extendió horizontalmente su pene erecto sobre un brocado de una silla, con seda y bordados, es decir sobre algo importantísimo de no manchar. Sobre algo puesto para dar un toque de delicadeza y refinamiento. Ahí mismo, con una sonrisa de boca entreabierta comenzó a eyacular lenta y abundantemente. Y terminó con movimientos rápidos para alcanzar un orgasmo de mono, de boca abierta, de piernas arqueadas y un pedo. Me sentí precisamente, en el infierno. Estaba en el peor lugar de todos. Yo ya había advertido en el tríptico del Bosco que el Infierno está en la tierra. Comienza en la tierra. Seguro que sí. La vida no viene en dos capítulos.
Otra escena: en mi departamento.
Yo tengo una vida absolutamente normal y recatada. Familiar. Vivo sola en un departamento de la familia. Mi mamá tiene llave y viene todos los días. Nunca hay nada raro. Bueno… siempre hay una noche que me doy un gran placer especial. Dejo la cama limpísima. Blanca. Perfumada. Las sábanas blancas de muchos hilos de algodón, con perfume y suavizante. Una cama que es un sueño. Me baño a conciencia y me visto como para enamorar: una bombacha de algodón blanca y un corpiñito haciendo juego y un camisón blanco con angelitos dibujados, también de algodón y perfumado con suavizante. Me acuesto a dormir sin haber hecho pis en todo el día. Salvo la deliciosa incomodidad de tener la panza llena, me duermo con una sonrisa, embelezada de los aromas a perfumes suaves y lo delicioso de lo blanco de las sábanas. Inevitablemente antes de la mañana me despierto porque las ganas de hacer pis son terribles.
Me despierto, me arropo, me hago mimos en la mejilla con la sábana. Junto las piernas en posición fetal… y me hago pis encima. Juro que lloro del placer. Sentir el líquido calentito entre los muslos. Me acurruco más… y el chorro sigue, sigue… inevitablemente alcanzo un orgasmo tremendo casi enseguida… y el estremecimiento dura mucho tiempo hasta que el agua se desagotó por completo.
Ojo. Vi un cuadro de Gustav Klimt: Danae. Zeus la quería amar y el padre la encerró en una torre. Zeus se transformó en lluvia de oro y le discurría entre los muslos. Me enamoré inmediatamente de ese cuadro, pero no sé si es por eso que me gusta tanto. Pero bueno. Preparo el momento y una vez por mes me doy el gran placer. Me regalo el gran placer. Me mimo.
Escenas de locura.
Un día me llevó a un hotel que está cerca del Teatro Colón. Quedó como hipnotizado de felicidad: había unas barras de madera horizontales sujetas a la pared con cuerdas y muñequeras para atar. Me ató formando una equis, ni se preocupó en desnudarme por ejemplo. Luego apareció desnudo delante de mí. Se masturbó, pidió cerveza, la tomó, pidió más, vio un video (yo desde mi lugar no podía ver nada pero oía los gemidos) se masturbó de nuevo… pero estaba como indeciso. Encontró un catálogo y pidió un vibrador. La mucama que traía las cervezas y el dispositivo ese, le repitió varias veces que no abriera la puerta (se asomaba desnudo, al parecer, a recibir las cosas) porque se encendía las luces para que venga el personal de limpieza. Escuchó lo que le hablaba la mucama, muy quieto, y de pronto le vi un brillo en los ojos. Ese día hizo algo increíble. Lubricó con vaselina el vibrador. Se agachó desnudo delante de mí ofreciéndome la máxima visión de su cola abierta. Y se lo enterró hasta el fondo. Yo sentía morirme de vergüenza (de hecho no hablé por varios días y tenía miedo de no poder hablar nunca más). Y sin embargo, le noté que no era eso lo que quería hacer. Lo hizo porque ya que estaba… ya que había pagado por el aparato ese...
Como este potro en la pared le ahorraba de traer cuerdas, me empezó a traer siempre aquí. El accedía a acompañarme a misa (mi hermana de blanco, novicia, un ángel, cantando y su voz subía con la luz hasta el cielo) si después yo iba con el a este hotel. Él me acompañaba a la lírica y después me llevaba al hotel de atrás. La verdad sea dicha, el noviazgo si es que se podía llamar así, ya no era tal. Siempre que lo veía terminaba viviendo un infierno. Pero no podía parar de buscarlo, de esperar con ansiedad ese momento. No podía pensar tranquila en nada. Tal vez era eso, buscaba con mi “novio” un alivio a tanta ansiedad. Un decir: “ya está, ahora a otra cosa, mariposa”… Los recuerdos de cada encuentro me envolvían inmediatamente enana pasión arrebatadora, me empapaban y me desmayaba de deseo de acariciarme a mi misma… Cada vez que lo veía a él, sentía disgusto y miedo.
