Atardece lentamente. Un atardecer distante y nebuloso como la calada de un cigarrillo que quisiera hacerse nube, y tu mujer está demasiado cansada por uno de esos viernes en que su jornada laboral se deslizó aplastantemente tediosa, un día de monótona tristeza, igual a muchos, donde al regresar a casa tú la condujiste de la mano hasta la cama del dormitorio y ella, ahora, impone un ritmo rápido, moviendo las caderas en círculo, tomándote de los hombros, susurrando «yaventeyavente», soltando un quejido, y otro, y otro, y otro, enseñándote los dientes de arriba como si fuera una especie de perra o de loba que gruñe antes de atacar, mirando el techo con los ojos bien abiertos, luchando con todas sus fuerzas, lo cual es decir bastante, por no soltar un llanto incontrolado, para que antes de lo previsto, después de siete minutos de meter y sacar, sobrevenga la pausa, el gran estremecimiento, el gemido final y tú te eches a un costado bocarriba.
Ha sido una eyaculación poco copiosa. Apenas una pequeña cantidad se aloja en el condón (no te gusta usarlo, pero te aterra la vasectomía, tanto como volverte papá). Haces el nudo correspondiente y lo avientas al pequeño bote de basura. Buscas tu ropa. Te vistes. Expulsas, entre pedos y eructos bastante sonoros con olor a sepulcro, un seco «vamos a la sala» («vamos a la sala» significa «vamos a ver la tele»).
Tu mujer asiente con la cabeza. Se incorpora. Se pone su deshilachado camisón negro. Sale del dormitorio detrás de ti. Se apoltrona a tu derecha, en el sofá de la sala, justo frente a la pantalla luminosa. Recuerda, en silencio, viendo muy, muy seria un programa cómico, que hace apenas seis años creía que se iba a casar con un príncipe, porque tú todo el tiempo le decías «princesa». Y sin darse cuenta, o pasándolo por alto, recuesta su cabeza en tu brazo apoyado en el respaldo del sofá y permite que la beses, sin responder, como si estuviera lejos, borracha o drogada o en trance, plagiando la cara oficial de la Magdalena arrepentida.
La conciencia la lleva a admitir que debe contarte cierta historia que se le atraganta en el alma y le quita el sueño. Tiene que controlarse para que las lágrimas no se desborden sino que queden ahí nomás, debajo del párpado. Un suspiro le infunde valentía, decide arrancarse los pelos de la lengua.
Separa los labios poco a poco y, con voz sumamente afinada, pero hablando tan quedo como si estuviera dentro de una iglesia, te confiesa que hace un mes la invadió un celo apoteósico que su mejor amigo detectó en un chat de Internet y agrandó con una serie de románticas comidas en varios restaurantes; que ayer, en un cuarto de hotel, él, que hasta sabe besar con los dedos de las manos, le hizo a ella un montón de cosas bien ricas que se multiplicaron por los espejos de las paredes (ella cada vez menos avergonzada, menos arrepentida, más escandalosa, más mojada, más viva) y que ahora ella está perdidamente enamorada de él, y tú sabes que la soledad volverá a manifestarte su agresividad.
Dos lágrimas del tamaño de una uva se escapan de tus ojos, una de ellas se detiene un momento en tu nariz y cae pesadamente en la mesita de centro; la otra se te difumina en el rostro. Aspiras litros de aire con la sed de un náufrago.
Empujas a tu mujer con furia y la tiras en el suelo. Te le abalanzas encima. La sujetas por las muñecas: «¡ERES UNA PUTA DE MIERDA! ¡PUTA, PUTA, PUTA!».
Ella se retuerce como quemada por un corrosivo: «Si yo soy puta, tú eres un hijo de puta. Y sí, ayer me acosté con mi mejor amigo, ¡¿Y QUÉ?! ¡HIJO DE PUTA!».
Entonces tú, jadeando, con los ojos enrojecidos, temblando de odio y celos, recurres de nuevo a la palabra más vieja del mundo: «¡PUTA, PUTA, PUTA!».
Acompañas a cada uno de tus alaridos con una bofetada seca, dura, impersonal, hasta hacerle probar a tu mujer el sabor de su propia sangre.
Y su cara se desfigura, los ojos como bellotas, la boca una mueca que muestra los dientes prestos a lanzarse a tu yugular, la lengua un dragón que echa fuego y espumarajos; las aletas de su nariz se dilatan y parecen hocico de bestia: «¡HIJO DE PUTA, HIJO DE PUTA, HIJO DE PUTA!».
De repente, el miembro que vive en ti como algo autónomo, ya que está atrapado entre tu trusa, tu pantalón y el pubis de tu mujer, concretamente contra aquel montículo peludo en el que se frota cándida y cariñosamente la cabeza en cada movimiento, vuelve a despertar.
