Relatos BDSM
Caperucita Feroz
por El Fantasma del paraíso

Había una vez una niña muy mala muy mala llamada Anicetaremigiaromualdapascasiagumersinda a la que todos, para abreviar, llamaban Caperucita dada su costumbre de ir siempre ocultando sus facciones con una caperuza cuando recorría el bosque cercano a su casa. Su malicia era tal que todo bicho viviente que moraba las arboledas huía presa de terror ante su presencia. La niñita no se conformaba con machacar flores, romper cristales o mandar notas anónimas de amenaza de secuestro a sus profesores, como es lo normal en las alumnas gamberras. No; Caperucita llevaba siempre en su canasta una escopeta y con ella se entretenía disparando a cualquier animalillo silvestre siendo sus víctimas predilectas los pobres lobos. A pesar de que todas las fieras del bosque habían presentado en el Consistorio del lugar miles de reclamaciones solicitando una solución, nada hacían los funcionarios de justicia por temor a que la linda nenita decidiera utilizar su escopeta en ellos mismos dejando a un lado sus hasta ahora presas favoritas. Y así, la terrible Caperucita sembraba el horror cada vez que se internaba en las avenidas boscosas siendo aún mayores sus fechorías cuando acudía a visitar a su abuelita que vivía al otro lado del mar de ramas.

Compungido y muy ofuscado, el guardabosques del lugar meditaba cómo podría poner freno a los atropellos de Caperucita. Un día vio la luz. El guardabosques también trabajaba por las tardes de cartero con el fin de sacarse un dinero extra para poder terminar de pagar su chalet adosado construido en una urbanización muy turística. En aquella época no estaba prohibido fisgonear en el correo ajeno. La gente solía escribir cartas a sus familiares y amigos contando toda clase se chismes de todo el mundo sabiendo que la comarca entera lo leería puesto que desde el origen hasta el destino, aparte del cartero, muchos convecinos le pedirían al buen funcionario de servicios postales mirar el correo para estar al tanto de los chismorreos del lugar. De ese modo, los cotilleos y el critiqueo estaban asegurados y no hacía falta perder el tiempo, como ocurre en la actualidad, mirando los programas de la televisión. Y así, el guardabosques conoció que la abuelita de Caperucita se iba a ausentar una semana con uno de sus novios para ir a un concurso de insultos: el que le dijera a alguien la mayor salvajada ganaba un diploma que le acreditaba como el más lenguaraz de la región. Teniendo en cuenta esa situación, planeó una trampa para Caperucita: iría a la casa de la abuelita, se disfrazaría para aparentar ser ella y le enseñaría modales al pequeño monstruito.

Sin sospechar nada, Caperucita acudía a casa de la abuelita al tiempo que los animales del bosque huían presa del terror. Cuando llegó a la casita de la abuelita encontró la puerta de entrada entornada. Pasó al recibidor y llamó a su abuelita que le dijo que fuera a su alcoba pues estaba en cama resfriada. La niña así hizo y encontró en el dormitorio al guardabosques caracterizado como su abuelita. La niña notó algunas rarezas y comenzó a preguntar:

—Abuelita, abuelita, qué cara de idiota tienes hoy....
—Será que anoche no me puse la crema hidratante intensiva—contestó el guardabosques.
—Abuelita, abuelita, que olor a gorrino salvaje tienes hoy.
—Será que me abandonó el desodorante, hijita...
—Abuelita, abuelita, que voz de borrachuzo de tasca tienes hoy....
—Será que anoche me tomé una copa de brandy para sudar el catarro...
—Abuelita, abuelita, no sé si será por la enfermedad pero me estás recordando al tonto, vago, beodo, mentecato y repelente del guardabosques.

Al oír aquello, el guardabosques estalló de ira y de un salto se incorporó volando su disfraz. Antes de que Caperucita pudiera reaccionar le agarró una muñeca, le quitó la escopeta y de un tirón bajo a la vez su falda y sus braguitas. Se sentó en una silla cercana y colocando a la jovenzuela sobre sus rodillas comenzó a azotar sus descubierta retaguardia primero con la mano, luego con su cinturón y después con una regla de madera. Durante dos horas el culo de Caperucita soportó una lluvia de azotes al tiempo que el guardabosques le regañaba por su mala conducta con los animales del bosque. La niña no dejaba de prometer que se portaría bien y que no lo haría más mientras la tunda calentaba más y más su expuesto trasero. Finalmente, acabó con el culo muy rojo y en llamas. Terminada la zurra, prometió portarse bien y no volver a cazar más animalillos.

Desde ese día Caperucita no volvió a molestar a ningún ser de los bosques y se portó como una niña muy buena. Lo que no sabía nadie del lugar, a pesar de su gusto por estar siempre pendientes de la vida de los demás, es que Caperucita acudía al anochecer todos los días a casa del guardabosques para explicarle que era muy frágil de memoria y que necesitaba un buen recordatorio diario de su promesa de no volver a incordiar más a ningún bicho viviente. No hace falta contar que el culo de Caperucita recibió a diario un buen recordatorio y así, siguió portándose bien...

Autor: El Fantasma del paraíso

Publicado por Aldea Sado ®: 18/09/2010 - © 2004-2010 - Todos los derechos reservados

 

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