Llegó el día en que él me desnudó. Me lo pidió. Pero mi cuerpo no respondía, no reaccionaba. Entonces lo hizo él. Me sacó la remera que llevaba y la tiró al suelo. Me desabrochó los jeans y me los bajó de un tirón. Me sacó las sandalias y me sacó el jean. Me desabrochó el corpiño rompiendo un poco el broche y cuando me vi en tetas, delante de él, sin poder taparme, porque él me sujetaba los brazos atrás, me agarró como una crisis, boqueaba como un pez afuera del agua desesperada buscando aire. Me vi los pechos blancos, los pezones rosados, vi que él me los miraba y me desmayé.
Mi novio esperó tranquilo a que reaccione y cuando volví a estar conciente, me bajó la bombacha. Me puse a llorar. Me llevó en brazos a las barras de la pared y me ató desnuda en forma de equis. Tenía los brazos muy abiertos. Tenía las piernas muy abiertas. Como tenía el pelo largo, directamente lo anudó a una barra dejándome la cabeza fija hacia delante. Vi que sacaba una cuerda como de un dedo fino de grosor, blanca, de algodón. Larga, prolija, firme. Me apoyó la mano con un trozo de cuerda en la cadera, atrás, en el hueso sacro. E hizo un lazo todo alrededor, la cuerda quedó colgando desde atrás entre mis piernas. Me separó las nalgas. Mucho. Mucho. Al ritmo que yo iba abriendo la boca de la sorpresa, el miedo. Me pasó la cuerda por entre las nalgas y la tensó levantándome. Yo recuerdo lo que sucede cuando hay un pote con nafta y se le acerca el fuego: estallan las llamas inmediatamente. Así sentí en el ano. Abierto, frotado calentado hasta estallar en llamas por la cuerda. Luego él sujetó la cuerda con los dientes, tirando hasta el máximo posible. Sentí un frío en una rodilla. Eran las lágrimas que ya llegaban hasta allá. Con la cuerda sujeta con los dientes, tirante, me agarró los labios de la vagina y los tiró hacia abajo abriéndolos hasta que el dolor me hizo sentir un ruido como de un papel que se rasgaba en mi interior. Y cuando pasó la cuerda por la vagina y la levantó hasta lacerarme el clítoris, sentí que una inmensa tinaja de agua se rajaba en mi vientre y empezaba a verter el agua, caudalosa. Estallé en un orgasmo increíble. Toda una batería enorme de fuegos artificiales. Fuego, fuego, plomo fundido. En medio del aturdimiento, me sorprendí mí misma gritando inadvertidamente desde hacía varios segundos. Por más que gritaba sentía que no podía terminar de largar todo lo que tenía adentro, sentía como que una mano me agarraba por dentro en el vientre.
En el piso quedó un charco de agua como si se hubiera volcado un vaso de agua grande. Mi novio, cansado se echó a dormir, yo estuve colgada toda la noche. Y pensaba que estaba en el cielo, oscuro con lucecitas como estrellas. Llegué a contar los segundos y los minutos, a cantar canciones de misa, a recordar toda mi vida, mientras las horas lentamente se arrastraban. A la mañana siguiente Mi novio se levantó y me sonrió, cuando le vi la boca entreabierta supe que algo venía. Y así fue:
No se como hizo, pero cuando calculó que yo ya no aguantaba más la ganas de hacer pis, la primera orina de la mañana…abrió la puerta como que salíamos, lo que disparó el llamado a las mucamas para que entran a hacer la habitación. Pero se quedó en el baño, lavándose los dientes. Entraron dos mucamas charlando entre ellas. Y me vieron. Cerré los ojos de la vergüenza. En ese momento, el estremecimiento del sollozo desató la catarata y empecé a hacer pis, colgada. No podía retenerlo, ni frenarlo. Y volteé la cabeza. Parecía un Cristo.
Me vino a la mente mi hermana, divina, rubia, con luz detrás, explicándome una lección de catecismo: del costado de Cristo, herido por la lanza del soldado manó sangre y agua. Pero la palabra griega, sin traducción en castellano, es “manó y sigue manando”, directamente no existe ese modo de conjugación verbal en castellano. Allí nació y creció la Iglesia, porque cada vez que un bebé es bautizado con agua, nace de nuevo, sigue naciendo, y cada vez que tomamos la comunión, la sangre de Cristo sigue manando, la Iglesia sigue creciendo. Y yo colgada como un Cristo chorreando, jamás podría confesar algo así… y mirándome las dos… Empecé a llorar con aullidos directamente, nunca sentí tanta desesperación. Inmóvil, atada, colgando chorreando sin poder parar. Nada para ponerme encima, nada para protegerme. Lloraba gritando a boca abierta.