Y por si fuera poco, en este momento tu mujer, flaca, de dientes conejiles, de tetas caídas, a ti te parece más apetecible que una torta de tamal en ayunas. Oh, sí, sientes un deseo apremiante, absoluto, definitivo, un deseo de esos de primera o de última vez.
Actuando con rabia, con unas ganas totales, con la respiración ansiosa, ávida, medio quejumbrosa, con unos ímpetus de marinero o preso o drogadicto después de meses de abstinencia, consigues desprenderte de los pantalones y de la trusa (no hay nada más grotesco que un hombre con camisa, zapatos, calcetines y el culo y los genitales al aire), y a tu mujer le arrancas el deshilachado camisón negro de un tirón y le abres las piernas.
Necesitando más de un intento, más de una embestida, te hundes por entero, brutalmente, en las profundidades de la flor rosácea. Arqueándose como si estuviera sufriendo una sacudida eléctrica, tu mujer dice, seca y dolorida, echando la cabeza atrás, apretando los ojos con expresión de sufrida mártir, que le haces daño, y a ti te da igual, y ella, manoteando y pataleando, pide a gritos que la dejes, «¡DÉJAME, HIJO DE PUTA, DÉJAME!», y tú, desobedeciéndola, la agarras con una mano por el pescuezo y le clavas los dedos, ahorcándola, asfixiándola, y ella llora, chilla y tose, golpeándote, mordisqueándote y rasguñándote, pero al menos suspende los gritos.
Notando sus tetas contra tu pecho y palpando como un ciego el contraste de los huesos de sus caderas, la llamas, agónico, con los dientes apretados y el labio inferior pronunciado hacia fuera, «miputa», mientras te estremeces en un instante final, interminable (a veces es tan largo un instante). Después sales de entre sus piernas deprisa, sin que te importe ensuciar su piel, ansioso por perderla de vista cuanto antes como si éste no hubiera sido más que un polvo rápido, trémulo, vertiginoso y sin compromiso con una desconocida.
A renglón seguido recapacitas con terror que no te colocaste un preservativo. Piensas en un óvulo fecundado (¿por qué no?, a fin de cuentas tu mujer es una mujer fértil, de apenas veintiséis primaveras, que no se toma o inyecta anticonceptivos, ni sus trompas están ligadas, ni lleva instalado un DIU o siquiera un diafragma), y sobre todo piensas en las enfermedades posibles (¿por qué no?, a fin de cuentas esa mujer es TU mujer, sí, pero también hizo la bestia de dos espaldas con su mejor amigo, un individuo que a lo mejor tiene a un mismo tiempo muchas parejas y nunca se protege antes de darle gusto al gusto), en alguna que esté ya incubando en el prepucio, o peor, más adentro de tu ser.
Te levantas sin decir una palabra y das media vuelta. Tu mujer se queda hecha un ovillo sobre el suelo. Empieza a reír. Lo hace a carcajadas, convulsivamente. Como un boxeador cansado, derrotado, que vuelve a los vestuarios escuchando todavía los gritos del público que festejan al triunfador, tú caminas hacia el baño.
De pronto tu mujer se serena. Las lágrimas afloran a sus ojos. Brota un corpulento hilo de semen de su sexo. Como un boxeador cansado, derrotado, tienes la cara, peor todavía, manchada de sangre y babas y mocos y sudor.
Mientras dejas que el agua de la regadera te empape el pelo, circule por tu cuerpo, repites con todas tus potencias: «¡PUTA!». Y la voz de ella, casi un eco, contesta: «¡HIJO DE PUTA!». Tú te enjabonas, haces berrinche cuando se te cae el jabón en el dedo gordo del pie izquierdo, haces pucheros cuando recoges el jabón, lloras cuando te enjuagas, te calmas cuando empieza a enfriarse el agua y decides perdonar a tu mujer.
Ahora todo es distinto y casi con seguridad (terminas pensando, calculando todo, menos lo que va a suceder) ella debe de estar sana y si se embaraza de ti o por ti ya te encargarás de ello. Irás resolviendo cada problema a medida que se presente, o no lo harás. Eso es todo, así de sencillo. (Lo que aún no sabes es que, gracias a tu creciente afición por el ron con Coca-Cola y la comida chatarra, tus espermatozoides han perdido por completo la fuerza fecundadora.)
Sales de la regadera manso y chorreante, con una toalla enredada a la cintura. Abres la puerta del baño y vas a la sala. La sala está vacía. Tu mujer se ha esfumado.
Resulta a veces notable la distancia existente entre los objetos más ordinarios, entre los acontecimientos más extraordinarios. Observas de pronto las paredes, los cuadros, el sofá, el sillón, la mesita de centro. La distancia entre estos objetos es inmensa. De pronto parecen separados de la realidad por años luz. En un súbito arrebato, subes a paso veloz las escaleras e irrumpes en el dormitorio.