Una de las mucamas, más alarmada quería ayudarme, pero en ese momento, mi novio salió, desnudo, explicando, ya nos estábamos yendo… que no se preocupen que es un juego sexual, que a ella le gusta. Cuando oí eso, me desesperé de la indignación, vergüenza y llanto.
Nunca. Nunca. Había sentido tanto placer. Mi vagina colgada abierta, sin que la pueda tocar siquiera, era una canilla abierta. Hubiera dado cualquier cosa por poder siquiera apoyar mi mano quieta encima.
Nunca más fuimos a lugares así. De pecado, de sexo. Ya lo tenía muy claro en ese entonces. Pero a partir de entonces, mi novio se convirtió en una persona muy amable. Comenzó a tomar contacto con mi familia. Charlaba amablemente con mi mamá, con mi papá, con mi hermano, con mi hermana novicia, con todos. Iba a almuerzos, a cenas, a fiestas, a misas. No teníamos contacto ni de tomarnos de las manos, pero todos daban por supuesto. Y en primer lugar, que éramos novios. Cuando le veía un brillo en los ojos y una sonrisa a boca entreabierta, sabía que algo se le había ocurrido y algo estaba tramando.
Tercera Parte: Notte mágica.
Finalmente ocurrió. El mecanismo de relojería infernal comenzó a marchar. Yo no conocía la cerveza, y mi novio, luego de estar acalorados mucho rato, al sol y caminando mucho. Me la hizo probar. Me encantó. Bien fría. Me habló del monje que la inventó. Me dio más. Tomé un litro. La aspereza fría, la amargura, el alivio al calor, casi lloraba de felicidad. Empecé otra botella me imaginaba los monjes gordos, de sotana y cíngulo, preparando la cerveza. Me sentía muy mareada y seguía tomando la felicidad fría. De pronto, todo se interrumpió. Mi novio dijo:
— Uy, es la hora. Y fuimos a misa. Recién empezada. Mi hermana de hábito blanco en el coro. Luego del perdón, antes de las lecturas, mi novio en forma totalmente atrevida subió al costado del altar, tal vez la gente creyó que iba a leer. Pero no, fue donde estaba el coro y habló con mi hermana. Bajó con unas llaves en la mano. Casi, como exhibiéndolas. Supongamos que en mi mente están todos los recuerdos y los sentimientos ordenados en cajones. Aquí los de la infancia, aquí los de ayer, aquí los de la escuela… Pues bien, cuando vi que hablaba con ella, se revolvió todo y volaron papelitos por todos lados. Como si hubieran entrado a mi mente a revolver, a asaltar, a requisar. Él le dijo a mi hermana (aunque yo no lo supe en ese momento) que yo me sentía muy mal, que no aguantaba las ganas de ir al baño. Mi hermana, un ángel del cielo, mostró alarma y le dio la llave de su departamento de un ambiente que estaba en la misma manzana que el Templo Inmaculada Concepción donde estábamos en misa.
¿Cómo pude estar ausente de toda la maquinación? ¿Cómo pude ignorar los contactos, los conocimientos, los planes? Que boba...
Entré en la habitación de mi hermana en el pabellón de las novicias, pegado a la Sacristía. Fue como entrar al Paraíso. Así será cuando entre. Las paredes blancas inmaculadas. Los floreros largos, lánguidos hacia el cielo con lirios blancos, símbolo de pureza. Un crucifijo. En virgencita sonriente de mejillas sonrosadas, el niñito Jesús. Supe que quería ser monja en ese mismo momento. Que en cuanto aparezca mi hermana la abrazaría y le pediría que me lleve donde esta ella, que me muerte el camino. Y no la soltaría más.
Pero lo que sobrevino fue otra cosa muy distinta. En cuanto entramos. Mi novio cerró la puerta con llave. Abrió la cama, me tendió sobre ella. Volvía a ser el de siempre ¿nos violaría a mi hermana y a mí, nos asesinaría? Mi bombacha a duras penas pudo contener la gelatina transparente y los líquidos que comenzaban a manar de mi vagina al tiempo que me desmayaba de vergüenza, de ganas de hacer pis. Quise ir al baño, lo vi tan puro, tan hermosa, el inodoro de porcelana blanca con florcitas rosas, imaginarme a mi hermana, el vientre con casi dos litros de cerveza adentro me estallaba...