El clóset se te revela con las puertas abiertas y muchos ganchos vacíos. Caes entonces en la cuenta de que los trapos de tu mujer han desaparecido. Playeras, tops, blusas, camisas, camisetas, chamarras, gabardinas, abrigos, suéteres, sudaderas, faldas, minifaldas, vestidos, pantalones, shorts, sostenes, bragas, tangas, calzones, medias, calcetines, calcetas, mallas, bufandas, guantes, cinturones, gorras, boinas, sombreros. Los zapatos, las zapatillas, los tenis, las botas, las sandalias, las chanclas, las pantuflas. Los bolsos, las bolsas. Todo.
En otro arrebato, revisas el contestador automático del teléfono. Nada. Acto seguido ves en el tocador una botella desvirgada de ron y una lata virgen de Coca-Cola, y te acercas. Te zampas el cien por ciento del contenido de la lata.
Y descubres las palabras garrapateadas en el espejo del tocador con lápiz de labios color ceniza: ADIÓS HIJO DE PUTA. Te metes cuatro líneas de ron, bajas la botella y te agarras al clóset para esconder el rostro del espejo del tocador, que te muestra sin piedad aquel semblante ruinoso donde apenas se reconoce a un treintañero.
Desamparado por completo, y a punto de llamar a gritos a tu madre, te avergüenzas de ti mismo por tener la panza tan aguada, por no saber qué hacer, por no ser un hombre perfecto, por ser un punto medio que de tan medio no llega a ser nada, por envidiar de manera inmunda al mejor amigo de tu mujer.
En el pecho sientes la opresión de una pezuña que te veda el paso del aire, por más que abres desmesuradamente la boca y la nariz. Alzas la botella de ron, te llevas el gollete a la boca y bebes, cerrando los ojos, mientras oscurece como en las películas de Peter Greenaway, es decir, de una manera artificial, casi plástico. El ron te cae por la barbilla. Adviertes que el suelo se encabrita, se sacude por olas enormes que levantan las paredes hacia un lado y hacia otro.
Debes estar borracho. Sí, estás borracho. «¡¿Y QUÉ?!» Quieres arrojarte al suelo, aferrarte a las duelas, cerrar los ojos pero no, con los ojos cerrados la tormenta empeora, aumenta la altura de las olas. Optas por estrellar la botella contra el espejo del tocador. El estruendo repercute en todos los rincones: CRASSSH... CRAAA... SHHH...
Y recuerdas aterrado que te encuentras solo en la casa. Lanzas un gemido y enciendes la lámpara del buró. Estás a punto de cerrar las cortinas para evitar que la noche se te meta en el dormitorio y te busque los sesos, cuando te das cuenta de que las cortinas de la ventana de enfrente están abiertas de par en par, de modo que te es muy fácil ver el interior de aquella habitación.
Es un cuarto cualquiera de un hotel de paso cualquiera, en el cual hay un cable largo y negro que termina en un foco cuya luz rubia disipa las tinieblas y se resbala por la hercúlea figura de un hombre joven sentado al borde de una cama matrimonial.
El hombre es el mejor amigo de tu mujer. El fleco de su sedoso cabello impide distinguir toda su atractiva faz, pero permanecen a la vista sus dientes parejos y rectangulares. Sólo lleva puesto un híbrido entre trusa y tanga con estampado de tigre. Se rasca vigorosamente la espalda antes de levantar el culo de la cama y girar la cabeza hacia tu mujer.
Embutida en su deshilachado camisón negro, junto a una montaña de maletas, de pie, tu mujer habla y llora, llora y habla. De repente, su mejor amigo se acerca a ella. Ella se deja abrazar y lo abraza a él. Ambos empiezan a bailar suavemente, pegando entre sonrisas mejilla con mejilla y apartándose luego para también juntar miradas. Su mejor amigo retira el camisón negro y tu mujer baja el híbrido entre trusa y tanga con estampado de tigre.
Él ya está totalmente desnudo y aprovecha que ella ya está totalmente desnuda para alargar los dedos y abarcar del todo a las tetas caídas. Tu mujer lo mira de soslayo y se embadurna las palmas de las manos con saliva. Frunce los labios como si estuviera posando para un anuncio de pintalabios, mientras las palmas ensalivadas se cierran alrededor del pájaro erguido y, a lo largo de éste, se mueven arriba y abajo.
Su mejor amigo abre la boca y ella lo besa con voracidad, como si quisiera devorarlo por entero. Él la hace a un lado de un brusco empujón y la abofetea en la cara. Tu mujer no puede evitar caerse sentada en el suelo alfombrado. De inmediato, su mejor amigo la agarra del pelo y la obliga a ponerse a cuatro patas, como una perra.