No me fue permitido. Me obligó a permanecer tendida en la cama, vestida, hasta con las sandalias. Me amarró con una tanza de pesca. Cualquier movimiento, me cortaba las piernas, y el costado como si fuera manteca. Me tapó con una sabanita de algodón blanco con un aroma de flores y de bebé celestial. Y él entonces, quitó la llave a la puerta y se sentó en una silla a esperar.
Me estallaba el vientre. La vejiga me explotaba. Juro que sentía el ruido de las fibras que se estiraban al máximo y temía mortalmente que en cualquier momento se me desgarre.
— Te sentís mal? Era mamá, que llegó y se sentó en una silla. Empecé a llorar en silencio sin parar. Una hora estuvo mamá sentada y yo, sin saber por que, una hora llorando sin pasar y temiendo explotar de un momento a otro. Y con el terror que descubra las ataduras y a que clase de juegos perversos me entregaba con mi novio. Él, en cambio, sonreía con naturalidad.
Y entró un ángel. Llegó mi hermana. En un descuido, en medio de la charla, los saludos y las preguntas, lo corrió a mi novio con el brazo hacia fuera. Y cerró la puerta con llave. Nos quedamos solas.
- Mi amor
- Mi amor
- ¿vas a ser monja conmigo? ¿vas a entrar en el noviciado y vivir acá, conmigo?
- Si…
- Cielo…
Y mi hermana. Mi amor. Me tocó los brazos, la piel. Se alarmó al verme vestida, con la ropa de calle, con el polvillo y la suciedad de la calle, sobre las sábanas. Y también la alarmó lo tenso de las tanzas que me amarraban. Le hice gestos y le pedí que me desate, por favor, que me estaba haciendo pis. Mi vientre duro y redondeado. Un odre. Un cántaro. Una tinaja. No me pudo soltar. Los nudos estaban apretados y no había nada con que cortar la tanza. Me tranquilizó. Evidentemente quería ver algo que para ella era importante. Me apoyó la palma de su mano en el vientre, y lo masajeó. Me abrió el pantalón, tenía las piernas entreabiertas en esa latitud, puesto que los tobillos se amarraban a cada pata de la cama. Metió su mano delicada por debajo de la bombacha y la deslizó hacia abajo. Sus dedos delicados, angelicales, finos, blancos, entraron en mi casa y con una sonrisa de agradecimiento, tocaron, recorrieron y palparon mi himen, intacto.
Me miró. Vio su bombacha al lado de mi cara. La tomó y sonrió con un gesto de ¿Qué hace esto acá? Me hizo un mimo con ella en la mejilla. Y el cielo cayó sobre mí. Sus ojos celestes se entrecerraron. Sus labios se apoyaron sobre los míos y fueron apretando un beso. Cuando tuvieron mis labios aprisionados (y yo derretida) los abrieron muy levemente empujando a los míos en la apertura. Se abrió el cielo y sentí su lengüita.
Yo seguía inmóvil, no podía soltarme y mi hermana tampoco, aunque trató de mover las tanzas un milímetro, no pudo. Nuevamente su boca se posó en la mía y su mano entre mis piernas. Un ave llegó y su posó en el nido sobre los polluelos. Me excité mucho, una rana llenó de huevas la charca. Me tocó. Una libélula se posó en un junco. Su mano me entreabrió. Una mariposa desplegó sus alas. Y mientras me besaba. Con mucho amor, empecé a vaciar todo el oro líquido caliente sobre la palma de su mano, sobre sus sábanas blancas, sobre mis muslos que ardían, sobre ella que se acomodó a mi lado.
Tal vez inadvertidamente, tal vez no, la yema de su dedo mayor se posó en mi ano y no pude, así, ocultar las contracciones de todos los orgasmos que vaciaban la vejiga repleta en la palma de su mano. El primero fue como un colibrí libando varis flores. El segundo, como una piedra que se hunde al fondo de un estanque. El tercero, como una cabra trepando por riscos y peñascos, el cuarto y último, como una manada de búfalos corriendo por la pradera.
Cuando terminó todo, ella me dejó aún inmóvil, mientras se acomodaba a mi lado y sonreíamos mirándonos a los ojos a tres centímetros y bebiendo cada una de la boca, con las piernas mojadas entrelazadas, cambiando el Paraíso, por el beso culpable de una santa. — FIN — Autor: NCKPA — 16/03/2011
Publicado por Aldea Sado®: 16/03/2011 — © 2004-2011 — Todos los derechos reservados!
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