Tu mujer tiene los muslos ampliamente separados, el trasero ofreciéndose al capricho del guapo musculoso. Éste se arrodilla detrás de ella y le da otro firme tirón de pelo. Con la mano libre, se detiene el pecíolo de su virilidad y, empujando con todas sus fuerzas, logra enterrarlo en el orificio que no es el de la sede de la vida.
Tu mujer responde con claras manifestaciones de rechazo. Sujetándola con las dos manos por las muñecas, y sin esperar a que se relajen los músculos rectales, su mejor amigo se dedica a bombear con furia. Tu mujer lanza unos gritos tan impresionantes que hasta el camisón negro y híbrido entre trusa y tanga con estampado de tigre abren los ojos espantados. Tú no alcanzas a oír esos gritos. Pero te angustia ver la mueca de dolor de tu mujer, a aquel fortachón de sonrisa canallesca sodomizando a la única hembra con la que has podido formar una pareja. Las cosas se mantienen así durante quizá más de un minuto, hasta que los movimientos espasmódicos de tu mujer se armonizan con las embestidas de aquel salvaje.
Sin creer en lo que ves pero ya deprimido, devastado, con la cara de quien acaba de recibir un cubetazo de cuadritos de hielo en la espalda, tú comprendes que tu mujer ya está experimentando placer. Tantas veces que tú le pediste entrar en su ser por la puerta de atrás y ella te lo negó, y ahora la muy puta está disfrutando con su mejor amigo lo que nunca quiso hacer con su marido. Finalmente, su mejor amigo extrae el falo ablandado. Se levanta. Se tumba sobre la cama.
Tu mujer se tiende a un lado de él. Se quedan inertes uno al lado del otro, llenos los dos de satisfacción que se les desborda por los poros en forma de sudor, que lubrifica sus pieles y las hace resbaladizas, o pegajosas, asquerosas y atractivas a la vez.
Qué hermoso es ver consumarse el amor, ¿no? Tu mujer le sonríe al atlético galán con amor infinito: la sonrisa que tu suponías que había nacido y crecido para ti. Luego ella cierra los ojos, las manos en la nuca, las rodillas alzadas y las piernas separadas. Sus pezones se ven tan duros como pequeñas piedras. Su mejor amigo no puede contenerse ante ellos. Los muerde con los dientes, juguetón, sin causarle daño. Los chupa con la lengua y, con la mano derecha, aplica un manotazo entre las piernas femeninas.
No ha sido un golpe poderoso, pero causa que los ojos y la boca de ella se abran de par en par. Con los dedos de la mano derecha, su mejor amigo localiza el nódulo de carne entre los tiernos labios verticales, y lo fricciona hacia delante y atrás hasta que tu mujer eleva las caderas, arqueando la espalda.
Él vuelve a alzar la mano derecha y suelta en el mismo punto una serie de palmetazos feroces, demoledores, sonriendo mientras su larga y ancha hombría resucita, y las lágrimas corren de nuevo por las mejillas de tu mujer, quien se retuerce a uno y otro lado, aferrando y estirando las sábanas a sus costados. Cuando el apuesto forzudo coarta la libertad de expresión del pequeño Marqués de Sade que lleva dentro, tu mujer se limpia la cara con el dorso de las manos y clava sus ojos en la ventana. Pero la ventana es de la forma y los colores cotidianos.
No hay en la ventana una araña, ni una rata, ni una mancha, ni un letrero. ¿Qué es, pues, lo que tu mujer mira? Pues en la ventana, nada. Mira lo que hay del otro lado del cristal: tus ojos. Ateniéndote a la lógica, piensas que emergerá de la cama para ir directamente a cerrar las cortinas, y aun antes de que esto suceda, ya empiezas a sentirte mal: ella ahora impedirá que tu vista invada ese cuarto de hotel y tú automáticamente te convertirás en un personaje de su pasado. Sin embargo, te equivocas.
Tras volver a mirarte como para cerciorarse de tu presencia, tu mujer se arrodilla entre las magníficas piernas de su mejor amigo, se pasa la lengua por los labios bucales y lame la porción del exaltado glande que tiene puntitos de mierda.
Tú obtienes así la certeza de que ella está respondiendo a tu voyerismo con un correspondiente acto de exhibicionismo, y el corazón se te rompe en pedazos aún más pequeños; las pupilas se te llenan de astillas. Ves todo empañado y ya no es posible seguir dando una cuenta exacta de lo que allá está aconteciendo.
Autor: Francisco Enríquez Muñoz
Publicado por Aldea Sado®: 08/03/2011 - © 2004-2011 - Todos los derechos reservados!
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